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El Kerygma: Acontecimiento – Anuncio – Comunión
El Kerygma: Acontecimiento – Anuncio – Comunión

El Kerygma: Acontecimiento – Anuncio – Comunión

 

Pbro. Dr. Gerardo Söding

 

Introducción (a modo de ambientación):

 

Antes de entrar en el tema que nos convoca – el kerygma cristiano –, una anécdota familiar puede servir para mostrar algunos aspectos de la comunicación de un “kerygma”.[1] Hace años estábamos con mi padre y mis hermanos menores en casa, esperando una llamada telefónica de un hermano que había acompañado a su mujer al sanatorio; ella daría a luz a su hija en cualquier momento y no había querido otra compañía que la de su marido. De repente sonó el teléfono, mi padre atendió y escuchó la voz de su hijo que le decía en tono tierno y firme: “¡Tata, sos abuelo!”…

A su modo, esto es un kerygma. La anécdota doméstica perfila ciertos trazos esenciales: un acontecimiento y, de inmediato, una buena noticia, que debe ser anunciada; un anuncio breve y directo que involucra al oyente, abriéndolo a una nueva realidad y transformándolo (si así lo acepta) para una nueva relación de comunión.

Todo lo demás es consecuencia y despliegue de este inicio. La sorpresa, la alegría, el anuncio a los otros, la celebración común, el relato detallado, el asombro, el llanto y el silencio, la colaboración y el servicio… en el insondable misterio de la vida. Hoy me alegro de ser testigo de aquel momento de mi familia, que recreamos juntos en cada fiesta de cumpleaños de mi sobrina mayor.

 

 

1. El inicio: una novedad inaudita

 

20,11 María se había quedado afuera, llorando junto al sepulcro. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro 12 y vio a dos ángeles vestidos de blanco, sentados uno a la cabecera y otro a los pies del lugar donde había sido puesto el cuerpo de Jesús. 13 Ellos le dijeron: «Mujer, ¿por qué estás llorando?». María respondió: «Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto». 14 Al decir esto se dio vuelta y vio a Jesús, que estaba allí, pero no lo reconoció. 15 Jesús le preguntó: «Mujer, ¿por qué estás llorando? ¿A quién estás buscando?». Ella, pensando que era el cuidador de la huerta, le respondió: «Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo traeré». 16 Jesús le dijo: «¡María!». Ella, volviéndose, le dijo en hebreo: «¡Raboní!», es decir, «¡Maestro!». 17 Jesús le dijo: «No me retengas, porque todavía no he subido al Padre. Ve a decir a mis hermanos: “Subo a mi Padre, el Padre de ustedes; a mi Dios, el Dios de ustedes”». 18 María Magdalena fue a anunciar a los discípulos: «¡He visto al Señor!» y que él le había dicho esas palabras. (Jn 20,11-18)

 

En la mañana de la primera Pascua cristiana se nos ofrece esta entrañable escena evangélica, como testimonio personal e íntimo y a la vez como desafío apremiante y público, de la experiencia que constituye el fundamento de nuestra fe: el encuentro con Jesús Resucitado. La concentración total en las relaciones interpersonales se resiste a la “utilización” funcional –ya sea litúrgica, apologética, parenética o misionera– e invita a la contemplación atenta, gozosa y gratuita de lo que allí ha sucedido. El llanto prolongado de María (mencionado cuatro veces) expresa dramáticamente su estado emocional. El dolor por la pérdida es muy grande, pero no la encierra ni la paraliza: ella se había quedado y se asomó. No se sorprende por la presencia de los ángeles; más bien es la pregunta (¿reproche?) de ellos lo que le da ocasión para que ella manifieste la razón de su desconsuelo: ni siquiera sabe dónde han puesto el cuerpo de Jesús; cree un cadáver a quien fuera su Señor. No está en el sepulcro, ni los ángeles le dan noticias sobre él. Jesús mismo se le mostrará como viviente pero, para reconocerlo, María debe darse vuelta (dos veces) y superar la confusión en que la tiene sumida su congoja. La pregunta de Jesús llega a su deseo más profundo: ¿A quién estás buscando?  Ella está dispuesta a todo, pero necesita saber: “dime dónde lo has puesto...” Entonces Jesús provoca el reconocimiento llamándola por su nombre: ¡Mariam! (que recuerda el arameo). Esto basta: María se sabe conocida en el mismo acontecimiento en el que reconoce a aquél a quien buscaba. En su ¡Raboní! (que también recuerda el arameo) se unen respeto y ternura. El afecto quiere retener a Jesús, pero el encuentro debe abrirse a la misión y al anuncio: la subida de Jesús al Padre (mi Padre, el Padre de ustedes) ha inaugurado una nueva fraternidad para los discípulos (mis hermanos). Y a ellos va María, apostola apostolorum (¡apóstol de los apóstoles!, como la llamaban los padres de la Iglesia), con el testimonio de su experiencia y el mensaje de su Señor.

 

Mucho mejor que una descripción conceptual, esta escena original y provocativa del cuarto evangelio “dice” lo propio del kerygma cristiano en cuanto a su origen, a su mensajero y a lo esencial de su contenido y de la forma de su comunicación.

 

 

2. La comunