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DIOS VIVE EN LA CIUDAD
Queridos amigos y amigas

DIOS VIVE EN LA CIUDAD

 

Carlos María Galli[1]

 

1. La teología piensa la fe. La afirmación Dios vive en la ciudad invita a pensar en y desde la fe. Está tomada del Documento Conclusivo de Aparecida (A 514). Se podría haber puesto con un signo de interrogación: ¿Dios vive en la ciudad? Este es un punto decisivo para vivir la fe y comunicar el Evangelio hoy. Pero prefiero afirmar: Dios vive en la ciudad. No obstante, quien lea el libro verá que hay muchas preguntas formuladas explícitamente, sobre todo a partir de la tercera parte. Tanto Dios como la ciudad invitan a preguntar para saber. De Dios es más lo que no sabemos que lo que sabemos. De la pastoral urbana es más lo que no sabemos que lo que sabemos. Ella es una frontera y un horizonte para nuestro conocimiento y nuestra acción.

Aun en su forma enunciativa, la frase suscita preguntas, “da que pensar” y mueve a interrogarse. Además “da qué pensar”, ofrece un contenido digno de ser profundizado y conversado. La expresión no debe entenderse de un modo exclusivo sino incluyente, desde la variedad de las presencias de Dios en la Iglesia y el mundo. No corresponde comprenderla de una forma dialéctica, como si Dios ya no estuviera en el campo y ahora se hospedara en la ciudad. En la teología, la espiritualidad y la pastoral hay que superar la oposición entre lo urbano y lo rural, porque lo primero incluye toda el área de influencia de la cultura ciudadana. Este planteo abarca, diferenciadamente, los centros urbanos, las periferias suburbanas, las redes de ciudades y el influjo en los ámbitos rurales. Quiere destacar, leyendo la vida de la Iglesia a partir del Nuevo Testamento y de una reflexión teológica, antropológica y cultural, la novedad de plantear el núcleo teologal de una pastoral urbana a partir de la fe en la presencia de Dios en y desde las ciudades y las casas.

 

2. Dios vive en la ciudad es una afirmación que brota de la fe, semejante a decir: Dios está presente en la historia. La fe teologal advierte las formas de la presencia del Creador en las criaturas, de Dios en el mundo, del Padre en sus hijos, de Cristo en sus hermanos, del Espíritu en los corazones. La fe en la Encarnación afirma: el Verbo se hizo carne y puso su carpa entre nosotros (Jn 1,14). Esa verdad no puede relegarse por la mera lectura empírica de la realidad. La mirada creyente “ve” a Dios en Cristo y su Espíritu. El Dios encarnado vive, de muchas formas, en el templo de su Iglesia y en los templos de las casas y ciudades. La fe lo descubre en los lugares de su presencia y en los signos de su ausencia. Ella ayuda a pensar frases que dicen verdades parciales: “Dios está en todas partes”, “Dios ya no está”. Pero las sombras “no pueden impedirnos que busquemos y contemplemos al Dios de la vida también en los ambientes urbanos” (A 514). Aunque no lo veamos, el “Sol” siempre está. Dios brilla en su ausencia. El desafío es descubrir las presencias reales y misteriosas por las que Dios nos sale al encuentro en los ámbitos de la cultura urbana. El cristianismo es la religión del Dios que, por amor, busca al hombre en Cristo…

 

3. Una novedad del núcleo teológico del apartado sobre la pastoral urbana está en afirmar que Dios habita en la vida de los hombres de la ciudad, “en medio de sus alegrías, anhelos y esperanzas, como también en sus dolores y sufrimientos” (A 514). Este texto es afín a otro, que dice que Jesús se encuentra: “en toda realidad humana, cuyos límites a veces nos duelen y agobian” (A 256). El habitar de Dios se da en su identificación con los hombres, aun en sus experiencias más contradictorias, como los misterios del amor y la muerte, la alegría y el dolor, la unión y la exclusión. El texto reconoce la presencia de Dios en las “sombras que marcan lo cotidiano de las ciudades, como, por ejemplo, violencia, pobreza, individualismo y exclusión” (A 514). Allí encontramos al Dios que viene a buscarnos, como se afirma desde el prólogo de este libro…

 

… También encontramos a Jesús en medio de una comunidad viva en la fe y el amor fraterno, porque Él está presente en todos sus discípulos, especialmente en los pastores que representan al Buen Pastor; en todos los hombres que luchan por la justicia, la paz y el bien común; en los acontecimientos de la vida diaria de nuestros pueblos y en toda realidad humana cuyos límites nos duelen y agobian (A 256). También lo encontramos en los pobres, afligidos y enfermos (cf. Mt 25,37-40), que reclaman nuestro compromiso y nos dan testimonio de fe, paciencia en el sufrimiento y constante lucha para seguir viviendo. ¡Cuántas veces los pobres y los que sufren realmente nos evangelizan! “El encuentro con Jesucristo en los pobres es una dimensión constitutiva de nuestra fe en Jesucristo” (A 257). También lo encontramos, de un modo especial, en las figuras vinculares y ejemplares de la Virgen María (A 266-272), los apóstoles, los santos y los mártires (A 273-275). En estas formas de presencia encontramos al Cristo vivo…

 

… Por esta razón de la fe, el cristiano sabe que las realidades más duras que se sufren en cada ciudad, “no pueden impedirnos que busquemos y contemplemos al Dios de la vida también en los ambientes urbanos” (A 514). En la sociedad urbana, la fe está llamada a saber descubrir al Dios presente (Deus praesens)  en el Cristo presente (Christus praesens). Por un lado, en el Christus patiens (Cristo paciente) que sufre con y en sus hermanos que padecen tantas miserias, ya asumidas por el Siervo sufriente y paciente hasta la cruz pascual. Por otro lado, en la cultura ciudadana hay que descubrir al Dios presente en el Christus medicus (Cristo médico) que ama, cuida y cura al hombre herido y caído, con la misericordia del Buen samaritano. En la guardia nocturna de un pobre hospital urbano o suburbano, donde agobia el peso de tanto sufrimiento, enfermedad, adicción, violencia y angustia, hay que saber descubrir a Jesucristo, el Dios-Hombre, en el dolor de un enfermo crucificado y en el amor de una enfermera samaritana.

Al hacerse hombre, el Hijo de Dios estableció con todo hombre una misteriosa solidaridad a tal punto que Jesús se identifica de un modo especial con el pobre que sufre. A esta presencia en el dolor se agrega su presencia por el amor, porque Jesús se hace presente no sólo en la persona del necesitado que sufre una miseria, sino también el amor de aquel que ejerce la misericordia. Sobre esta base teológica, Aparecida llama a contemplar al Dios de la Vida en los más dramáticos ambientes urbanos…

 



[1] Fragmentos sueltos tomados del libro de Carlos María Galli, “Dios vive en la ciudad”. Hacia una nueva pastoral urbana a la luz de Aparecida, Buenos Aires, Ágape, 2011, 14-15 y 138-142.


APARECIDA: HACIA UN ESTADO PERMANENTE DE MISIÓN CON UNA NUEVA PASTORAL URBANA
Queridos amigos y amigas

APARECIDA: HACIA UN ESTADO PERMANENTE

DE MISIÓN CON UNA NUEVA PASTORAL URBANA

 

Pbro. Dr. Carlos María Galli

Facultad de Teología – UCA

I Congreso de Pastoral Urbana

Buenos Aires – 26 / 8/ 2011

 

Agradezco la invitación a participar de este Primer Congreso Regional de Pastoral Urbana de Buenos Aires. En 1986, en mi primer artículo, El desafío pastoral de la cultura urbana, expresé “la necesidad de una nueva pastoral urbana”.[1] Hace poco se publicó un ensayo que preparé durante años: Dios vive en la ciudad. Su primera oración dice: Esta obra desea pensar la pastoral urbana, a la luz de la Conferencia de Aparecida, centrada en el Dios con rostro humano y urbano.[2]

Con ese horizonte, aquí analizo el tema Aparecida: estado de misión y pastoral urbana. Sigo cinco pasos. Primero, presento el proyecto misionero planteado por la V Conferencia General del Episcopado latinoamericano y caribeño en Aparecida (1) que contiene un llamado a todo el Pueblo de Dios y a las iglesias particulares para que entren en un estado o movimiento permanente de misión (2). En ese marco ubico la propuesta de Aparecida para promover una nueva pastoral urbana (3) centrada en la presencia de Dios que, en Cristo, viene a vivir entre los hombres y pueblos de ciudades y barrios (4). En una conclusión abierta, indico el desafío de animar la vida cristiana y la pastoral urbana desde el símbolo de la señal de la cruz, expresado con la alegría de la esperanza pascual (5).

 

1. EL PROYECTO MISIONERO DE APARECIDA  [3]

1. La Quinta Conferencia General del Episcopado de América Latina y el Caribe se celebró en 2007 en el santuario de Nossa Senhora da Imaculada Conceiçâo Aparecida en el Brasil. Su tema fue formulado con una expresión y un lema: “Discípulos y misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblos en Él tengan vida. ‘Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida’ (Jn 14,6)”. Tuve la gracia de ser uno de los peritos teológicos nombrados por el Papa para colaborar en la Quinta Conferencia.

El acontecimiento de Aparecida (A) es una bendición que Dios ha regalado a nuestras iglesias.[4] Su enseñanza se expresa en un “documento de documentos” que debe ser recibido, interpretado y realizado. Su espíritu anima la renovación misionera de la Iglesia latinoamericana y caribeña desde una identidad centrada en Cristo y abierta a un diálogo evangelizador con nuestros pueblos. Su tono denota un lenguaje nuevo, lleno de alegría pascual, para “comunicar los valores evangélicos de manera positiva y propositiva” (A 497). Esta trama acontecimiento – texto espíritu – estilo se inserta en la recepción que se está dando en las conferencias episcopales e iglesias particulares.

El acontecimiento, reflejado en su documento, incluye una decisión pastoral que comenzó a implementarse en 2008: una misión continental que procura la “conversión pastoral” (A 368) para que toda la Iglesia entre en “un estado permanente de misión” (A 551). Esta misión se está animando -con distinta intensidad y organización- en varios de nuestros países, iglesias, diócesis y ciudades, como reconoció Benedicto XVI en el último libro-entrevista, Luz del mundo.[5]

2. Aparecida es un jalón en el camino pastoral recorrido por las conferencias episcopales latinoamericanas en los últimos sesenta años. Se ubica en la tradición de aquellas conferencias (A 9, 16) y refleja el acontecimiento religioso, eclesial y evangelizador celebrado en el santuario mariano nacional del Brasil (A 1-3, 547). Las reuniones de Río de Janeiro (1955), Medellín (1968), Puebla (1979) y Santo Domingo (1992) fijaron líneas comunes de un estilo eclesial y una praxis pastoral a escala sub-continental. Este es un rasgo original de la Iglesia de América Latina, ya que otros continentes recién a fines del siglo XX llegaron a instancias similares, cuando celebraron los Sínodos continentales durante el ciclo jubilar. Nuestras iglesias, en virtud de muchos factores que tienen en común, a nivel religioso, histórico, cultural, lingüístico, socioeconómico y geopolítico, se anticiparon al proceso del regionalismo o formación de regiones, hoy asociado a la globalización. La Conferencia promueve la integración de América Latina y el Caribe (A 1-18, 127-128, 520-528).

Aparecida afianza el “rostro latinoamericano y caribeño de nuestra Iglesia” (A 100h) que, en 2007 contaba con el 43% de los fieles del catolicismo actual (A 100a) en la región más desigual del mundo. Señala metas comunes fijadas con un altísimo consenso y a mediano plazo, para vivir la alegría de un nuevo Pentecostés que impulse una evangelización mucho más misionera (A 13) y promueva una misión continental (A 213, 551). Con esa finalidad, fomenta la renovación discipular y misionera de la Iglesia y urge la conversión pastoral para comunicar la Vida plena en Jesucristo.

3. El acontecimiento de Aparecida irá “aconteciendo” en nuestras iglesias, si las lleva a responder con una fuerte acción misionera a los nuevos desafíos. Con el realismo de la esperanza, la recepción efectiva y el influjo transformador dirán si la V Conferencia es el símbolo de un nuevo Pentecostés.

“Esta V Conferencia, recordando el mandato de ir y hacer discípulos (Mt 28,20), desea despertar la Iglesia en América Latina y El Caribe para un gran impulso misionero. No podemos desaprovechar esta hora de gracia. ¡Necesitamos un nuevo Pentecostés! ¡Necesitamos salir al encuentro de las personas, las familias, las comunidades y los pueblos para comunicarles y compartir el don del encuentro con Cristo, que ha llenado nuestras vidas de sentido, verdad y amor, de alegría y esperanza! No podemos quedarnos tranquilos en espera pasiva en nuestros templos, sino urge acudir en todas las direcciones para proclamar que el mal y la muerte no tienen la última palabra, que el amor es más fuerte, que hemos sido salvados por la victoria pascual del Señor de la historia, que Él nos convoca en Iglesia y que quiere multiplicar el número de sus discípulos y misioneros en la construcción de su Reino en nuestro Continente” (A 548).

Un nuevo Pentecostés es una fecunda irrupción del Espíritu que suscita una nueva vitalidad misionera para compartir el don del encuentro con Cristo. El Espíritu Santo es la fuerza interior que impulsa la dimensión misionera de la vida cristiana para irradiar la vida en Jesucristo.

“Asumimos el compromiso de una gran misión en todo el Continente, que nos exigirá profundizar y enriquecer todas las razones y motivaciones que permitan convertir a cada creyente en un discípulo misionero. Necesitamos desarrollar la dimensión misionera de la vida en Cristo. La Iglesia necesita una fuerte conmoción que le impida instalarse en la comodidad, el estancamiento y en la tibieza, al margen del sufrimiento de los pobres del Continente. Necesitamos que cada comunidad cristiana se convierta en un poderoso centro de irradiación de la vida en Cristo. Esperamos un nuevo Pentecostés que nos libre de la fatiga, la desilusión, la acomodación al ambiente; una venida del Espíritu que renueve nuestra alegría y nuestra esperanza” (A 362).

La misión de la Iglesia colabora con la obra del Espíritu Santo, el agente principal de la nueva evangelización (A 150). Su servicio original consiste en promover discípulos que sean realmente misioneros para comunicar el don del encuentro con Jesucristo.

“Aquí está el reto fundamental que afrontamos: mostrar la capacidad de la Iglesia para promover y formar discípulos y misioneros que respondan a la vocación recibida y comuniquen por doquier, por desborde de gratitud y alegría, el don del encuentro con Jesucristo. No tenemos otro tesoro que éste” (A 14).

4. La misión en el Espíritu es un tema que atraviesa el documento, una clave para su lectura y un elemento determinante del proyecto.[6] Tiene la finalidad de comunicar la vida plena en Cristo. “La Iglesia tiene, como misión propia y específica, comunicar la vida de Jesucristo a todas las personas” (A 386). La Iglesia debe evangelizar para compartir el Reino de la Vida nueva, plena, digna y feliz en Cristo. En la propuesta de Aparecida se da una unidad teológica, espiritual y pastoral entre el Reino de Dios, destacado por los Sinópticos, y la Vida eterna, resaltada por el evangelio de Juan.

“El proyecto de Jesús es instaurar el Reino de su Padre. Por eso, pide a sus discípulos: “¡Proclamen que está llegando el Reino de los cielos!» (Mt 10,7). Se trata del Reino de la vida. Porque la propuesta de Jesucristo a nuestros pueblos, el contenido fundamental de esta misión, es la oferta de una vida plena para todos” (A 361).

La misión comunica a Cristo, la Vida de Dios para el hombre, para que el hombre viva en, con y desde Dios. Las expresiones “discípulos misioneros” (sin la y) y “vida digna y plena”, fueron propuestas por V. Fernández y por mí en el libro Discípulos misioneros, publicado en 2006, antes de Aparecida. El Documento Conclusivo usa la primera expresión de forma indistinta, con y sin la conjunción “y”, pero entiende que el discipulado es misionero y la misión es discipular.

Discipulado y misión son como las dos caras de una misma medalla: cuando el discípulo está enamorado de Cristo, no puede dejar de anunciar al mundo que sólo Él nos salva (cf. Hch 4, 12)’ (DI 3)...” (A 146).

La misión evangelizadora es un dinamismo esencial y permanente de la vida cristiana.

“El discípulo, a medida que conoce y ama a su Señor, experimenta la necesidad de compartir con otros su alegría de ser enviado, de ir al mundo a anunciar a Jesucristo, muerto y resucitado, a hacer realidad el amor y el servicio en la persona de los más necesitados, en una palabra, a construir el Reino de Dios. La misión es inseparable del discipulado, por lo cual no debe entenderse como una etapa posterior a la formación, aunque se la realice de diversas maneras de acuerdo a la propia vocación y al momento de la maduración humana y cristiana en que se encuentre la persona” (A 278e).

Aparecida repiensa la misión evangelizadora en el nuevo contexto regional y mundial para comunicar la novedad del Evangelio en este momento histórico (A 11,13, 14).

“La Iglesia está llamada a repensar profundamente y relanzar con fidelidad y audacia su misión en las nuevas circunstancias latinoamericanas y mundiales... confirmar, renovar y revitalizar la novedad del Evangelio arraigado en nuestra historia, desde un encuentro personal y comunitario con Jesucristo, que suscite discípulos y misioneros” (A 11).

 

2. UN MOVIMIENTO PERMANENTE DE MISIÓN   [7]

1. Aparecida mueve a un despertar misionero para poner a toda la Iglesia de América Latina y El Caribe en estado permanente de misión (A 213, 551). Esta misión ya ha comenzado hace quinientos años y ha tenido sucesivos y nuevos puntos de inflexión en los acontecimientos del Concilio (1965), Medellín (1968), Evangelii nuntiandi (1975), Puebla (1979), la convocatoria a la nueva evangelización (1983), Santo Domingo (1992), Ecclesia in America (1998), el Jubileo (2000), la carta El nuevo milenio que comienza (2001) y la Conferencia de Aparecida (2007).

“Hoy, toda la Iglesia en América Latina y El Caribe quiere ponerse en estado de misión...” (A 213).

La misión permanente y continental es una iniciativa novedosa para que el conjunto del Pueblo de Dios entre en un movimiento espiritual y pastoral misionero. El llamado a ponerse en estado de misión implica dos cualidades expresadas en dos adjetivos: continental, lo que acentúa su dimensión local, geocultural y eclesial en la región, sin que requiera una acción subcontinental coordinada; permanente, lo que acentúa su dimensión temporal, sucesiva, constante, en el inicio del siglo XXI.

“Este despertar misionero, en forma de una Misión Continental, cuyas líneas fundamentales han sido examinadas por nuestra Conferencia y que esperamos sea portadora de su riqueza de enseñanzas, orientaciones y prioridades, será aún más concretamente considerada durante la próxima Asamblea Plenaria del CELAM en La Habana. Requerirá la decidida colaboración de las Conferencias Episcopales y de cada diócesis en particular. Buscará poner a la Iglesia en estado permanente de misión. Llevemos nuestras naves mar adentro, con el soplo potente del Espíritu Santo, sin miedo a las tormentas, seguros de que la Providencia de Dios nos deparará grandes sorpresas” (A 551).

2. El estado de misión (status missionis) se convierte en un permanente movimiento de misión (motus missionis) conforme con la naturaleza peregrina de la Iglesia, que siempre está en un proceso de renovación (LG 8: ecclesia semper reformanda), evangelización y conversión.

“…evangelizadora, la Iglesia comienza por evangelizar a sí misma… (ella) siempre (semper) tiene necesidad de ser evangelizada, si quiere conservar su frescor, impulso y fuerza para anunciar el evangelio. El Concilio Vaticano II ha recordado y el Sínodo de 1974 ha vuelto a tocar insistentemente este tema de la Iglesia que se evangeliza a través de una conversión y una renovación constantes, para evangelizar el mundo de manera creíble” (EN 15).

Un “estado de misión” exige una pastoral mucho más misionera, que esté siempre (semper) en movimiento (in motu), en un permanente movimiento temporal (procesos) y espacial (desplazamientos) para buscar activamente a todos. A mediados del siglo XX surgió la expresión pastoral misionera, que se ha caracterizado por su oposición a la llamada pastoral conservadora, limitada a mantener lo existente mediante un pasivo esperar al que viene. Hay que pasar de la espera a la búsqueda.

“La conversión pastoral de nuestras comunidades exige que se pase de una pastoral de mera conservación a una pastoral decididamente misionera. Así será posible que el único programa del Evangelio siga introduciéndose en la historia de cada comunidad eclesial con nuevo ardor misionero, haciendo que la Iglesia se manifieste como una madre que sale al encuentro, una casa acogedora, una escuela permanente de comunión misionera” (A 370).

Ese estado es un movimiento y ese movimiento es y debe ser permanente. La pastoral urbana está llamada a concretar el proceso misionero, centrífugo, extático -no estático- que mueve a ir a todos. La misión evangelizadora lleva a la Iglesia - madre a salir al encuentro de todos sus hijos e hijas.

Sólo si la Iglesia ingresa en un permanente estado de conversión, renovación y evangelización, dejándose convertir, renovar y evangelizar por el Espíritu, puede ser una comunidad en estado de misión. Sólo una Ecclesia in statu conversionis o in statu renovationis puede ser una Ecclesia in statu missionis. La conversión pastoral es la renovación en y para una nueva evangelización misionera.[8]

3. El término misión siempre tiene un marcado sentido móvil y movilizador, porque busca actualizar la propuesta misionera de Jesús que envía a ir hacia: “vayan... y evangelicen a toda la creación” (Mc 16,15). La misión de la Iglesia, siguiendo la misión del Hijo hecho hombre y la misión del Espíritu derramado en la comunidad, impulsa un movimiento de traslado hacia el destinatario e interloctutor, reflejado en el verbo evangélico apostellein, del cual surge la palabra apóstol. El lenguaje pastoral moderno, surgido en ambientes jesuitas y carmelitas de la primera evangelización de América, expresa en la palabra missio el traslado geográfico y temporal para ir a evangelizar. La peregrinación misionera caracteriza a una Iglesia en movimiento, centrada en Cristo y vertida al mundo, que sale a recor­rer los caminos de los pueblos y acompaña a la humanidad en el siglo XXI.

La misión implica, entre otros elementos, el origen y el acto de envío, el encargo de llevar el mensaje, el traslado o movimiento para comunicarlo, el cumplimiento de la tarea asignada y el destinatario de esa misión. La Iglesia es enviada por Cristo, con su Espíritu, al mundo. Se inserta en la historia trinitaria de la misión, como enseña el Concilio (AG 2) en un texto citado por Aparecida.

“’La Iglesia peregrinante es por naturaleza misionera’ (Ecclesia peregrinans natura sua missionaria est) porque toma su origen de la misión del Hijo y del Espíritu Santo, según el designio del Padre’ (AG 2). Por eso, el impulso misionero es fruto necesario de la vida que la Trinidad comunica a los discípulos” (A 347).

4. Lo que concierne a todo el Pueblo de Dios corresponde a todas las personas y comunidades en el Pueblo de Dios. De un modo especial, compromete a la parroquia territorial, que no es una respuesta específica a las nuevas características culturales de la gran urbe, pero que sigue siendo una estructura evangelizadora cercana a mucha gente, por lo que “es necesario agotar todas sus posibilidades”.[9] Nos urge el desafío de renovar la antigua institución parroquial, que siempre es ella misma, pero nunca lo es del mismo modo (semper ipsa nunquam eadem).

La V Conferencia General es una oportunidad para que todas nuestras parroquias se vuelvan misioneras. Es limitado el número de católicos que llegan a nuestra celebración dominical; es inmenso el número de los alejados, así como el de los que no conocen a Cristo. La renovación misionera de las parroquias se impone tanto en la evangelización de las grandes ciudades como del mundo rural de nuestro continente, que nos está exigiendo imaginación y creatividad para llegar a las multitudes que anhelan el Evangelio de Jesucristo. Particularmente, en el mundo urbano, se plantea la creación de nuevas estructuras pastorales, puesto que muchas de ellas nacieron en otras épocas para responder a las necesidades del ámbito rural” (A 173).

La parroquia territorial es la comunidad entre las familias y las casas, que asume la condición local del hombre en el mundo. Su valor principal no está en su localización geográfica sino en que ésta es una condición necesaria –aunque no suficiente- para que se dé la vecindad entre personas y familias. Tanto en lo civil como en lo eclesial el domicilio es un componente de la identidad relacional de una persona. El domicilio arraiga en el domus, en la casa. Si bien la identidad se configura por fuertes pertenencias simbólicas a comunidades que trascienden lo local, subyace la dimensión del espacio, porque la persona “está” en el mundo mediante su configuración corporal y sensible.

La persistencia de la parroquia proviene de ser la comunidad local donde la Iglesia se hace pueblo y barrio.[10] Muchas parroquias urbanas y suburbanas nacieron junto con los nuevos barrios, con una extrema penuria de recursos materiales y gracias a la entrega generosa de muchos cristianos y pastores. Ellas se fueron configurando como comunidades eclesiales, lugares de evangelización, ámbitos de encuentro social y centros de promoción vecinal. La puerta abierta de una parroquia de barrio es un espacio de acogida y encuentro. La conversión misionera exige pasar de una pastoral centralizada a una pastoral misionera, centrada en la comunión y descentralizada en la misión.

“La renovación de las parroquias, al inicio del tercer milenio, exige reformular sus estructuras, para que sea una red de comunidades y grupos, capaces de articularse logrando que sus miembros se sientan y sean realmente discípulos y misioneros de Jesucristo en comunión…” (A 172).

5. Aparecida impulsa un permanente movimiento misionero (motus missionis) que atraviese la evangelización de las ciudades. Eso implica pasar de una pastoral sedentaria y estática a otra abierta y extática para ir hacia todos y llegar a todos, lo que se verifica en la vocación, capacidad y urgencia de la institución eclesial por llegar a los últimos, a los olvidados que Dios nunca olvida.

Hay que salir al encuentro de las personas, familias, comunidades y pueblos en los que Dios actúa para compartir la plenitud del encuentro con Cristo, porque “no podemos quedarnos tranquilos en espera pasiva en nuestros templos, sino urge acudir en todas las direcciones” (A 548). En base a esta orientación mueve una línea pastoral que se simboliza en la palabra periferia y está abierta a varios interlocutores urbanos del Evangelio: los pobres, sufrientes, alejados y migrantes. Aparecida habla de “la violencia común, sobre todo en la periferia de las grandes ciudades” (A 78); quiere llegar a “los habitantes de los centros urbanos y sus periferias, creyentes o no creyentes” (A 518) y hacer presente a la Iglesia “entre las casas de las periferias urbanas y del interior” (A 551).

 

3. HACIA UNA NUEVA PASTORAL URBANA  [11]

1. Un criterio para leer el Documento de Aparecida es la interdependencia entre el conjunto y las partes (secciones, capítulos y aparrados). Aparecida impulsa el movimiento misionero de la Iglesia en el espacio y el tiempo para compartir la Vida en Cristo con todos los pueblos del continente. Desarrolla este tema central abordando muchos subtemas, entre los que se encuentra la promoción de una nueva pastoral urbana (A 509-519). El apartado 10.6 se titula: La Pastoral Urbana y comprende once párrafos. Los diez primeros son sobre la pastoral urbana (A 509-518); el restante sobre la pastoral rural (A 519). Toda la sección se orienta a comunicar la Vida plena de Cristo. En el inicio de las propuestas para formar agentes pastorales en ambientes urbanos, afirma:

“Para que los habitantes de los centros urbanos y sus periferias, creyentes o no creyentes, puedan encontrar en Cristo la plenitud de vida…” (A 518).

Así, ubica el tema particular en el horizonte general del proyecto de una Iglesia más misionera.

“Fomente la pastoral de la acogida a los que llegan a la ciudad y a los que ya viven en ella, pasando de un pasivo esperar a un activo buscar y llegar a los que están lejos con nuevas estrategias tales como visitas a las casas, el uso de los nuevos medios de comunicación social, y la constante cercanía a lo que constituye para cada persona su cotidianidad” (A 518i).

La última sección del apartado presenta una acción pastoral dirigida al conjunto de la ciudad (A 517-518). En esos números, la V Conferencia propone y recomienda una nueva pastoral urbana. El número 517 tiene once tópicos, que contienen muchas iniciativas para promover una pastoral urbana. El número 518 presenta quince orientaciones para formar agentes de pastoral e integrar los elementos de una pastoral orgánica en la ciudad. El primer criterio, la inculturación, pide a los discípulos misioneros que desarrollen “un estilo pastoral adecuado a la realidad urbana” (A 518a), adecuando los contenidos, métodos, lenguajes, iniciativas, prácticas, estructuras y horarios.

La propuesta de una nueva pastoral urbana es un gran aporte de Aparecida, que debe leerse en el conjunto de su proyecto para “desarrollar la dimensión misionera de la vida en Cristo” (A 362). Cada uno debe realizar ambos aspectos de la vida cristiana, la comunión discipular: “Para mí la vida es Cristo” (Flp 1,21) y la pasión misionera “¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!” (1 Cor 9,16).

2. Hay muchos vínculos entre la Iglesia y la ciudad. Para Aparecida, “la Iglesia, en sus inicios, se formó en las grandes ciudades de su tiempo y se sirvió de ellas para extenderse” (A 513). El cristianismo tiene una doble ventaja entre las grandes religiones históricas: acumula una rica experiencia urbana desde sus orígenes y comunica un mensaje asimilable por parte de toda ciudad.

La historia de la civilización se condensa en las ciudades. La evangelización de América fue un factor generador de civilización y forjador de cultura. La política urbanizadora de la colonización española asumió las ciudades indígenas y creó muchas urbes. El proyecto colonial reunió a indígenas, españoles, mestizos y criollos en distintos tipos de ciudades. La urbanización española, con rasgos marcados, facilitó, en buena medida, el mestizaje racial y cultural, mientras que el proceso de expansión norteamericano provocó el repliegue y la segregación de los pueblos aborígenes.

La Iglesia, al evangelizar, comunica la fe que dignifica, libera, promueve, integra, civiliza. La primera evangelización realizó una acción civilizadora: el Pueblo de Dios contribuyó a formar los pueblos civiles. Muchas ciudades coloniales nacieron de una experiencia creyente, simbolizada en una imagen de Cristo, la Virgen o un santo, y en un espacio de culto, fuere ermita, capilla o templo. En la Argentina, la imagen más común de Nuestra Señora de Luján tiene escrita la frase: La Virgen de Luján es la primera fundadora de esta villa. A partir de la fe se congregó el pueblo y se fundó la ciudad. Hay una red de villas formadas con nombres referidos a Cristo, María y los santos. Vivimos en un continente es esencialmente mariano, como lo caracterizó Eduardo Pironio en 1974.

3. Las megalópolis actuales son distintas de las ciudades-estados griegas y romanas, y de las comunas religiosas y laicas de la cristiandad medieval. Deben ser pensadas a partir del fenómeno multidimensional de la modernidad. Lo urbano, que trasciende a la ciudad, es un campo experimental de los avatares de la civilización moderna. Como expresé en 1992, la modernización está asociada a varios procesos entrelazados. Entre ellos se destacan la urbanización (industrial, demográfica y cultural), la racionalización (científica, técnica y económica), la democratización (política y social) y la secularización (ética y religiosa).[12] La modernidad se encarna en la ciudad y la ciudad simboliza la cultura moderna. Por eso se habla de la ciudad moderna y la modernidad urbana. Puebla asoció la cultura moderna con la gran ciudad (DP 420-433) y anticipó “la correlación planteada entre ciudad y modernidad”.[13] La ciudad, es “el lugar en donde el hombre percibe su propia modernidad”.[14] En este contexto hay que pensar la ciudad sin evaporarla porque, si todo es ciudad, nada es ciudad.

La ciudad actual abarca una enorme gama de formas, escalas y medidas. Ofrece al hombre muchas posibilidades de humanización para realizarse como ser personal, cultural y político, y desarrollar plenamente su vocación a la comunión en la convivencia social. Pero, también, en las ciudades aumentan muchas formas brutales y nuevas de inhumanidad y deshumanización.

4. El hombre es un ser doméstico, que vive en una casa; un ser político, que pertenece a una ciudad; un ser cosmopolita, que se abre al mundo. La morada humana comprende el triángulo formado por la casa como ámbito de familia y naturaleza; la ciudad / país como enclave de historia y cultura; el mundo como horizonte de posibilidades abiertas.[15] Toda persona anhela tener una querencia. Un elemento fundamental de los barrios y de la cultura del barrio es la esforzada construcción de la vivienda para que sea una casa familiar digna, habitable, acogedora, que brinde arraigo y protección.

“La primera concreción de esa vida digna es la (autoconstrucción de la) casa… lo que significa el ganarse el derecho a habitarla dignamente: quien tiene la casa es alguien… construir la casa es fundar familia. La casa es el símbolo de su perdurabilidad… Uno ha sido capaz de construir casa y fundar familia: es gente que merece respeto”. [16]

Las personas del barrio quieren ser respetadas en su dignidad, afirmada en la lucha cotidiana por vivir y convivir, que sostiene muchos actos heroicos de callada generosidad. Nuestra experiencia pastoral confirma que esa voluntad de vivir dignamente es la fuente interior de una estabilidad sicológica sorprendente en medio de dramas tremendos, como la muerte de los hijos pequeños.

La vocación del hombre a la vida social permite pensar la interrelación entre la casa y la ciudad. La casa es el lugar del arraigo en el suelo nutricio, que circunscribe el espacio ilimitado, custodia la intimidad personal y la comunicación interpersonal, constituye el germen de la tradición familiar y social, delimita y vincula la esfera privada con el espacio público, y se torna la morada del espíritu humano.[17] La ciudad reúne las moradas de las familias que conviven en una comunidad situada en un espacio territorial y simbólico del mundo. “Cada morada es espejo de la ciudad entera y la ciudad es el espejo de los moradores”.[18] Cada ciudad tiene una forma, un eidos, una imagen “visible” a la mirada y un sentido, un dictum, un rumor “audible” a la interpretación. El Pueblo de Dios que vive en Buenos Aires arraiga en la cultura urbana porteña o bonaerense, con sus luces y sombras. Aquí está el desafío de descubrir el Rostro visible y el Rumor audible de Buenos Aires. Hay que contemplarla y escucharla. La ciudad tiene una forma, una figura, una imagen, un Rostro visible a la mirada fenomenológica y teologal, para ser contemplado y admirado; también un sentido, un mensaje, una voz, un Rumor audible a la interpretación hermenéutica y evangélica, que debe ser escuchado e interpretado. La Iglesia porteña tiene que percibir con hondura ese rostro y esta voz.

5. La fe cristiana nos lleva a mirar y amar al otro (alter), que comparte la ciudad y el barrio, como a un hermano (frater). La mega-categoría de alteridad, destacada por la reflexión filosófica y ética, contiene varias formulaciones del ser humano como “otro”.[19] El otro es como un sí mismo, según la regla de oro del amor evangélico: amarás a tu prójimo como a ti mismo (Mt 22,39). El sí mismo es como un otro, según las interpelaciones del rostro, la mirada, la voz, el llamado, la donación, la palabra y la promesa, puestas de relieve por la fenomenología francesa contemporánea.[20] El otro es un prójimo, si se convierte la proximidad en aproximación, según el amor misericordioso practicado por el Buen Samaritano, que se compadeció y se acercó al hombre herido y caído (Lc 10,30-37).

Para la fe cristiana, el otro –cercano o lejano- es un hermano porque, gracias a Jesús, el Hijo Unigénito (Jn 1,18) devenido nuestro hermano (Hb 2,18) y Primogénito entre muchos hermanos (Rm 8,29), podemos invocar a Dios como “Padre nuestro” (Mt 6,9). Por tener el mismo Padre, todos somos hermanos (Mt 23,9). Las otreidades, irreductibles entre sí, no deberían volverse mónadas individuales o muticulturales, sino que están llamadas a la apertura mutua para la comunión fraterna. La fraternidad, concreta y universal, es la unión más plena entre las personas y sus alteridades.

Un barrio es una cierta comunidad de vecinos que conviven en un mismo espacio geográfico y social en razón de la cercanía. La vecindad invita a reconocerse como diferentes y aproximarse solidariamente. No obstante, en el seno de la cercanía habita no sólo la diferencia, sino también la extrañeza y la hostilidad porque, en barrios de distintas clases, unos son indiferentes o se vuelven enemigos de otros por la apatía, el desprecio y el odio. Ante el anonimato y la violencia, debemos aprender nuevos modos de ser prójimos y hermanos respetando y reconciliando identidades y diferencias.

“Las ciudades son lugares de libertad y oportunidad. En ellas las personas tienen la posibilidad de conocer a más personas, interactuar y convivir con ellas. En las ciudades es posible experimentar vínculos de fraternidad, solidaridad y universalidad. En ellas el ser humano es llamado constantemente a caminar siempre más al encuentro del otro, convivir con el diferente, aceptarlo y ser aceptado por él” (A 514).

Las ciudades crean situaciones abiertas –propicias o dificultosas- para la fraternidad y la solidaridad. En y por ellas el ser humano es llamado a caminar siempre más al encuentro del otro, conocer al desconocido, convivir con el diferente, aceptar a los demás y ser aceptado por ellos. La fe promueve una cultura del encuentro, urbano y fraterno, para asumir e integrar las diferencias enriquecedoras.

La Iglesia está llamada a promover la fe en el Dios vivo que habita entre los pueblos urbanos y recrear el ethos evangélico de la fraternidad para construir una ciudad más digna del hombre (LPNE 16) a partir de vínculos filiales y fraternos fundados en la comunión trinitaria (NMA 50). 

6. Las agrupaciones de iglesias particulares deben renovar la tarea pastoral ordinaria desde el núcleo cristológico, trinitario, salvífico antropológico y social de la fe cristiana y la pastoral argentina.[21] La comunión de nuestras iglesias particulares, hermanas y vecinas, es el ámbito privilegiado para plantear líneas pastorales comunes en, desde y para el pueblo de la gran región metropolitana.

Una provincia eclesiástica existe para “promover una acción pastoral común de varias diócesis vecinas” (CIC 431/1). Esa reunión de obispos debe “fomentar la cooperación y la común actividad pastoral en la región” (CIC 434). Se vienen dando varios pasos en la provincia eclesiástica de Buenos Aires para coordinar tareas de las diócesis de la región metropolitana. Esta preocupación por avanzar en un camino de comunión pastoral se ha intensificado en las últimas décadas.

Del 9 al 13 de mayo de 1979, participé en un Seminario de Estudio del Documento de Puebla organizado por la Facultad de Teología de la Universidad Católica Argentina en la casa de la Compañía del Divino Maestro, en San Miguel, al que fueron delegados de casi todas las diócesis del gran Buenos Aires. Trabajé en el grupo que analizó los párrafos de Puebla sobre la ciudad (DP 429-433) y sinteticé el diálogo para informar al plenario. Guardé las dos páginas porque reflejan los inicios de un diálogo acerca de la cuestión. El texto describe aspectos positivos y negativos de la vida urbana y señala que “estamos en los comienzos de trazar criterios para una pastoral de la ciudad”. Una de las conclusiones sobre la vida civil y eclesial de las megalópolis, dice: “la Provincia Eclesiástica de Buenos Aires debe ser capaz de dar una respuesta coherente y unificada ante este desafío, aun a costa del sacrificio parcial de objetivos pastorales particulares de cada diócesis”. Al final, plantea: “El grupo propone la creación, en Buenos Aires, de un centro de investigación y formación sobre pastoral urbana, que estudie los problemas del hombre ciudadano y busque las respuestas a sus necesidades a todo nivel”. Ambas propuestas tienen más de treinta años. Hoy se están realizando muchas iniciativas valiosas en la región metropolitana. Los encuentros de pastoral urbana, realizados desde 2007, y este I Congreso Regional, ayudan a instalar la cuestión en nuestras diócesis.

Pongo un solo ejemplo sobre la necesidad de coordinación. La población estable de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, registrada por el Censo de 2010, es de 2.891.082 residentes. Salvo variaciones de algunas décadas, se mantiene una cifra similar a la de 1947. Incluso es menor a la de aquel año, que tuvo el pico de población causado por las migraciones internas. A pesar de todas las modificaciones familiares, culturales, sociales, económicas, poblaciones y urbanísticas de las últimas décadas, la población se mantuvo en torno a los tres millones de habitantes, con gente más rica que se va al Conurbano y con gente más pobre que llega de ciudades argentinas y países vecinos.

El interlocutor de la acción pastoral son los residentes y todos los que “habitan” de algún modo en la ciudad y  que, en su mayoría, residen en el conurbano. La residencia porteña se amplía con el trabajo, el transporte, el estudio, la salud y la comunicación. El Censo considera a los residentes que tenemos aquí nuestra vivienda permanente, que se duplica considerando a las personas que transitan diariamente para trabajar, estudiar, pasear, comerciar, hacer trámites y recibir servicios. Unos tres millones de transeúntes viven y están en la ciudad unas quince horas diarias, aunque tengan domicilio, duerman y voten en otras localidades metropolitanas. La recorren en motos, automóviles, subtes, buses, camiones y trenes. Están en las calles, edificios, escuelas, hospitales y sanatorios, mercados, talleres, comercios, plazas, farmacias, restaurantes y bares, librerías, teatros, centros culturales. La pastoral porteña y regional debe repensar solidariamente (in solidum) la misión considerando que, con tres millones los residentes, diariamente habitamos Buenos Aires seis millones de personas.

 

4. DIOS VIVE EN LA CIUDAD Y EN EL BARRIO   [22]

1. Aparecida hace un discernimiento teologal del fenómeno urbano a partir de la mirada que aporta la fe para contemplar al Dios de Jesucristo que vino a vivir en y entre nosotros. Afirma que Dios vive en la ciudad (A 514),[23] sentando un presupuesto para toda pastoral urbana. Esta afirmación debe vincularse a lo que se dice en otra sección del Documento. En su capítulo sexto se refiere a las distintas presencias de Cristo bajo el tema “lugares del encuentro con Cristo” (A 246-257).

Aparecida trata las presencias en las que Cristo nos sale al encuentro, retomando de forma creativa el clásico tema de las distintas presencias de Cristo en la Iglesia, el hombre y el mundo. En este punto sigue las orientaciones del Concilio Vaticano II y el magisterio posconciliar, que dio relevancia al tema del Cristo presente (Christus praesens).[24] Como expliqué en otro estudio sobre la enseñanza cristológica de Aparecida, esta cristología del encuentro y de las presencias recorre el abanico gradual de las distintas formas de presencia de Cristo con una neta intención pastoral.[25] Dios vive en Cristo y Cristo vive en y entre los hombres y los pueblos urbanos, de distintas maneras.

2. La afirmación Dios vive en la ciudad invita a pensar desde la fe. Se podría poner con un signo de interrogación: ¿Dios vive en la ciudad? Pero, preferimos afirmar: Dios vive en la ciudad. No obstante, como trato de mostrar en el libro dedicado a esta cuestión, la afirmación conlleva muchas preguntas formuladas implícita y explícitamente. Dios y la ciudad invitan a preguntar para saber. De Dios es más lo que no sabemos que lo que sabemos. De la pastoral urbana es más lo que no sabemos que lo que sabemos. Ella es una frontera y un horizonte para el conocimiento y la acción.

Aun en su forma enunciativa, la frase Dios vive en la ciudad suscita preguntas, “da que pensar” y mueve a interrogarse. Además “da qué pensar”, ofrece un contenido digno de ser profundizado y conversado. La expresión no debe entenderse de un modo exclusivo sino incluyente, desde la variedad de las presencias de Dios en la Iglesia y el mundo. No corresponde comprenderla de una forma dialéctica, como si Dios ya no estuviera en el campo y ahora se hospedara en la ciudad. En la teología, la espiritualidad y la pastoral hay que superar la oposición entre lo urbano y lo rural, porque lo primero incluye toda el área de influencia de la cultura ciudadana. Este planteo abarca, diferenciadamente, los centros urbanos, las periferias suburbanas, las redes de ciudades y el influjo en los ámbitos rurales. Quiere destacar, leyendo la vida de la Iglesia a partir del Nuevo Testamento y de una reflexión teológica, antropológica y cultural, la novedad de plantear el núcleo teologal de una pastoral urbana a partir de la fe en la presencia de Dios en y desde las ciudades y las casas.

3. Dios vive en la ciudad es una afirmación que brota de la fe, semejante a decir: Dios está presente en la historia. La fe teologal advierte las formas de la presencia del Creador en las criaturas, de Dios en el mundo, del Padre en sus hijos, de Cristo en sus hermanos, del Espíritu en los corazones. La fe en la Encarnación afirma: el Verbo se hizo carne y puso su carpa entre nosotros (Jn 1,14). Esa verdad no puede relegarse por la mera lectura empírica de la realidad. La mirada creyente “ve” a Dios en Cristo y su Espíritu. El Dios encarnado vive, de muchas formas, en el templo de su Iglesia y en los templos de las casas y ciudades. La fe lo descubre en los lugares de su presencia y en los signos de su ausencia. Ella ayuda a pensar frases que dicen verdades parciales: “Dios está en todas partes”, “Dios ya no está”. Dios está con nosotros, aunque nos preguntemos, ¿dónde está Dios?

Ante el ocultamiento de la Providencia por la oscuridad del pecado, la maldad y la injusticia que habitan en las ciudades y los barrios, uno puede preguntarse y preguntar: ¿Vive Dios en la ciudad? Aquí no se trata de divulgar un nuevo slogan pastoral sino de pensar la cuestión con discernimiento espiritual. En la ciudad se requiere una sensibilidad religiosa especial para percibir la presencia de Dios también en los signos de su ausencia. El Dios escondido se presenta allí donde es marginado. Dios acompaña en su retiro; pronuncia su voz en su silencio; revela su omnipotencia en su impotencia; muestra su máxima bondad en su mínima expresión, desde el pesebre a la cruz. Compartiendo la pregunta, ¿Dónde está tu Dios? (Sal 42, 2), surge la confesión de fe: Dios ‘está’ allí, en la ciudad, de un modo casi imperceptible, como el sol ‘está’ en los días nublados, detrás de rascacielos y nubes. Aunque no lo veamos, siempre está. La pastoral urbana anuncia, celebra y testimonia que Dios siempre está, aunque no lo veamos. Dios brilla en su ausencia, en el doble sentido que puede tener el verbo “brillar”. El desafío es descubrir las presencias por las que nos sale al encuentro. El cristianismo es la religión del Dios con rostro humano y urbano, que nos busca en Cristo con su amor.

4. Aparecida afirma que Dios habita en la vida de los hombres de la ciudad, “en medio de sus alegrías, anhelos y esperanzas, como también en sus dolores y sufrimientos” (A 514). Este texto es afín a otro del capítulo sexto de Aparecida, que dice que Jesús se encuentra: “en toda realidad humana, cuyos límites a veces nos duelen y agobian” (A 256). Dios se identifica con los hombres, aun en sus experiencias más difíciles, como el amor y la muerte, la alegría y el dolor, la unión y la exclusión. El texto reconoce la presencia de Dios en las “sombras que marcan lo cotidiano de las ciudades, como, por ejemplo, violencia, pobreza, individualismo y exclusión” (A 514). Encontramos a Jesús en los acontecimientos de la vida diaria, especialmente, en los pobres, afligidos y enfermos (Mt 25,37-40), que reclaman nuestro compromiso y nos dan testimonio de esperanza. “El encuentro con Jesucristo en los pobres es una dimensión constitutiva de nuestra fe en Jesucristo” (A 257).

Por razón de su fe, el cristiano sabe que las realidades más duras que se sufren en cada ciudad, “no pueden impedirnos que busquemos y contemplemos al Dios de la vida también en los ambientes urbanos” (A 514). En la cultura urbana, la fe está llamada a saber descubrir al Dios presente (Deus praesens) en el Cristo presente (Christus praesens). Está en el Christus patiens (Cristo paciente) que sufre con y en sus hermanos que padecen tantas miserias, asumidas por el Siervo sufriente y paciente hasta la cruz pascual. Está también en la cultura ciudadana, donde hay que descubrir al Christus medicus (Cristo médico) que ama, cuida y cura al hombre herido con la misericordia del Buen samaritano. En la guardia nocturna de un hospital urbano o suburbano, donde agobia el peso de tanto sufrimiento, enfermedad, adicción, violencia y angustia, hay que saber descubrir a Jesucristo, Dios-Hombre, en el dolor de un enfermo crucificado y en el amor de una enfermera samaritana.

Al hacerse hombre, el Hijo de Dios estableció con todo hombre una misteriosa solidaridad a tal punto que Jesús se identifica de un modo especial con el que sufre. A esta presencia en el dolor se agrega su presencia por el amor, porque Jesús adviene no sólo en la persona del necesitado que sufre una miseria, sino también el amor de aquel que ejerce la misericordia. La mirada cristiana penetra en la dimensión divina de las experiencias humanas y ciudadanas más profundas. Pero esta mirada de la fe todavía no tiene la claridad de la visión, donde no habrá oscuridad. En el “mientras tanto” de la historia la luz apenas brilla entre las sombras y la presencia se entrega en la ausencia.

5. El ojo de la fe descubre que, en Cristo, el Grande se hizo Pequeño para que el pequeño se hiciera grande. “En Cristo el grande se hizo pequeño, el fuerte se hizo frágil, el rico se hizo pobre” (A 393). En Jesús se manifestó el amor gratuito de nuestro Dios (Tt 3,4) que prefiere volcar su amor y revelar su reino a los sencillos (Mt 11,25). El Dios empequeñecido se identifica con los pequeños: “cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo” (Mt 25,40).

Aparecida se concentra en la presencia del rostro de Cristo en los pobres La cristología de Aparecida retoma las enseñanzas de Pablo VI, Juan Pablo II y Benedicto XVI, porque “los rostros sufrientes de los pobres son rostros sufrientes de Cristo” (SD 178). Aquella expresión sintética arraiga en la parábola del juicio (Mt 25,31-46) que, para Juan Pablo II es “una página de cristología” que “ilumina el misterio de Cristo” (NMI 49). Benedicto XVI enseñó que “Jesús se identifica con los pobres... en el más humilde encontramos a Jesús mismo y en Jesús encontramos a Dios” (DCE 15). El capítulo sobre la opción por los pobres incluye, entre los “rostros sufrientes que nos duelen”, las personas que viven en la calle en las grandes urbes (A 407-410), los migrantes (A 411-416), los enfermos (A 417-421), los drogodependientes (A 422-426), los encarcelados (A 427-430).

La fe percibe la presencia del Cristo crucificado en los gritos, silencios, ojos, miradas, lágrimas y gestos de las víctimas del mal, que se multiplican en las casas y los barrios. En Cristo, la dignidad de Dios eleva la humildad del hombre y la humildad de Dios asume la dignidad del pobre. El máximo amor de Dios se da en la mínima expresión de “los más chiquitos”, sean los niños vulnerados, los jóvenes “ni…ni” (ni estudian ni trabajan) o los ancianos abandonados.

En la Argentina del Bicentenario 2010-2016 persiste la pobreza injusta de casi un tercio de la población y aumenta una grave inequidad entre los extremos del arco del ingreso, a pesar del crecimiento macroeconómico.[26] Se necesitan pactos nacionales, nuevos consensos y políticas públicas para luchar contra el hambre, la indigencia, la pobreza, la desigualdad, la desnutrición infantil y la falta de vivienda. La meta pobreza cero es una prioridad ética, cultural y política; también pastoral.

6. Dios vive en los barrios. Según el Censo Nacional de Población, la Argentina tiene un 92% de población urbana. El 38,9% se encuentra en el Aglomerado Gran Buenos Aires (AGBA), el área geográfica que abarca a la población que vive en la “mancha urbana” o llega hasta el límite de las viviendas urbanas. El AGBA contiene la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, la superficie total de catorce partidos y la superficie parcial de otros dieciocho municipios de la Provincia de Buenos Aires. Trasciende la jurisdicción de los treinta y dos partidos. En 1970, tenía ocho millones y medio de habitantes; en 2010 superó los trece millones. Es el octavo conglomerado urbano del mundo

Cada barrio está situado en constelaciones más amplias. En lo territorial, es parte de una urbe; en lo institucional, es una de las comunidades en las que vive la persona, desde la familia a la nación, pasando por las asociaciones intermedias. El barrio es una comunidad que surge por la convivencia en un lugar determinado y la generación de una trama de vinculaciones. Reúne a vecinos en un mismo espacio geográfico y social. No es mero aglomerado territorial con edificios pegados unos a otros –aunque puede reducirse a eso- sino una reunión de personas y familias “vecinas”, en una cierta proximidad, aunque haya entre ellas muchas formas de distancia. En el microcentro porteño todavía hay vecinos que se llaman por el nombre. Allí o en otros lados, el llegar caminando a la casa facilita el saludo, el conocimiento y la conversación. En cambio, es más difícil vincularse cuando las personas ingresan en sus casas, edificios o barrios dentro de sus vehículos. Todavía, muchas personas responden a las preguntas ¿de dónde sos? o ¿dónde vivís? dando el nombre de su barrio. “La identidad con la ciudad o el barrio es una cualidad especial”.[27] La pastoral barrial debería asumir y renovar, desde la fraternidad universal que brinda la fe, este sentido de pertenencia, para que sea potenciado donde exista y pueda resurgir en nuevas formas donde se ha debilitado.

Dios vive en el barrio, aunque la oscuridad de tantas formas de muerte cotidiana opaque la percepción de la luz divina. El conocimiento de la cultura de los pueblos y barrios requiere la vía de la comprensión afectiva y connatural del amor. El evangelizador debe conocer y amar a la gente de su pueblo y la cultura de su barrio tal cual es, compartiendo el amor de Jesús por cada uno.

“Para desarrollar su acción evangelizadora con realismo, la Iglesia ha de conocer la cultura de América Latina. Pero parte, ante todo, de una profunda actitud de amor a los pueblos. De esta suerte, no sólo por vía científica, sino también por la connatural capacidad de comprensión afectiva que da el amor, podrá conocer y discernir las modalidades propias de nuestra cultura, sus crisis y desafíos históricos…” (DP 397).

7. Hay que ayudar a descubrir al Dios que habita en los barrios de las ciudades a partir de las mediaciones humanas que prologan la humanidad de Cristo. Destaco las figuras simbólicas de las imágenes, los misterios profundos de la vida, el testimonio teologal de los cristianos. Se debe acompañar la necesidad de confidencia espiritual con los santos y santas, que son nuestros amigos, intercesores y modelos (LG 48), y no sólo ejemplos en un sentido moral. La pastoral urbana exige mejorar la mediación humana en la experiencia religiosa. Nuevas devociones religiosas surgidas en Buenos Aires, como las del Jesús Misericordioso -el Santo de los Santos- , María que Desata los Nudos, la Virgen de la Dulce Espera, San Ramón Nonato, San Expedito o Santa Rita (santa de los imposibles y patrona de las mujeres maltratadas), abren el camino a Dios dando cauce a afecciones personales de origen espiritual, afectivo y sicológico. Las devociones populares reconocen que los bienes buscados se dan en Dios de forma eminente y los santos los expresan de un modo humano y simbólico.

Una eclesiología de comunión del Pueblo de Dios ayuda a comprender y expresar la unión amorosa del pueblo cristiano con Dios, Cristo, el Espíritu, María, los santos, los difuntos y los hermanos que todavía peregrinan, sostenidos por la fe, la esperanza y el amor. La fe en Cristo muestra su potencial divinizador y humanizador en el testimonio y la palabra de evangelizadores que comunican lo más divino – la Palabra, el Espíritu y el Cuerpo de Cristo - de la forma más humana.

8. La nueva evangelización requiere una espiritualidad urbana que ayude a encontrar a Dios en medio de la gente y entre las realidades ciudadanas. Hace más de cien años, la creación de parques en Buenos Aires –Tres de Febrero, Lezama, Patricios, Centenario, Chacabuco, Avellaneda, más el Jardín Botánico- no obedeció sólo a un criterio paisajístico, sino a la voluntad de crear espacios públicos para el encuentro comunitario y el esparcimiento popular. Para algunos, los paseos serían las nuevas catedrales de la ciudad secularizada. Hoy, la acción pastoral puede resignificarlos para favorecer el encuentro con Dios, fomentando la oración en un parque arbolado o ante una imagen - ermita, o la contemplación de sus obras en las personas y cosas. En la tradición judeo-cristiana, Dios es el Dios de la historia, aunque también es el Dios de la naturaleza y la interioridad.

Hay que recrear la actitud contemplativa en lugares públicos, como las plazas, y promover una cultura del encuentro en ámbitos de conversación, como los bares. No creo que el paseo, el bar y el café vayan a desaparecer. En un bar porteño no sólo se aprende algo de la filosofía de la vida, como enseña el tango Cafetín de Buenos Aires de Enrique Santos Discépolo y Mariano Mores, escrito en 1948, un año después que la ciudad pasó los tres millones de habitantes. Allí también se ejercita la amistad entre las personas y se puede alimentar el trato con Dios. En el banco de una plaza el corazón se puede elevar a Dios mirando a los chicos que juegan y los ancianos que charlan, además de ver los árboles y escuchar los pájaros. Se puede pensar en Dios con amor y en sus hijos desde la mesa de un café, leyendo el diario y observando los rostros. Se medita la Palabra de Dios y se reza viajando en colectivos, subtes y trenes. Se conversa con Dios y con los otros andando, caminado o trotando por las calles, pero se vuelve más difícil cuando están atravesadas por pasos cruzados.

Una espiritualidad urbana asume, purifica y renueva la experiencia de la ciudad para que sea un ámbito de encuentro con Dios. Así como no se debe caer en la ilusión urbanista de una ciudad sin gente con conflictos, ni en la amenaza anárquica de la destrucción irrecuperable de todo vínculo primario, también hay que resistir la tentación  de una nueva huida del mundo (fuga mundi) hacia la aldea, el campo, el bosque o la montaña, que reproduce el mito romántico del retorno bucólico a la naturaleza. No se puede simplificar la realidad diciendo que Dios hizo el primer jardín y Caín fundó la primera ciudad (Gn 4,17). Reconociendo la función simbólica y terapéutica de la vida al aire libre, que es un derecho de todos, hay que ayudar a los cristianos a compartir muchos oasis en medio de los desiertos poblados de la ciudad. Hay que hacerlo con realismo, porque la conflictiva convivencia en una vivienda puede ser una forma dolorosa de experimentar un infierno cotidiano.

En la ciudad hay que pasar de una pastoral del refugio en el arca de Noé, que busca salvarse del diluvio que parece ahogar al mundo, a una pastoral audaz que pilotea la barca de Pedro y atraviesa las tempestades del mar de la historia, con la confianza puesta en el Salvador del mundo. Por eso, no conviene exagerar las metáforas haciendo un giro hacia posturas fundamentalistas. No hay que asimilar el oasis a una isla de un archipiélago con sentido individualista. Tampoco hay que reducir la barca a un arca protector con una postura defensiva, ni a una flota armada con una posición ofensiva. La protección cuidadosa y la irradiación contagiosa de la fe siempre deberían ir juntas.

 

5. LA SEÑAL DE LA CRUZ EN LA ALEGRÍA  [28]

1. Desde 1992 sostengo que la pastoral urbana debe recrear el lenguaje simbólico y ritu­al de la fe y la religión.[29] La evangelización de la ciudad requiere una pastoral atravesada por el anuncio multiforme del núcleo de la fe. Lo primero y principal es proclamar a Dios-Amor. El símbolo es una privilegiada para formular nuevos anuncios y discursos acerca de Dios desde el interior de la vida urbana. Una pastoral misionera, que procure llegar a un amplio arco de interlocutores, requiere un estilo kerygmático y simbólico que favorezca el encuentro con Dios presente en Jesucristo.

La Iglesia existe para evangelizar, para “dar testimonio, de una manera sencilla y directa, de Dios revelado por Jesucristo mediante el Espíritu Santo” (EN 26). Cristo y la Trinidad son el centro original del cristianismo. La evangelización comunica el amor trinitario revelado en Cristo. La misión urbana nunca podrá responder a todas las necesidades, pero siempre tendrá que proclamar la feliz noticia de que Dios es la eterna comunión de amor entre el Padre, el Hijo y el Espíritu. Dios se nos ha comunicado en la entrega de su Hijo, encarnado hasta la cruz pascual, y en la donación de su Espíritu, para que participemos en su amor abundante, que sacia nuestra vocación a la felicidad.

“Ésta es la comunión que buscan ansiosamente las muchedumbres en nuestro continente cuando confían en la Providencia del Padre, confiesan a Cristo como Dios Salvador, buscan la gracia del Espíritu Santo en los sacramentos y aún cuando se signan ‘en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo’” (DP 216).

Cristo y la Trinidad son el único y doble centro bipolar de la fe cristiana y la nueva evangelización. Para el Directorio Catequístico General, la fe cristiana se estructura como un cristocentrismo trinitario (DCG 99-100). El Pueblo de Dios expresa esta fe en la profesión litúrgica del Credo, el Símbolo de la Fe, cuyo contenido es trinitario y cristocéntrico. También la manifiesta de forma sencilla y profunda cuando se hace la señal de la cruz. En el momento en que la palabra invoca al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, el gesto confiesa a Cristo que nos salva en la cruz pascual. Extranjeros que visitan Buenos Aires se sorprenden que muchos porteños nos persignemos ante las iglesias.

2. En Buenos Aires se destaca el valor religioso, sacramental y afectivo de hacerse la señal de la cruz y de pedir la bendición para las personas y objetos, lo que se está incorporando en la pastoral ordinaria de santuarios y parroquias. En esta línea cabe preguntarse, ¿no hace falta una pedagogía catequística, simbólica y ritual sobre la práctica espontánea de hacer la señal de la cruz al pasar ante un templo -caminando o viajando en colectivo-, una devoción que sorprende a los turistas? ¿No habría que renovar el sentido de esta expresión popular de la fe católica que realiza cualquier miembro común del Pueblo de Dios cuando se traza la cruz sobre la frente y el pecho, confesando con el gesto al Cristo que salva en la cruz pascual e invocando con la palabra al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo? ¿Cómo ayudar a descubrir la riqueza espiritual, la belleza estética, la originalidad ética, el modelo familiar y la fecundidad social de la fe en la comunión familiar de la Trinidad?

Hay que reconocer la centralidad de Dios en una pastoral urbana post-Aparecida y no puede entrar en la delicada tarea de pensar formulaciones y prácticas. Pero se anima a indicar una dirección misionera y simbólica, concentrada en esta consigna teologal: ayudar a hacer con fe en el corazón, y traducir con amor en la vida, la señal de la cruz, el centro simbólico del cristocentrismo trinitario, mariano y católico. La cruz de Cristo es el signo de la esperanza. Ave Crux spes unica.

La nueva Jerusalén es “la ciudad de Dios-Trinidad”,[30] porque la habitan el Padre eterno (Ap 1,8; 21,7), el Cordero vencedor (Ap 5,2.5; 21,22) y el agua viva del Espíritu (Ap 2,7; 22,17). Vivimos en la ciudad de la Santísima Trinidad junto al puerto de Santa María de los Buenos Aires, otro de los nombres de la Virgen. A la luz de la nueva Jerusalén y ante Buenos Aires, una ciudad identificada en su nombre con la invocación a la Santísima Trinidad, la mirada pastoral y misionera se interroga: ¿Tenemos conciencia de pertenecer a una ciudad inicialmente pneumatológica, trinitaria y mariana? ¿El pueblo cristiano porteño cultiva su fe en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo? ¿Cómo tiene presente a María, Madre de Dios y del Pueblo de Dios, en los vaivenes de la vida urbana? ¿Modela su corazón religioso y su convivencia social según el modelo de la comunión trinitaria? ¿Se enseña en las familias, parroquias y escuelas el sentido del nombre de la ciudad y el puerto?

Una ciudad identificada con la invocación a la Santísima Trinidad, ¿no debería ser permanentemente evangelizada para que los cristianos crezcan en la fe en el único Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, que se ha revelado en Cristo y donado en el Espíritu? ¿No habría que pensar las nuevas reformulaciones catequísticas, espirituales, simbólicas y artísticas del cristocentrismo trinitario?

3. La región metropolitana de Buenos Aires es una realidad inabarcable que presenta a la Iglesia la chance de tener grandes líneas comunes en la diversidad de muchos planes y propuestas. Junto a una pastoral simbolizada en la señal de la cruz pascual, pienso que otro núcleo común puede estar en intensificar la espiritualidad que anime una nueva pastoral urbana centrada en los lenguajes de la esperanza y la alegría. Aparecida invita a la conversión espiritual para una renovada mística misionera que comparta el don del encuentro con Cristo “por un desborde de alegría y gratitud” (A 14).

El anuncio de la Buena Nueva en Buenos Aires requiere mensajeros de la alegría de Cristo porque la promesa amorosa de Dios se resume en esta frase: “Voy a crear a Jerusalén para la alegría y a su pueblo para el gozo” (Is 65,18). Una pastoral misionera muestra con signos la belleza de la comunión con la Trinidad y la alegría de la vida teologal. Comparte el Evangelio como un feliz sí de Dios al hombre y muestra que la fe en Jesús, Dios con rostro humano y urbano, es causa de alegría.

El anteúltimo número de Aparecida recita la invitación a la alegría de evangelizar que hizo Pablo VI.

“Recobremos, pues, ‘el fervor espiritual. Conservemos la dulce y confortadora alegría de evangelizar, incluso cuando hay que sembrar entre lágrimas. Hagámoslo con un ímpetu interior que nadie ni nada sea capaz de extinguir. Sea ésta la mayor alegría de nuestras vidas entregadas. Y ojalá el mundo actual – que busca a veces con angustia, a veces con esperanza – pueda así recibir la Buena Nueva, no a través de evangelizadores tristes y desalentados, impacientes o ansiosos, sino a través de ministros del Evangelio, cuya vida irradia el fervor de quienes han recibido, ante todo en sí mismos, la alegría de Cristo y aceptan consagrar su vida a la tarea de anunciar el Reino de Dios y de implantar la Iglesia en el mundo’ (EN 80). Recobremos el valor y la audacia apostólicos” (A 552).

4. Los “centinelas” puestos por Dios en la ciudad no descansan ni callan de día ni de noche (Is 62,6). Tienen la misión de comunicar la feliz noticia del Dios-Amor que nos salva en esta Buenos Aires. Apostar por comunicar ese bien, difícil pero posible, requiere el don de la esperanza. La santidad y la evangelización sólo pueden ser alcanzadas por la unión del libre esfuerzo del hombre con y bajo la gracia del Dios providente. Dios  actúa en el seno de la libertad del hombre que vive en el mundo urbano. Un adagio latino dice: velis remisque. ¿Cómo podía un pequeño barquito llegar a buen puerto, recorriendo largas distancias y atravesando mares embravecidos por el viento y las olas? Con las velas y los remos. La Iglesia es la barca de Pedro conducida por el Salvador, no el arca de Noé para salvarse del mundo. Como Pedro, confiando en su Señor (Lc 5,5), ella se lanza a navegar mar adentro en el océano de la ciudad para echar las redes en la evangelización de los barrios, procurar una pesca abundante para el Reino, y llegar al puerto escatológico por la unión del esfuerzo de los brazos, que mueven los remos, y la fuerza del Soplo de Dios, que empuja las velas.

Juan Pablo II actualizó la consigna de Jesús a Simón y sus compañeros (Lc 5,6): ¡Navega mar adentro! Esta metáfora también fue empleada por Aparecida al convocar al estado permanente de misión: “Llevemos nuestras naves mar adentro, con el soplo potente del Espíritu Santo, sin miedo a las tormentas, seguros de que la Providencia de Dios nos deparará grandes sorpresas” (A 551).

5. En 1717, unos humildes pescadores estuvieron varios días sin poder pescar en el río Paraíba, en el centro – sur del Brasil. Amenazados por el hambre y el temor, lanzaron sus redes día y noche, sin éxito. De repente, en una de las redes apareció la pequeña imagen de una Virgen negra. Luego se produjo una abundante pesca milagrosa que dio de comer a sus pobres familias. La fe del pueblo percibió un signo de la providencia de Dios y de la protección de Nuestra Señora Aparecida.

La ternura, la belleza y la alegría del amor de Dios se muestran en el rostro de María, la Madre de Dios. Desde la colina del Tepeyac en México, el rostro mestizo de la Virgen de Guadalupe lleva a su pueblo en la pupila de sus ojos y lo cobija en el hueco maternal de su manto. Desde el río Paraíba en el Brasil, el rostro negro de la Señora Aparecida nos invita a echar las redes para acercar a todos a Jesús, “el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14,6), quien nos da “Vida en abundancia” (Jn 10,10).

“(Nuestros pueblos)...  también encuentran la ternura y el amor de Dios en el rostro de María. En ella ven reflejado el mensaje esencial del Evangelio. Nuestra Madre querida, desde el santuario de Guadalupe, hace sentir a sus hijos más pequeños que ellos están en el hueco de su manto. Ahora, desde Aparecida, los invita a echar las redes en el mundo, para sacar del anonimato a los que están sumergidos en el olvido y acercarlos a la luz de la fe. Ella, reuniendo a los hijos, integra a nuestros pueblos en torno a Jesucristo” (A 265).

Estamos invitados a vivir en el Corazón de Dios desde el corazón de nuestras casas, barrios y ciudades. El Espíritu nos guía para realizar la comunión del Pueblo de Dios en la unidad plural de cada ciudad. Que María nos ayude para que el Verbo se haga carne en la vida urbana de nuestros pueblos.



[1] Cf. C. M. Galli, “El desafío pastoral de la cultura urbana”, SEDOI 90/91 (1986) 1-10, 65-67; cita en p. 7.

[2] C. M. Galli, “Dios vive en la ciudad. Hacia una nueva pastoral urbana a la luz de Aparecida, Buenos Aires, Ágape, 2011, 11.

[3] Cf. Galli, Dios vive en la ciudad, 25-28 y 123-129.

[4] Cf. L. Ortiz Lozada, “El acontecimiento Aparecida paso a paso”, Medellín 130 (2007) 215-274; A. Brighenti, “Documento de Aparecida. O contexto do texto”, Revista Eclesiástica Brasileira 67/268 (2007) 772-800.

[5] Cf. Benedicto XVI, Luz del mundo. El Papa, la Iglesia y los signos de los tiempos, Barcelona, Herder, 2010, 140.

[6] Cf. V. Fernández, “La Misión como Comunicación de Vida: un estado permanente de misión para la Plenitud de nuestros pueblos”, en: CELAM, Testigos de Aparecida, I, Bogotá, CELAM, 2008, 301-368P. Suess, “Misión: el paradigma - síntesis de Aparecida”, en: Amerindia, Aparecida: renacer de una esperanza, Bogotá, Indoamerican Press, 2007, 187-201; J. Comblin, “O projeto de Aparecida”, Vida Pastoral 258 (2008) 3-10; O. Albado, “Aspectos de la exigencia misionera en el Documento de Aparecida”, Teología 96 (2008) 367-381; C. M. Galli, “Una misión para comunicar la vida digna y plena en Cristo”, Pastores 40 (2007) 42-54.

[7] Cf. Galli, Dios vive en la ciudad, 129-133.

[8] Cf. V. Fernández, Conversión pastoral y nuevas estructuras. ¿Lo tomamos en serio?, Buenos Aires, Ágape, 2010; V. Sánchez Espinoza, “El gran reto de la Misión Continental en América Latina”, en: Pontificia Comisión para América Latina, Aparecida 2007. Luces para América Latina, Roma, Vaticano, LEV, 2007, 275-294; M. de Gasperín Gasperín, “La exigencia de una conversión pastoral”, en: Aparecida 2007, 295-316; J. Libanio, “Conversao pastoral e estruturas eclesiais”, Medellín 134 (2008) 309-329; S. Valadez, “La conversión en la praxis pastoral, personal y comunitaria”, Medellín 134 (2008) 331-348; F. Merlos, “La misión como conversión pastoral: ¿un interrogante o una respuesta?”, en: Amerindia, La misión en cuestión. Aportes a la luz de Aparecida, Bogotá, San Pablo, 2009, 173-185.

[9] B. Bravo, “La parroquia urbana”, en: J. B. Libanio; B. Bravo; J. Comblin, La Iglesia en la ciudad, México, Dabar, 1999, 73-141, 136.

[10] Cf. E. Bueno de la Fuente, “Movimientos de renovación parroquial en los últimos cuarenta años”, en: Instituto Superior de Pastoral – Universidad Pontificia de Salamanca, A vueltas con la parroquia: balance y perspectivas, Estella, Verbo Divino, 2007, 195-262; A. Borras; G. Routhier, La nueva parroquia, Santander, Sal Terrae, 2009, 185-207.

[11] Cf. Galli, Dios vive en la ciudad, 133-137.

[12] Cf. C. M. Galli “La religiosidad popular urbana ante los desafíos de la modernidad”, en: C. M. Galli; L. Scherz (comps.), Identidad cultural y modernización, Buenos Aires, Paulinas, 1992, 147-176.

[13] J. Legorreta, “La ciudad latinoamericana: aproximaciones sociológicas”, en: J. Legorreta (dir.), 10 palabras clave sobre pastoral urbana en América Latina, Estella, Verbo Divino, 2007, 22.

[14] P. Ricoeur, “Urbanización y Secularización”, en: Ética y Cultura, Buenos Aires, Docencia, 1986, 125.

[15] Cf. O. González de Cardedal, Teología y Ciudadanía, Salamanca, 2010, 3-5 y 24-38.

[16] Cf. P. Trigo, La cultura del barrio, Caracas, Universidad Católica Andrés Bello, 2004, 87-88.

[17] Cf. H. Mandrioni, Filosofía y política, Buenos Aires, Guadalupe, 19862, 113-128.

[18] H. Mandrioni, “Pensar la ciudad”, Criterio 1863 (1981) 377-385, 381.

[19] Cf. P. Ricoeur, Sí mismo como otro, México, Siglo XXI, 1996, 365-379.

[20] Cf. Ph. Capelle, Fenomenología francesa actual, Buenos Aires, UNSAM, 2009, 13-29 y 103-121.

[21] Cf. C. M. Galli, Jesucristo: Camino a la dignidad y la comunión. La cristología pastoral en el horizonte del Bicentenario. De ‘Líneas pastorales’ a ‘Navega mar adentro’, Buenos Aires, Ágape, 2010, 11-21 y 215-251.

[22] Galli, Dios vive en la ciudad, 14-15 y 138-158.

[23] Cf. J. Seibold, “Dios habita en la Ciudad”, CIAS 568/9 (2007) 405-423. Es la ponencia presentada en el Primer Congreso Internacional de Pastoral Urbana “Dios habita en la Ciudad”, México, 6-9 de agosto de 2007.

[24] Cf. C. M. Galli, “Cristo, por su Espíritu, en su Iglesia y en el hombre. Centralidad de Cristo y nexos entre sus diversas presencias según el Concilio Vaticano II”, en: V. Fernández; C. M. Galli (dirs.), Presencia de Jesús. Caminos para el encuentro, Buenos Aires, San Pablo, 2007, 9-63, esp. 56-63.

[25] Cf. C. M. Galli, “Líneas cristológicas de Aparecida”, en: CELAM - Secretaría General, Testigos de Aparecida, I, Bogotá, CELAM, 2008, 103-204; 156-179.

[26] Cf. J. C. Scannone, “Signos de los tiempos en la Argentina de hoy”, Universitas 6 (2011) 55-60.

[27] J. J. Sebreli, “Buenos Aires, ciudad en crisis”, en: Buenos Aires, vida cotidiana y alienación – Buenos Aires, ciudad en crisis, Buenos Aires, Sudamericana, 2003, 251.

[28] Cf. Galli, Dios vive en la ciudad, 308-331.

[29] Galli, La religiosidad popular urbana ante los desafíos de la modernidad, 168.

[30] Cf. F. Contreras, La nueva Jerusalén. Esperanza de la Iglesia, Salamanca, Sígueme, 1998, 186; cf. 186-207.


LA PASTORAL URBANA EN APARECIDA (I)
Queridos amigos y amigas

LA PASTORAL URBANA EN APARECIDA   (I)  [1]

 

Carlos María Galli

 

…Pensaré el tema de la pastoral urbana a la luz de Aparecida. Tuve la gracia de ser uno de los peritos teológicos nombrados por el Papa para la Quinta Conferencia de 2007, en el santuario nacional de Aparecida, en el Brasil. A cuatro años, hago una relectura del Documento para destacar su proyecto misionero de reconfigurar la Iglesia latinoamericana para compartir con los pueblos la Vida plena en Cristo. Lo estudio siguiendo un ritmo ondulante de ida y vuelta entre el llamado a la misión permanente y la propuesta de una nueva pastoral urbana. En varios capítulos, la exégesis de los textos es, también, contexto y pretexto para pensar teológicamente los temas.

Como expresé al presentar el Documento de Aparecida a la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Argentina (CEA), en agosto de 2007, este proyecto misionero, asumido seriamente y actualizado constantemente, puede comprometer a nuestra Iglesia durante el siglo XXI.

La propuesta de una nueva pastoral urbana (A 509-519) es un gran aporte de Aparecida. Debe ser leída en el conjunto de su proyecto para “desarrollar la dimensión misionera de la vida en Cristo” (A 362). Desde una óptica evangélica, todo discípulo es misionero (A 144)…

 

La plenitud de Dios en Cristo para la cultura urbana

1. Aparecida impulsa el movimiento misionero de la Iglesia en el espacio y el tiempo para compartir la Vida en Cristo con todos los pueblos del continente. Siguiendo la vía corta, se analiza aquí la sección sobre la pastoral urbana (A 509-519), ubicada en el proyecto de una Iglesia misionera. La exégesis rigurosa de los textos permitirá introducir reflexiones teológicas fundantes.

“Fomente la pastoral de la acogida a los que llegan a la ciudad y a los que ya viven en ella, pasando de un pasivo esperar a un activo buscar y llegar a los que están lejos con nuevas estrategias tales como visitas a las casas, el uso de los nuevos medios de comunicación social, y la constante cercanía a lo que constituye para cada persona su cotidianidad” (A 518i).

La pastoral urbana experimenta una evolución cualitativa en Aparecida. Su contenido y extensión llaman la atención al compararlos con los documentos previos. En el Documento de Participación de 2005, el tema fue apenas nombrado (DPa 83, 156). En la Síntesis de los aportes recibidos, preparada en los dos primeros meses de 2007, tuvo dos menciones con afirmaciones significativas (DSi 68-69, 343). La primera, en el momento del “ver”, incluye dos números sobre la cultura urbana. El primero dice: “Dios habita en la ciudad. Así como en otro tiempo se manifestó con rostro rural, hoy se revela, por así decirlo, con rostro urbano. Pronto, más del 70% de la población estará viviendo en ciudades con más de un millón de habitantes” (DSi 68). Aquí aparece la sugestiva expresión Dios habita en la ciudad, aunque la idea venía de antes. Ya en 1988, en un encuentro del CELAM sobre la cultura urbana realizado en el Centro Nazaret de Buenos Aires, los presentes escuchamos una frase similar empleada por obispo uruguayo Pablo Galimberti.[2]

La segunda mención del documento previo está en el momento del “obrar” al referirse a la evangelización de la cultura. De ella rescato esta frase: “[la pastoral urbana] no es una pastoral especializada sino un nuevo estilo de hacer pastoral” (DSi 343). Ella es una nueva línea transversal.

 

2. La historia de la redacción del apartado sobre la pastoral urbana es breve pero interesante. La primera redacción general del documento, el 24 de mayo de 2007, tenía el apartado “prioridad de una pastoral urbana”, dentro de un amplio capítulo, el séptimo, sobre “La misión de los discípulos misioneros” (550-558).

En la segunda redacción completa, terminada el 27 de mayo, el apartado 8.4.3, dedicado al tema, adquiere una articulación tripartita (576-586). Queda ubicado dentro del nuevo y extensísimo capítulo ocho: “Algunos ámbitos y prioridades de la misión de los discípulos” (455-653). En la tercera redacción, presentada el 30 de mayo, el tema adquiere su formulación, su forma y su lugar definitivo. Queda ubicado en el nuevo capítulo 10, dedicado a Nuestros pueblos y la Cultura. El apartado 10.6 se titula: La Pastoral Urbana. Comprende once párrafos, de los cuales los diez primeros son sobre la pastoral urbana (A 509-518); el restante postula “una renovada pastoral rural” (A 519). El apartado está estructurado en base al método ver, juzgar/iluminar y obrar, asumido para la totalidad del documento (A 19),[3] aunque aquí no se menciona explícitamente. Pero es fácil reconocerlo. Así queda el apartado en la cuarta redacción, presentada y votada el 31 de mayo.

 

3. Las partes y el conjunto de Aparecida forman un texto colectivo que procede de aportes de muchos redactores, coordinados por la Comisión de Redacción, presidida por el Cardenal Jorge M. Bergoglio. Este apartado surgió de una subcomisión interna a una Comisión dedicada a las prioridades pastorales en el ámbito cultural. Sus redactores originales fueron los obispos Odilio Scherer (Brasil), Leopoldo González González (México), Jorge Ferreira da Costa Ortiga (Portugal) y el P. Lorenzo Vargas Salazar (República Dominicana). Tuvo aportes de otros miembros de la Comisión, como el cardenal Paul Poupard, entonces presidente del Consejo pontificio para la Cultura y el obispo Dimas Lara Barbosa (que estaba en otra Comisión); y de un asesor del Episcopado del Brasil, el P. Joel Portella, miembro del Instituto Nacional de Pastoral del Episcopado del Brasil (CNBB).[4] Tanto en su origen, como en su contenido, este apartado expresa una reflexión latinoamericana. Omito nombrar a otros redactores y correctores del texto.

El primer momento del apartado contiene una mirada pastoral a la realidad, desarrollada en los números 509-513. Describe las principales características de las ciudades contemporáneas y, en el final, resume la posición histórica de la Iglesia ante las urbes y los desafíos que se presentan a su tarea evangelizadora. El segundo momento contiene el juicio teologal, que se halla en los números 514-516. Esta parte es la más importante, porque muestra un discernimiento iluminado por la fe que descubre el Misterio de Dios en la ciudad. El tercer momento contiene la orientación de la acción y se halla en los números 517-518. La propuesta de la nueva pastoral urbana sintetiza una multitud de ítems referidos a una nueva evangelización que desea llegar a todos los sectores de la ciudad. La atención está puesta en los seres humanos, marcados por sus peculiares culturas urbanas. Este acento actualiza la experimentada tradición pastoral de la Iglesia. Ya en el siglo XIII el obispo de París, Guillaume de D’Auvergne, decía: la ciudad son sus habitantes. La pastoral urbana post-Aparecida debe centrarse en las personas, es decir, en los ciudadanos y sus vínculos.

 

4. La primera sección del apartado sobre la pastoral urbana se abre con una mirada compleja a la cultura urbana. El análisis sociocultural de nuestras grandes ciudades muestra que ellas son “laboratorios de esa cultura contemporánea compleja y plural” (A 509). Las ciudades se han convertido “en el lugar propio de nuevas culturas que se están gestando e imponiendo un nuevo lenguaje y una nueva simbología”, y su problemática no queda reducida a los perímetros citadinos, sino que se “extiende también al mundo rural” (A 510). La vida pastoral y la piedad popular están asumiendo o deben asumir creativamente esos nuevos lenguajes y símbolos, aunque las transformaciones urbanas no sean sólo simbólicas. “En el mundo urbano acontecen complejas transformaciones socioeconómicas, culturales, políticas y religiosas que hacen impacto en todas las dimensiones de la vida” (A 511). Estas transformaciones, evidentes para quien vive en una gran ciudad, se dan también en “las ciudades satélites y los barrios periféricos” (A 511). Estas breves afirmaciones despliegan el diagnóstico ya hecho en el capítulo segundo del Documento (A 43-59), que describe la hibridación multicultural que se produce en muchas ciudades.

“La cultura urbana es híbrida, dinámica y cambiante, pues amalgama múltiples formas, valores y estilos de vida, y afecta a todas las colectividades. La cultura suburbana es fruto de grandes migraciones de población en su mayoría pobre, que se estableció alrededor de las ciudades en los cinturones de miseria. En estas culturas, los problemas de identidad y pertenencia, relación, espacio vital y hogar son cada vez más complejos” (A 58).

En los próximos capítulos se profundizará en este diagnóstico para pensar líneas pastorales.

 

5. En nuestras ciudades cohabitan distintos imaginarios sociales en un mismo espacio y en constante intercambio: “estas culturas son dinámicas y están en interacción permanente entre sí y con las diferentes propuestas culturales” (A 57). Allí crece el fenómeno de la multiculturalidad (A 42).

“En la ciudad, conviven diferentes categorías sociales tales como las elites económicas, sociales y políticas; la clase media con sus diferentes niveles y la gran multitud de los pobres. En ella coexisten binomios que la desafían cotidianamente: tradición-modernidad, globalidad-particularidad, inclusión-exclusión, personalización-despersonalización, lenguaje secular-lenguaje religioso, homogeneidad-pluralidad, cultura urbana-pluriculturalismo” (A 512).

Los desafíos de la vida urbana son presentados mediante binomios que aluden a realidades contrastantes. Algunas, como la tradición y la modernidad, fueron analizadas en otros capítulos de esta obra; otras, como la globalidad y la particularidad, se consideran más adelante; y otras, como la unidad y la multiculturalidad o pluralidad cultural, atraviesan transversalmente la reflexión. La pastoral urbana latinoamericana debe adecuarse, en lo posible, a esta compleja diversidad cultural.

 

6. El final del primer momento considera la posición histórica de la Iglesia ante la ciudad.

“La Iglesia en sus inicios se formó en las grandes ciudades de su tiempo y se sirvió de ellas para extenderse. Por eso, podemos realizar con alegría y valentía la evangelización de la ciudad actual. Ante la nueva realidad de la ciudad se realizan en la Iglesia nuevas experiencias, tales como la renovación de las parroquias, sectorización, nuevos ministerios, nuevas asociaciones, grupos, comunidades y movimientos” (A 513).

Hoy, el desafío parece mayor que el de otras épocas, porque las nuevas metrópolis presentan dimensiones enormes y requieren una gran audacia para desarrollar nuevas experiencias. Aparecida

Llama la atención que, en este proceso, surgen “actitudes de miedo ante la pastoral urbana”, “tendencias a encerrarse en los métodos antiguos y de tomar una actitud de defensa ante la nueva cultura” y “sentimientos de impotencia antes las grandes dificultades de las ciudades” (A 513). Las reacciones oscilan desde los sentimientos de temor, pesimismo e impotencia, a las actitudes contrarias de osadía, optimismo y omnipotencia. Para juzgar esta delicada cuestión, hace falta poner en práctica lo que Puebla, hace treinta años, llamó un “fino y laborioso discernimiento” (DP 425).

 

 

 

… continuará…



[1] Fragmento extraído del capítulo siete (7) Aparecida: una pastoral urbana para comunicar la Vida plena, del reciente libro de Carlos María Galli, “Dios vive en la ciudad”. Hacia una nueva pastoral urbana a la luz de Aparecida, Buenos Aires, Ágape, 2011, 133-137.

[2] Cf. P. Galimberti, “Dios en la ciudad. Sensibilidad religiosa del hombre de la ciudad”, en: CELAM, Cultura urbana, 95-119.

 

[3] Cf. Galli, Discípulos misioneros para la comunión de vida en Cristo, 132-133; V. Fernández, Aparecida. Guía para leer el documento y crónica diaria, Buenos Aires, San Pablo, 2007, 26-28.

[4] Cf. Lara Barbosa; Portella Amado, Viver e transmitir a Fé no mundo urbano, 376.


LA PASTORAL URBANA EN APARECIDA (II)
Queridos amigos y amigas

LA PASTORAL URBANA EN APARECIDA   (II)  [1]

 

Carlos María Galli

 

… (continuación de “La pastoral urbana en Aparecida I”)

 

El discernimiento de la presencia del “Dios con rostro urbano”

 

1. Una grata novedad de la Conferencia de Aparecida está en promover la pastoral urbana (A 509-519). Luego mirar la realidad de la cultura urbana (A 509-513), la segunda parte del apartado presenta el juicio o discernimiento teologal (A 514-516). Éste se hace desde la luz que aporta la fe y contempla al Dios de Jesucristo que vino a vivir con nosotros y habita en / entre las ciudades.

El texto se abre con una afirmación de fe: Dios vive en la ciudad (A 514),[2] que pone un presupuesto para toda pastoral urbana. La presencia de Dios en la ciudad no es un habitar físico, como el de una persona en un espacio determinado; tampoco se reduce a la presencia de una imagen simbólica en el espacio público, aunque estas tradiciones tienen su valor religioso y cultural, y deban ser respetadas en países de tradición cristiana, como se debate en hoy en países europeos y latinoamericanos a propósito de la presencia del crucifijo en instituciones públicas. El texto no niega la existencia de estos signos. Aparecida dedica una valiosa sección de su capítulo sexto a las distintas presencias de Cristo bajo el tema “lugares del encuentro con Cristo” (A 246-257).

Allí, Aparecida trata las presencias en las que Cristo nos sale al encuentro, retomando de forma creativa el clásico tema de las distintas presencias de Cristo en la Iglesia, el hombre y el mundo. En este punto sigue las orientaciones del Concilio Vaticano II y el magisterio posconciliar, que dio relevancia al tema del Cristo presente (Christus praesens).[3] Como expliqué al analizar la enseñanza cristológica de Aparecida, esta cristología del encuentro y de las presencias recorre el abanico analógico y gradual de las formas de presencia de Cristo con una neta intención pastoral.[4]

“En América Latina y El Caribe, innumerables cristianos buscan configurarse con el Señor al encontrarlo en la escucha orante de la Palabra, recibir su perdón en el Sacramento de la Reconciliación, y su vida en la celebración de la Eucaristía y de los demás sacramentos, en la entrega solidaria a los hermanos más necesitados y en la vida de muchas comunidades que reconocen con gozo al Señor en medio de ellos” (A 142).

Aparecida muestra que el encuentro con Cristo se realiza por la acción invisible del Espíritu Santo percibida por la fe recibida y vivida en la Iglesia (A 246). Podemos encontrar a Jesús donde Él se hace presente: en la Sagrada Escritura leída en la Iglesia, difundida por la animación bíblica de la pastoral y meditada en el ejercicio orante la Lectio divina (A 247-249); en la Sagrada Liturgia donde está de un modo admirable (A 250), especialmente en la Eucaristía, lugar privilegiado del encuentro del discípulo con Jesucristo, y en la Reconciliación (A 250-254); en el diálogo amoroso de la oración personal y comunitaria (A 255). Encontramos a Jesús en medio de una comunidad viva en la fe y el amor fraterno, porque Él está presente en todos sus discípulos, especialmente en los pastores que representan al Buen Pastor; en los todos los hombres que luchan por la justicia, la paz y el bien común; en los acontecimientos de la vida diaria de nuestros pueblos y en toda realidad humana cuyos límites nos duelen y agobian (A 256); También lo encontramos en los pobres, afligidos y enfermos (cf. Mt  25,37-40), que reclaman nuestro compromiso y nos dan testimonio de fe, paciencia en el sufrimiento y constante lucha para seguir viviendo. ¡Cuántas veces los pobres y los que sufren realmente nos evangelizan! “El encuentro con Jesucristo en los pobres es una dimensión constitutiva de nuestra fe en Jesucristo” (A 257). También lo encontramos, de un modo especial, en las figuras vinculares y ejemplares de la Virgen María (A 266-272), los apóstoles, los santos y los mártires (A 273-275). En estas formas de presencia encontramos al Cristo vivo.

Además, el capítulo sexto incluye de una forma destacada la piedad, la espiritualidad o la mística católica popular, el gran tesoro de la Iglesia latinoamericana, como una forma de encuentro personal con el Señor (A 258-265).[5] Son muchas las expresiones de fe, esperanza y amor al Dios de la compasión que, en Cristo, nos ama hasta dar su vida en la Cruz y nos recrea con el poder de su Resurrección. El Documento resalta “la devoción al Cristo sufriente y a su Madre bendita” (A 127) y muestra la unión amorosa de muchos hombres y pueblos crucificados que se identifican particularmente con el Cristo sufriente y muriente (A 265), quien les revela su dignidad en la gloria de la cruz. Aparecida presenta la piedad como una mística popular con un potencial de santidad y justicia (A 262). Así muestra la “raigambre mística del catolicismo popular latinoamericano”.[6]

En las ciudades de América Latina, el Dios de Jesucristo se hace presente a través de María, el signo más bello de su cercanía entrañable y la mujer más querida por el corazón de los pueblos.

 

2. En razón del principio hermenéutico que considera el todo en la parte y el fragmento en el conjunto, debemos leer en forma correlativa lo referido a las presencias de Cristo en la Iglesia y en los hombres, en ese capítulo sexto, y lo señalado sobre la presencia de Dios en Cristo en la vida urbana de los hombres, que estamos considerando en el apartado sexto del capítulo décimo. Éste es el espíritu con el que los redactaron escribieron el Documento y el criterio con el que ha de ser leído, aunque en cada capítulo no se hagan aclaraciones explícitas ni remisiones intertextuales.

La novedad del núcleo teológico del apartado sobre la pastoral urbana está en afirmar que Dios habita en la vida de los hombres de la ciudad, “en medio de sus alegrías, anhelos  y esperanzas, como también en sus dolores y sufrimientos” (A 514). Este texto es afín a otro recién citado, que dice que Jesús se encuentra: “en toda realidad humana, cuyos límites a veces nos duelen y agobian” (A 256). El habitar de Dios se da en su identificación con los hombres, aún en sus experiencias más contradictorias, como los misterios del amor y la muerte, la alegría y el dolor, la unión y la exclusión. El texto reconoce la presencia de Dios en las “sombras que marcan lo cotidiano  de las ciudades, como, por ejemplo, violencia, pobreza, individualismo y exclusión” (A 514). Allí debemos encontrar al Dios que nos viene a buscar, como se afirma desde el prólogo del libro.

Por nuestra fe creemos que Dios es un Dios urbano que, a través de Jesucristo, ha puesto su carpa entre nosotros, los hombres, para vivir en nuestros corazones y ciudades. Aquí cabría recordar la afirmación conciliar de que “el Hijo de Dios, con su encarnación, se ha unido en cierto modo a todo hombre” (GS 22), explicada en otros textos.[7] Por cierto, en virtud de la encarnación y la unión hipostática o personal, hay una presencia única y singular del Hijo de Dios en la humanidad individual de Jesús. El Concilio Vaticano II enseña que hay una presencia real -no hipostática- en los otros hombres distintos de Jesús, afirmando una analogía de presencias. Cristo está presente, de algún modo, en todos y cada uno de los seres humanos. Podemos decir, con Aparecida, que el Dios revelado en Jesucristo está presente en los hombres de la ciudad, de forma real y análoga.

Más aún, si Dios es Amor (1 Jn 4,8.16) y tanto ama al mundo que le entrega a su Hijo para salvarlo (Jn 3,16), Dios ama la ciudad, que es casa del hombre y comunidad social. Al ser urbano hay que anunciarle que Dios ama la ciudad con amor salvador, como ama al hombre y el mundo.

 

3. De un modo especial, el amor de Dios en Cristo se hace presente en las situaciones dramáticas de la vida urbana en las que los hombres quedan atrapados por las sombras de la muerte y llegan al límite del abandono. Ellas pueden ser asumidas por la fe que reconoce a Dios incluso en el grito de abandono del Jesús muriente en la Cruz: “Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado?” (Mc 15,34). En esas situaciones terribles Dios sigue presente, aunque parezca ausente, como estaba el Padre junto a su Hijo en la hora de la muerte. La certeza de su compañía llevó a decir a Jesús: “Yo no estoy solo, porque el Padre está conmigo” (Jn 16,32). La confianza en el amor del Padre, al que estaba unido en el límite de la separación, condujo al Crucificado a abandonarse en las manos de quien se sentía abandonado: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23,46).

Por esta razón de la fe, el cristiano sabe que las realidades más duras que se sufren en cada ciudad, “no pueden impedirnos que busquemos y contemplemos al Dios de la vida también en los ambientes urbanos” (A 514). En la sociedad urbana, la fe está llamada a saber descubrir al Dios presente (Deus praesens) en el Cristo presente (Christus praesens). Dios está en Cristo y Cristo está, de muchas formas, entre nosotros. Por un lado, Dios está en el Christus patiens (paciente) que sufre en sus hermanos que sufren tantas miserias, asumidas por el Siervo sufriente hasta la cruz. Por otro lado, en la cultura ciudadana hay que descubrir al Dios presente en el Christus medicus (médico) que ama, cuida y cura al hombre herido y caído con la misericordia del Buen samaritano. En la guardia nocturna de un pobre hospital urbano o suburbano, donde agobia el peso de tanto sufrimiento, enfermedad, adicción, violencia y angustia, hay que saber descubrir a Jesucristo, el Dios-Hombre, en el dolor de un enfermo crucificado y en el amor de una enfermera samaritana. 

Al hacerse hombre, el Hijo de Dios estableció con todo hombre una misteriosa solidaridad, a tal punto que Jesús se identifica de un modo especial con el pobre que sufre. A esta presencia en el dolor, se agrega su presencia por el amor, porque Jesús se hace presente no sólo en la persona del necesitado que sufre una miseria, sino de aquel que ejerce la misericordia. Sobre esta base teológica, Aparecida llama a contemplar al Dios de la Vida en los ambivalentes ambientes urbanos.

 

4. La parte final del número 514 invita a ver en las ciudades otras situaciones abiertas a la libertad y la oportunidad, que son propicias a la convivencia, la fraternidad y la solidaridad. En y por ellas el ser humano es llamado constantemente a caminar siempre más al encuentro del otro, conocer al desconocido, convivir con el diferente, aceptar a los demás y ser aceptado por ellos. La fe promueve una cultura del encuentro, urbano y fraterno, para asumir las diferencias enriquecedoras.

“Las ciudades son lugares de libertad y oportunidad. En ellas las personas tienen la posibilidad de conocer a más personas, interactuar y convivir con ellas. En las ciudades es posible experimentar vínculos de fraternidad, solidaridad y universalidad. En ellas el ser humano es llamado constantemente a caminar siempre más al encuentro del otro, convivir con el diferente, aceptarlo y ser aceptado por él” (A 514).

La fe en el Dios encarnado, crucificado y resucitado, fundamenta esta mirada contemplativa de la presencia Dios en y entre nosotros, en y entre nuestras ciudades. La mirada cristiana penetra en la dimensión divina de las experiencias humanas y ciudadanas más profundas. Pero esta mirada de la fe todavía no tiene la claridad de la visión beatífica, donde no habrá oscuridad. En el “mientras tanto” de la historia, la luz apenas brilla entre las sombras y la presencia se entrega en la ausencia.

 

5. Para discernir la ambigua realidad ciudadana, el número 515 introduce en el proyecto de Dios que, según el Apocalipsis, se realizará en la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, que desciende del cielo y viene de Dios, embellecida como una novia y preparada para recibir a su esposo (Ap 21,2).

Esta forma de iluminación bíblico-teológica sigue el camino abierto por el magisterio de Pablo VI (OA 12) y por la reflexión teológica. El Apocalipsis es un eje central del clásico libro de Joseph Comblin, Teología de la ciudad,[8] escrito en 1968, a partir de su ponencia Ciudad, Teología y Pastoral, dada en el Encuentro sobre la pastoral de las grandes ciudades de 1965.[9] El autor, fallecido en 2011, mantuvo siempre esa clave de comprensión, como se nota en la ponencia La ciudad, esperanza cristiana, que expuso en el Primer Congreso Interamericano de Pastoral Urbana.[10]

El Apocalipsis se emplea para pensar teológicamente la historia y la cultura a partir de la simbólica teológica de las ciudades, en especial de la Jerusalén celestial, como retomaré en el capítulo nueve. Aparecida cita Apocalipsis 21,3-4, texto sobre la ciudad escatológica en la que Dios habitará con y entre los hombres, consumando definitivamente la nueva Alianza. Allí, “ellos serán su pueblo y Dios mismo estará con ellos”, enjugando las “lágrimas de sus ojos y ya no habrá muerte ni luto, ni llanto, ni dolor, porque todo la antiguo ha desaparecido”. El documento dice que “estas realidades no son meramente futuras sino que ya comienzan a realizarse en Jesucristo” (A 515).

En la nueva ciudad, Dios está presente y de Él brota la Vida (Ap 22,1). Ella es un símbolo de Cristo y la Iglesia, su Esposa, el Pueblo de Dios peregrino por la historia, que se consumará en la plenitud del Reino de Dios. Las interpretaciones del Apocalipsis acentúan el presente o el futuro de la Nueva Jerusalén.[11]  Su teología simbólica de la historia señala la novedad pascual de Cristo y el modelo escatológico de la ciudad. La Ciudad celestial se anticipa en las urbes; éstas deben recibirla y orientarse hacia ella. La unión de la eternidad con el tiempo en Cristo, por la que una penetra en el otro, permite conjugar las lecturas histórica y escatológica de la Ciudad de Dios entre los hombres.

Dios acampa en su Pueblo, que vive en ciudades, y manifiesta su Reinado en el conjunto de las realidades humanas. De un modo especial, lo hace mediante la fe que se expresa en la religiosidad, piedad o mística popular, y en la caridad, que comunica su Amor y transforma este mundo hacia el Reino (GS 38-39). El último número de esta mirada teologal dice: “La Iglesia está al servicio de la realización de esta Ciudad Santa”. Para eso, ella debe implementar las diversas iniciativas pastorales que vayan “transformando en Cristo, como fermento del Reino, la ciudad actual” (A 516).

La acción evangelizadora de la Iglesia sirve al crecimiento del Reino de Dios en las ciudades.

“El proyecto de Dios es ‘la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén’, que baja del cielo, junto a Dios, ‘engalanada como una novia que se adorna para su esposo’, que es ‘la tienda de campaña que Dios ha instalado entre los hombres. Acampará con ellos; ellos serán su pueblo y Dios mismo estará con ellos. Enjugará las lágrimas de sus ojos y no habrá ya muerte ni luto, ni llanto, ni dolor, porque todo lo antiguo ha desaparecido’ (Ap 21, 2-4). Este proyecto en su plenitud es futuro, pero ya está realizándose en Jesucristo, ‘el Alfa y la Omega, el Principio y el Fin’ (Ap 21, 6), que nos dice ‘Yo hago nuevas todas las cosas’ (Ap 21, 5)” (A 515).

La Jerusalén celestial es la ciudad preparada por Dios para los hombres, que ya comienza a realizarse entre nosotros (Hb 11,10.13.16; 12,22; Ap 21, 1-22). Es el término de un movimiento que proviene de Dios y envuelve la historia de la humanidad. Su revelación tiene como fin iluminar y orientar las fases anteriores del movimiento del mundo y la ciudad. La pastoral urbana, a la luz de Aparecida, comprende el servicio que la Iglesia, comunidad discipular y misionera, presta a la realización del proyecto de Dios acerca de la Ciudad Santa –el Reino de Dios- en las ciudades humanas. Para Jaime Mancera, aquí Aparecida integraría, con nuevos términos, dos líneas de la pastoral urbana: la que se entendía como colaboración con la construcción de la ciudad y la que se pensaba como evangelización inculturada en la cultura urbana.[12] Sin asumir esa distinción, está claro que Aparecida propone formulaciones muy integradoras acerca de la misión de la Iglesia.

La Iglesia está al servicio de la realización de esta Ciudad Santa, a través de la proclamación y vivencia de la Palabra, de la celebración de la Liturgia, de la comunión fraterna y del servicio, especialmente, a los más pobres y a los que más sufren, y así va transformando en Cristo, como fermento del Reino, la ciudad actual” (A 516).

 

6. Otra cuestión surge de releer el Apocalipsis como clave teológica del discernimiento y la animación de la pastoral urbana. Prefiero pensarla en este capítulo a propósito del texto analizado.

En la Jerusalén celestial no hay templo “porque su Templo es el Señor Dios todopoderoso y el Cordero” (Ap 21,22). Allí no se necesita luz porque “la gloria de Dios la ilumina y su lámpara es el Cordero” (Ap 21,23; 22,5). La teología joánica enseña que el Cuerpo de Cristo es el nuevo Templo de Dios (Jn 2,19-21) y que Él es la Luz de Dios que ilumina al hombre y el mundo (Jn 1,9; 9,5).

El Pueblo escatológico de Dios es el Cuerpo de Cristo (Jn 2,21), que se ha convertido en el Templo del Espíritu Santo (1 Cor 3,16‑17; 2 Cor 3,6‑8). La Piedra angular es Cristo y los cristianos son piedras vivas (1 Pe 2,4‑10). El Templo abarca incluso a aquellos que antes no eran Pueblo pero ahora son Pueblo de Dios, “casa espiritual” (1 Pe 2,5: oíkos pneumatikòs) y “morada de Dios en el Espíritu” (Ef 2,22). El tiempo del templo de Jerusalén ha pasado porque ha llegado el tiempo del Espíritu y del Pueblo que reza “en espíritu y en verdad” (Jn 4,19‑24).[13] La imagen del Templo, junto con otras imágenes tomadas del mundo de la edificación –casa, morada, edificio, piedra, construcción, ciudad- expresa la presencia del Espíritu Santo en el Pueblo de Dios, que lo hace pueblo “espiritual”, mesiánico, santo y sacerdotal. La condición escatológica del Pueblo de Dios se manifiesta en la Jerusalén celestial, que es “la morada – tienda de Dios con los hombres” (Ap 21,3).

Esta novedad del Pueblo de la Nueva Alianza cambia completamente el régimen del culto antiguo. Pero, de esta afirmación, no se deduce que en las ciudades humanas no haya templos cristianos, ni que toda urbe sea por sí misma el templo de Dios. Algunos análisis culturales y planteos pastorales oscilan entre secularizar o sacralizar la ciudad, proponiendo fórmulas sin matices, desde el “no debe haber templos” al “todo es templo”. Por cierto, aspiramos a que toda persona sea un templo y toda ciudad sea un santuario. Hoy se llama a “santuarizar” los espacios de la urbe para percibir la presencia del Dios que nos ama y visita. Existe una rica analogía de la sacralizad, e incluso de la sacramentalidad, que incluye las obras de la naturaleza material, los gestos de la vida humana y las obras de la cultura urbana. No obstante, hay un estatuto original e irreductible de la sacramentalidad cristiana, que recrea las simbólicas y rituales del espacio, el tiempo, la naturaleza y la existencia.[14]

El santuario, la peregrinación y la fiesta son típicos fenómenos  religiosos recreados por el misterio de Cristo. Lo sagrado no se define por su oposición a lo profano, ni se analiza sólo en el horizonte de las ciencias de la religión, sino que debe ser pensado en relación al Dios Santo y Salvador que se introduce en la historia. El cristianismo no abolió la categoría de lo sagrado, sino la de lo profano. Las realidades sagradas son asumidas y transformadas por la lógica de la Encarnación de Dios y de la economía mesiánica. Para la Iglesia ya nada es totalmente profano y todo puede ser santificado por el Espíritu Santo. El filósofo Paul Ricoeur pensó a fondo la integración entre la fenomenología de las distintas expresiones de lo sagrado y la hermenéutica de la proclamación kerigmática del mensaje cristiano.[15] Antes, el teólogo Yves Congar se refirió a “la situación de ‘lo sagrado’ en régimen cristiano” pensando una analogía de las realidades sagradas y sacramentales.[16] Si todo fuera sagrado del mismo modo, ya nada sería sagrado. La nueva realidad santa es el Cuerpo de Cristo, el templo santo de Dios. A partir de él se da una dinámica de participación que incluye la Iglesia y los sacramentos, los sacramentales, toda la vida humana e incluso de las cosas del mundo material. Una fiesta litúrgica, un templo eclesial o una peregrinación no son sólo fenómenos del mundo de lo sagrado pedagógico o funcional sino también realidades del mundo sacramental. Así los percibe la oración de la Iglesia y los siente la espiritualidad católica popular. Pero todas las realidades que hacen a los lugares y tiempos sagrados - sacramentales deben ser resignificadas en las ciudades…

 

 

… continuará…



[1] Fragmento extraído del reciente libro de Carlos María Galli, “Dios vive en la ciudad”. Hacia una nueva pastoral urbana a la luz de Aparecida, Buenos Aires, Ágape, 2011, 137-147.

[2] Cf. J. Seibold, “Dios habita en la Ciudad”, CIAS 568/9 (2007) 405-423. Es la ponencia presentada en el Primer Congreso Internacional de Pastoral Urbana “Dios habita en la Ciudad”, México, 6-9 de agosto de 2007.

[3] Cf. C. M. Galli, “Cristo, por su Espíritu, en su Iglesia y en el hombre. Centralidad de Cristo y nexos entre sus diversas presencias según el Concilio Vaticano II”, en: V. Fernández; C. M. Galli (dirs.), Presencia de Jesús. Caminos para el encuentro, Buenos Aires, San Pablo, 2007, 9-63, esp. 56-63.

[4] Cf. C. M. Galli, “Líneas cristológicas de Aparecida”, en: CELAM - Secretaría General, Testigos de Aparecida, I, Bogotá, CELAM, 2008, 103-204, esp. 156-179.

[5] Cf. E. Bianchi, “El tesoro escondido de Aparecida: la espiritualidad popular”, Teología 100 (2009) 557-576.

[6] J. Seibold, La mística popular, México, Buena Prensa, 2006, 196; cf. “Piedad popular, Mística popular y Pastoral Urbana. Sus vinculaciones según el Documento de Aparecida”, Medellín 138 (2009) 207-226.

[7] Cf. Galli, Cristo, por su Espíritu, en su Iglesia y en el hombre, 57.

[8] Cf. J. Comblin, Théologie de la ville, Paris, 1968. En América Latina se conoce la versión, resumida, simplificada y traducida con bastante fidelidad por F. Calvo, Teología de la ciudad, Estella, Verbo Divino, 1972.

[9] Cf. J. Comblin, “Ciudad, Teología y Pastoral”, en: R. Caramuru (ed.), La Iglesia al servicio de la ciudad, Barcelona, Nova Terra, 1967, 135-167.

[10] Cf. J. Comblin, La ciudad, esperanza cristiana, México, fotocopiado, 2001, 1-12.

[11] Cf. U. Vanni, Apocalipsis, Estella, Verbo Divino, 1994, 58-61; F. Contreras, La nueva Jerusalén. Esperanza de la Iglesia, Salamanca, Sígueme, 1998, 21-40, 49-76, 275-284. En su tesis, A. Alvarez Valdés insiste en la realización de la novedad de Cristo en la historia presente, cf. La nueva Jerusalén ¿Ciudad celeste o ciudad terrestre? Estudio exegético y teológico de Ap 21,1-8, Estella, Verbo Divino, 2005, 7-12, 153-155, 285-296.

[12] Cf. J. Mancera, “La pastoral urbana en las conferencias latinoamericanas”, en: Tercer Encuentro regional de Pastoral Urbana. Agosto de 2010, Buenos Aires, 2010, 6.

[13] Cf. Contreras, La nueva Jerusalén, 150-156. El nuevo Templo de Cristo (y el fin del culto en el antiguo templo de Jerusalén) es un eje de la obra de J. Ratzinger - Benedicto XVI, Jesús de Nazaret II. Desde la Entrada en Jerusalén hasta la Resurrección, Buenos Aires – Madrid, Planeta, 2011, 11-68.

[14] Cf. J. S. Croatto, “Las formas de lenguaje de la religión”, en: F. Diez de Velasco; F. García Bazán (eds.), El estudio de la religión, Madrid, Trotta, 2002, 61-99.

[15] Cf. P. Ricoeur, “Manifestación y proclamación”, en: Fe y filosofía. Problemas del lenguaje religioso, Buenos Aires, Almagesto - Docencia, 1990, 73-98.

[16] Cf. Y. Congar, “Situation du ‘sacré’ en régime chrétien”, en: AA. VV., La liturgie après Vatican II, Paris, Cerf, 1967, 385-403.


EL PROYECTO MISIONERO DE APARECIDA
Queridos amigos y amigas

EL PROYECTO MISIONERO DE APARECIDA [1]

 

Carlos María Galli

 

1. La Quinta Conferencia General del Episcopado de América Latina y el Caribe se celebró en 2007 en el santuario de Nossa Senhora da Imaculada Conceiçâo Aparecida en el Brasil. Su tema fue formulado con una expresión y un lema: “Discípulos y misioneros de Jesucristo para que nuestros pueblos en Él tengan vida. ‘Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida’ (Jn 14,6)”. Tuve la gracia de ser uno de los peritos teológicos nombrados por el Papa para la Quinta Conferencia. A cuatro años, hago una relectura del Documento para destacar su proyecto misionero de reconfigurar la Iglesia latinoamericana para compartir con los pueblos la Vida plena en Cristo

El acontecimiento de Aparecida (A) es una bendición que Dios ha regalado a nuestras iglesias. Su enseñanza se expresa en un “documento de documentos” que debe ser recibido, interpretado y realizado. Su espíritu anima la renovación misionera de la Iglesia latinoamericana y caribeña desde una identidad centrada en Cristo y abierta a un diálogo evangelizador con nuestros pueblos. Su tono denota un lenguaje nuevo, lleno de alegría pascual, para “comunicar los valores evangélicos de manera positiva y propositiva” (A 497). La trama acontecimiento – texto espíritu – estilo se inserta en una recepción interpretativa que se está dando en las lecturas de los intérpretes y decisiones pastorales de las conferencias episcopales e iglesias particulares. Falta mucho para que las iglesias y todo el Pueblo de Dios hagan una recepción creativa. El acontecimiento de Aparecida y su interpretación es una obra del Espíritu de Dios en la vida del Pueblo de Dios.

El acontecimiento, reflejado en su documento, incluye una decisión pastoral que comenzó a implementarse en 2008: una misión continental que procura la “conversión pastoral” (A 368) para que la Iglesia entre en “un estado permanente de misión” (A 551). Una comprensión global debe considerar varias dimensiones para seguir la historia hermenéutica de los textos: acontecimiento eclesial, enseñanza pastoral, espíritu evangélico, decisión misionera, recepción interpretativa.

 

2. Aparecida es un jalón en el camino pastoral recorrido por las conferencias episcopales latinoamericanas. Las reuniones de Río de Janeiro (1955), Medellín (1968), Puebla (1979) y Santo Domingo (1992) fueron acontecimientos que fijaron líneas comunes de un estilo eclesial y una praxis pastoral a escala sub-continental. Este es un rasgo original de la Iglesia de América Latina, ya que otros continentes recién a fines del siglo XX llegaron a instancias similares, cuando celebraron los Sínodos continentales durante el ciclo jubilar. Nuestras iglesias, en virtud de muchos factores que tienen en común, a nivel religioso, histórico, cultural, lingüístico, socioeconómico y geopolítico, se anticiparon al proceso del regionalismo, asociado hoy a la globalización.

Aparecida se ubica en la tradición de aquellas conferencias (A 9, 16) y refleja el acontecimiento religioso, eclesial y evangelizador celebrado en el santuario mariano nacional del Brasil (A 1-3, 547). La Conferencia ha promovido la integración de América Latina y el Caribe como una decisiva línea pastoral, profundizando lo señalado por las asambleas anteriores (A 1-18, 127-128, 520-528). La formación de una comunidad regional de naciones es nuestra peculiar vía de inserción en un mundo en procesos entrecruzados de globalización, fragmentación y urbanización.

El Documento Conclusivo de Aparecida fomenta la renovación discipular y misionera de la Iglesia y urge la conversión pastoral para comunicar la Vida plena en Jesucristo.

“La misión del anuncio de la Buena Nueva de Jesucristo tiene una destinación universal. Su mandato de caridad abraza todas las dimensiones de la existencia, todas las personas, todos los ambientes de la convivencia y todos los pueblos. Nada de lo humano le puede resultar extraño. La Iglesia sabe, por revelación de Dios y por la experiencia humana de la fe, que Jesucristo es la respuesta total, sobreabundante y satisfactoria a las preguntas humanas sobre la verdad, el sentido de la vida y de la realidad, la felicidad, la justicia y la belleza. Son las inquietudes que están arraigadas en el corazón de toda persona y que laten en lo más humano de la cultura de los pueblos. Por eso, todo signo auténtico de verdad, bien y belleza en la aventura humana viene de Dios y clama por Dios” (A 380).

Aparecida afianza el “rostro latinoamericano y caribeño de nuestra Iglesia” (A 100h), que en 2007 contaba con el 43% de los fieles del catolicismo actual (A 100a) en la región más desigual del mundo. Señala metas pastorales comunes fijadas por los obispos, con un altísimo consenso y a mediano plazo, para vivir la alegría de un nuevo Pentecostés que impulse una evangelización mucho más misionera (A 13) y promueva una misión continental (A 213, 551). Esta misión ya se está realizando –con distinta intensidad y organización– en varios de nuestros países, iglesias, diócesis y ciudades, como reconoció Benedicto XVI en su última entrevista Luz del mundo.

El acontecimiento de Aparecida irá “aconteciendo” en nuestras iglesias si las lleva a responder con una fuerte acción misionera a los nuevos desafíos, como las otras conferencias lo hicieron en sus momentos históricos. Con el realismo de la esperanza, la recepción efectiva y el influjo transformador dirán si la V Conferencia se vuelve el símbolo de un nuevo Pentecostés.

“Esta V Conferencia, recordando el mandato de ir y hacer discípulos (Mt 28,20), desea despertar la Iglesia en América Latina y El Caribe para un gran impulso misionero. No podemos desaprovechar esta hora de gracia. ¡Necesitamos un nuevo Pentecostés! ¡Necesitamos salir al encuentro de las personas, las familias, las comunidades y los pueblos para comunicarles y compartir el don del encuentro con Cristo, que ha llenado nuestras vidas de sentido, verdad y amor, de alegría y esperanza! No podemos quedarnos tranquilos en espera pasiva en nuestros templos, sino urge acudir en todas las direcciones para proclamar que el mal y la muerte no tienen la última palabra, que el amor es más fuerte, que hemos sido salvados por la victoria pascual del Señor de la historia, que Él nos convoca en Iglesia y que quiere multiplicar el número de sus discípulos y misioneros en la construcción de su Reino en nuestro Continente” (A 548).

 

3. Un nuevo Pentecostés es una fecunda irrupción del Espíritu que suscita una nueva vitalidad misionera para compartir el don del encuentro con Cristo. El Espíritu Santo es la fuerza interior que impulsa la dimensión misionera de la vida cristiana para irradiar la vida en Jesucristo.

“Asumimos el compromiso de una gran misión en todo el Continente, que nos exigirá profundizar y enriquecer todas las razones y motivaciones que permitan convertir a cada creyente en un discípulo misionero. Necesitamos desarrollar la dimensión misionera de la vida en Cristo. La Iglesia necesita una fuerte conmoción que le impida instalarse en la comodidad, el estancamiento y en la tibieza, al margen del sufrimiento de los pobres del Continente. Necesitamos que cada comunidad cristiana se convierta en un poderoso centro de irradiación de la vida en Cristo. Esperamos un nuevo Pentecostés que nos libre de la fatiga, la desilusión, la acomodación al ambiente; una venida del Espíritu que renueve nuestra alegría y nuestra esperanza” (A 362).

La misión de la Iglesia colabora con la obra del Espíritu Santo, que es el agente principal de la nueva evangelización (A 150). Su originalidad está en promover discípulos que sean realmente misioneros para comunicar el don del encuentro con Jesucristo. De este modo, la Iglesia presta su servicio al mundo, como expresa un texto que recuerda el inicio de la Evangelii nuntiandi.

“Aquí está el reto fundamental que afrontamos: mostrar la capacidad de la Iglesia para promover y formar discípulos y misioneros que respondan a la vocación recibida y comuniquen por doquier, por desborde de gratitud y alegría, el don del encuentro con Jesucristo. No tenemos otro tesoro que éste. No tenemos otra dicha ni otra prioridad que ser instrumentos del Espíritu de Dios, en Iglesia, para que Jesucristo sea encontrado, anunciado y comunicado

a todos, no obstante todas las dificultades y resistencias. Este es el mejor servicio –¡su servicio!– que la Iglesia tiene que ofrecer a las personas y naciones (cf. EN 1)” (A 14).

La misión en el Espíritu es un tema que atraviesa el documento, una clave para su lectura y un elemento determinante del proyecto. Esa misión consiste en comunicar a Cristo, que es la Vida de Dios para el hombre, para que el hombre viva en, con y desde Dios. La misión evangelizadora es un dinamismo esencial y permanente de la vida cristiana, no una consecuencia final.

“La Misión: El discípulo, a medida que conoce y ama a su Señor, experimenta la necesidad de compartir con otros su alegría de ser enviado, de ir al mundo a anunciar a Jesucristo, muerto y resucitado, a hacer realidad el amor y el servicio en la persona de los más necesitados, en una palabra, a construir el Reino de Dios. La misión es inseparable del discipulado, por lo cual no debe entenderse como una etapa posterior a la formación, aunque se la realice de diversas maneras de acuerdo a la propia vocación y al momento de la maduración humana y cristiana en que se encuentre la persona” (A 278e).

Aparecida repensó la misión evangelizadora en el nuevo contexto regional y mundial para comunicar la novedad del Evangelio en este momento histórico (A 11,13, 14). La lectura atenta de su Introducción (A 1-18) muestra que el llamado a renovar la evangelización está desde el inicio.

“La Iglesia está llamada a repensar profundamente y relanzar con fidelidad y audacia su misión en las nuevas circunstancias latinoamericanas y mundiales... Se trata de confirmar, renovar y revitalizar la novedad del Evangelio arraigado en nuestra historia, desde un encuentro personal y comunitario con Jesucristo, que suscite discípulos y misioneros” (A 11).

 

4. Una novedad de Aparecida es proponer la misión para dar vida plena en Cristo. “La Iglesia tiene, como misión propia y específica, comunicar la vida de Jesucristo a todas las personas” (A 386). La Iglesia debe evangelizar para compartir el Reino de la Vida nueva, plena, digna y feliz en Cristo. En la propuesta de Aparecida se da una unidad teológica, espiritual y pastoral entre el Reino de Dios, destacado por los Sinópticos, y la Vida eterna, resaltada por el evangelio de Juan.

“El proyecto de Jesús es instaurar el Reino de su Padre. Por eso, pide a sus discípulos: «¡Proclamen que está llegando el Reino de los cielos!» (Mt 10,7). Se trata del Reino de la vida. Porque la propuesta de Jesucristo a nuestros pueblos, el contenido fundamental de esta misión, es la oferta de una vida plena para todos” (A 361).

La Iglesia es la comunidad de los discípulos misioneros enviados por el Señor a dar la Vida.

“… volvemos a recibir con estremecimiento el mandato misionero de su hijo: Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos (Mt 28,19). Lo escuchamos como comunidad de discípulos misioneros, que hemos experimentado el encuentro vivo con Él y queremos compartir todos los días con los demás esa alegría incomparable” (A 364).

El nuevo Pentecostés que impulsa una Iglesia mucho más misionera, incluye la propuesta de promover una nueva pastoral urbana (A 509-519). Este tema se encuentra en el último capítulo de Aparecida, sobre la evangelización de la cultura de nuestros pueblos (A 476-546). El contenido de esa propuesta es uno de los aportes más novedosos para pensar nuestro futuro pastoral…

En el inicio de las propuestas para la formación de los agentes pastorales en los ambientes urbanos, en uno de los números dedicados a la pastoral urbana, el Documento afirma:

“Para que los habitantes de los centros urbanos y sus periferias, creyentes o no creyentes, puedan encontrar en Cristo la plenitud de vida…” (A 518).

De esta forma,  el Documento ubica el tema particular de la nueva pastoral urbana en el horizonte general del proyecto misionero orientado a comunicar la Vida plena de Cristo...

 



[1] Fragmentos sueltos tomados del libro de Carlos María Galli, “Dios vive en la ciudad. Hacia una nueva pastoral urbana a la luz de Aparecida, Buenos Aires, Ágape, 2011, 25-28 y 123-129.


CULTURA Y PASTORAL URBANAS
CULTURA Y PASTORAL URBANAS EN EL CAMINO DE LA IGLESIA LATI-NOAMERICANA

CULTURA Y PASTORAL URBANAS

EN EL CAMINO DE LA IGLESIA LATINOAMERICANA

en las

CONFERENCIAS GENERALES y el CELAM

RELECTURA Y PROYECCIÓN

 

Pbro. Dr. Carlos María Galli

CELAM/DCE - Buenos Aires 1° de marzo de 2010

Esquema y textos sin Bibliografía

 

1. Signo de los tiempos, cambio de época y nueva civilización

 

a) La ciudad y la Iglesia: ciudadanía y eclesialidad

 

* A 215: “La construcción de ciudadanía, en el sentido más amplio, y la construcción de eclesialidad en los laicos, es uno solo y único movimiento”.

 

b) Las grandes ciudades en el contexto de una nueva civilización (GS 6, 54; OA 8-12)

 

* OA 12: “Construir la ciudad lugar de existencia de los hombres y de sus extensas comunidades, crear nuevos modos de proximidad y de relaciones, percibir una aplicación original de la justicia social, tomar a cargo este futuro colectivo que se anuncia difícil, es una tarea en la cual deben participar los cristianos. A estos hombres amontonados en una promiscuidad urbana que se hace intolerable hay que darles un mensaje de esperanza por medio de la fraternidad vivida y de la justicia concreta”.

 

c) El magisterio episcopal latinoamericano: Medellín (MD III,2; X,13)

 

2. La evangelización de la cultura y el desafío de la gran ciudad moderna

 

a) La evangelización de la cultura desde Evangelii nuntiandi (EN 18-20, 48, 55, 63-65)

 

b) Puebla: evangelización de la cultura en y de la ciudad (DP 152, 429-433, 441)

 

* DP 431: “… (la Iglesia) reconoce que la vida urbana y el cambio industrial ponen al descubierto problemas hasta ahora no conocidos. En su seno se trastornan los modos de vida y las estructuras habituales de la existencia: la familia, la vecindad, la organización del trabajo. Se trastornan, por lo mismo, las condiciones de vida del hombre religioso, de los fieles y de la comunidad cristiana (cf. OA 10). Las anteriores características constituyen rasgos del llamado ‘proceso de secularización’, ligado evidentemente a la emergencia de la ciencia y de la técnica y a la urbanización creciente”.

 

* 433: “La Iglesia se encuentra así ante el desafío de renovar su evangelización, de modo que pueda ayudar a los fieles a vivir su vida cristiana en el cuadro de los nuevos condicionamientos que la sociedad urbano-industrial crea para la vida de santidad; para la oración y la contemplación; para las relaciones entre los hombres, que se tornan anónimas y arraigadas en lo meramente funcional; para una nueva vivencia del trabajo, de la producción y del consumo”.

 

c) Post – Puebla: los aportes del CELAM

3. Nueva evangelización e inculturación del Evangelio en la cultura urbana

 

a) Nueva evangelización e inculturación en Juan Pablo II (RMi 33-34, 37)

 

b) Santo Domingo: inculturación del Evangelio en la cultura urbana (SD 24, 255-262, 298)

 

* SD 24: “(la nueva evangelización)… es el conjunto de medios, acciones y actitudes aptos para colocar el Evangelio en diálogo activo con la modernidad y lo post-moderno, sea para interpelarlos, sea para dejarse interpelar por ellos. También es el esfuerzo por inculturar el Evangelio en la situación actual de las culturas de nuestro continente”.

 

* SD 255: “La ciudad post-industrial no representa sólo una variante del tradicional hábitat humano sino que constituye de hecho el paso de la cultura rural a la cultura urbana, sede y motor de la nueva civilización universal (cf. DP 429). En ella se altera la forma con la cual en un grupo social, en un pueblo, en una nación, los hombres cultivan su relación consigo mismos, con los otros, con la naturaleza y con Dios. (1) En la ciudad las relaciones con la naturaleza se limitan casi siempre, y por el mismo ser de la ciudad, al proceso de producción de bienes de consumo. (2) Las relaciones entre las personas se tornan ampliamente funcionales, (3) y las relaciones con Dios pasan por una acentuada crisis porque falta la mediación de la naturaleza tan importante en la religiosidad rural y porque la misma modernidad tiende a cerrar al hombre dentro de la inmanencia del mundo. (4) Las relaciones del hombre urbano consigo mismo también cambian, porque la cultura moderna hace que principalmente valorice su libertad, su autonomía, la racionalidad científico-tecnológica y, de modo general, su subjetividad, su dignidad humana y sus derechos…

… nuestras metrópolis latinoamericanas tienen también como característica actual periferias de pobreza y miseria que casi siempre constituyen la mayoría de la población, fruto de modelos económicos explotadores y excluyentes. El mismo campo se urbaniza por la multiplicación de las comunicaciones y transportes… el hombre urbano actual presenta un tipo diverso del hombre rural: confía en la ciencia y en la tecnología; está influido por los grandes medios de comunicación social; es dinámico y proyectado hacia lo nuevo; consumista, audiovisual, anónimo en la masa y desarraigado”.

 

* SD 256: “Realizar una pastoral urbanamente inculturada en relación a la catequesis, la liturgia y la organización de la Iglesia. La Iglesia deberá inculturar el Evangelio en la ciudad y en el hombre urbano. Discernir sus valores y antivalores; captar su lenguaje y símbolos. El proceso de inculturación abarca el anuncio, la asimilación y reexpresión de la fe”.

 

* SD 257: “Reprogramar la parroquia urbana. La Iglesia en la ciudad debe reorganizar sus estructuras pastorales. La parroquia urbana debe ser más abierta, flexible y misionera, permitiendo una acción pastoral transparroquial y supraparroquial. Además, la estructura de la ciudad exige una pastoral especialmente pensada para esa realidad. Lugares privilegiados de la misión deberían ser las grandes ciudades, donde surgen nuevas formas de cultura y comunicación”.  

 

* SD 298: “Las grandes ciudades de América Latina y el Caribe, con sus múltiples problemas, nos han interpelado”.

 

c) Post - Santo Domingo: los aportes del CELAM y el nuevo magisterio pontificio

 

* EiA 21: “Evangelizar la cultura urbana es, pues, un reto apremiante para la Iglesia, que así como supo evangelizar la cultura rural durante siglos, está hoy llamada a llevar a cabo una evangelización urbana metódica y capilar…

 

4. Una nueva pastoral urbana en la Iglesia misionera para la vida plena en Cristo

 

a) Las claves hermenéuticas de la Conferencia de Aparecida

 

* A 518: “Para que los habitantes de los centros urbanos y sus periferias, creyentes o no creyentes, puedan encontrar en Cristo la plenitud de vida que los agentes de pastoral en cuanto discípulos y misioneros se esfuercen en desarrollar…”

* 518i: “Fomente la pastoral de la acogida a los que llegan a la ciudad y a los que ya viven en ella pasando de un pasivo esperar a un activo buscar y llegar a los que están lejos con nuevas estrategias tales como visitas a las casas, el uso de los nuevos medios de comunicación social y la constante cercanía a lo que constituye para cada persona su cotidianidad”

 

b) Aparecida: la plenitud de Dios en Cristo para la cultura del hombre urbano (A 509-519)

 

* A 58: “La cultura urbana es híbrida, dinámica y cambiante, pues amalgama múltiples formas, valores y estilos de vida, y afecta a todas las colectividades. La cultura suburbana es fruto de grandes migraciones de población en su mayoría pobre, que se estableció alrededor de las ciudades en los cinturones de miseria. En estas culturas, los problemas de identidad y pertenencia, relación, espacio vital y hogar son cada vez más complejos”.

 

* A 512: “En la ciudad, conviven diferentes categorías sociales tales como las élites económicas, sociales y políticas; la clase media con sus diferentes niveles y la gran multitud de los pobres. En ella coexisten binomios que la desafían cotidianamente: tradición - modernidad, globalidad - particularidad, inclusión - exclusión, personalización - despersonalización, lenguaje secular - lenguaje religioso, homogeneidad - pluralidad, cultura urbana - pluriculturalismo” (cf. DSi 68).

 

* A 513: “La Iglesia en sus inicios se formó en las grandes ciudades de su tiempo y se sirvió de ellas para extenderse. Por eso, podemos realizar con alegría y valentía la evangelización de la ciudad actual. Ante la nueva realidad de la ciudad se realizan en la Iglesia nuevas experiencias…”

 

* A 514: “La fe nos enseña que Dios vive en la ciudad, en medio de sus alegrías, anhelos y esperanzas, como también en sus dolores y sufrimientos. Las sombras que marcan lo cotidiano de las ciudades, como por ejemplo, violencia, pobreza, individualismo y exclusión, no pueden impedirnos que busquemos y contemplemos al Dios de la vida también en los ambientes urbanos. Las ciudades son lugares de libertad y oportunidad. En ellas las personas tienen la posibilidad de conocer a más personas, interactuar y convivir con ellas. En las ciudades es posible experimentar vínculos de fraternidad, solidaridad y universalidad. En ellas el ser humano es llamado constantemente a caminar siempre más al encuentro del otro, convivir con el diferente, aceptarlo y ser aceptado por él”.

 

* A 515: “El proyecto de Dios es ‘la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén’, que baja del cielo, junto a Dios, ‘engalanada como una novia que se adorna para su esposo’, que es ‘la tienda de campaña que Dios ha instalado entre los hombres. Acampará con ellos; ellos serán su pueblo y Dios mismo estará con ellos. Enjugará las lágrimas de sus ojos y no habrá ya muerte ni luto, ni llanto, ni dolor, porque todo lo antiguo ha desaparecido’ (Ap 21,2-4). Este proyecto en su plenitud es futuro pero ya está realizándose en Jesucristo, ‘el Alfa y la Omega, el Principio y el Fin’ (Ap 21,6), que nos dice ‘Yo hago nuevas todas las cosas’ (Ap 21,5)”.

 

c) Hacia una nueva pastoral urbana dirigida al conjunto de la ciudad (A 517-518)

 

* A 517: “Reconociendo y agradeciendo el trabajo renovador que ya se realiza en muchos centros urbanos, la V Conferencia propone y recomienda una nueva pastoral urbana

 

* A 518 a) Un estilo pastoral adecuado a la realidad urbana con atención especial al lenguaje, a las estructuras y prácticas pastorales así como a los horarios; b) Un plan de pastoral orgánico y articulado que integre en un proyecto común a las parroquias, comunidades de vida consagrada, pequeñas comunidades, movimientos e instituciones que inciden en la ciudad y que su objetivo sea llegar al conjunto de la ciudad. En los casos de grandes ciudades en las que existen varias diócesis se hace necesario un plan interdiocesano…”

 

5. De la relectura a la proyección: presencia de Dios y vida de las ciudades

 

a) Los desafíos antropológicos del ethos urbano inculturado e intercultural

 

* DP 429: “Este hecho requiere un nuevo discernimiento por parte de la Iglesia. Globalmente debe inspirarse en la visión de la Biblia, la cual a la vez que comprueba positivamente la tendencia de los hombres a la creación de ciudades donde convivir de un modo más asociado y humano, es crítica de la dimensión inhumana y del pecado que hay en ellas”.

 

b) La fe en el encuentro con Dios que habita entre los hombres de la ciudad

 

* DP 432: “No hay por qué pensar que las formas esenciales de la conciencia religiosa están exclusivamente ligadas con la cultura agraria. Es falso que el paso a la civilización urbano-industrial acarrea necesariamente la abolición de la religión. Sin embargo constituye un evidente desafío al condicionar con nuevas formas y estructuras de vida la conciencia religiosa y la vida cristiana”.

 

* DP 436: “actualizar y reorganizar el anuncio del contenido de la evangelización partiendo de la misma fe de nuestros pueblos de modo que éstos puedan asumir los valores de la nueva civilización industrial en una síntesis vital cuyo fundamento siga siendo la fe en Dios (Padre providente) y no el ateísmo, consecuencia lógica de la tendencia secularista”.

 

* DP 462: “Dinamizar los movimientos apostólicos, las parroquias, las comunidades eclesiales de base y los militantes de la Iglesia en general para que sean en forma más generosa fermento en la masaDebemos desarrollar en nuestros militantes una mística de servicio evangelizador de la religión de su pueblo...”

 

c) Mediaciones personales y comunitarias para compartir la Vida en Cristo

 

* A 517 k: “Procure la presencia de la Iglesia, por medio de nuevas parroquias y capillas, comunidades cristianas y centros de pastoral, en las nuevas concentraciones humanas que crecen aceleradamente en las periferias urbanas…

 

* A 518 g: “Procesos graduales de formación cristiana con la realización de grandes eventos de multitudes, que movilicen la ciudad, que hagan sentir que la ciudad es un conjunto, es un todo, que sepan responder a la afectividad de sus ciudadanos y en un lenguaje simbólico sepan transmitir el Evangelio a todas las personas que viven en la ciudad”.

 

* A 39: “… Nuestras tradiciones culturales ya no se transmiten de una generación a otra con la misma fluidez que en el pasado. Ello afecta, incluso, a ese núcleo más profundo de cada cultura, constituido por la experiencia religiosa, que resulta ahora igualmente difícil de transmitir a través de la educación y de la belleza de las expresiones culturales, alcanzando aun la misma familia que, como lugar del diálogo y de la solidaridad intergeneracional, había sido uno de los vehículos más importantes de la transmisión de la fe…”

 

* A 65: “Una globalización sin solidaridad afecta negativamente a los sectores más pobres. Ya no se trata simplemente del fenómeno de la explotación y opresión, sino de algo nuevo: la exclusión social. Con ella queda afectada en su misma raíz la pertenencia a la sociedad en la que se vive, pues ya no se está abajo, en la periferia o sin poder, sino que se está afuera. Los excluidos no son solamente ‘explotados’ sino ‘sobrantes’ y ‘desechables’”.

 

* A 517j: “(la pastoral urbana) brinde atención especial al mundo del sufrimiento urbano, es decir, que cuide de los caídos a lo largo del camino y a los que se encuentran en los hospitales, encarcelados, excluidos, adictos a las drogas, habitantes de las nuevas periferias, en las nuevas urbanizaciones, y a las familias que, desintegradas, conviven de hecho”.

 

* A 418: “La Iglesia ha hecho una opción por la vida. Esta nos proyecta necesariamente hacia las periferias más hondas de la existencia: el nacer y el morir, el niño y el anciano, el sano y el enfermo…”


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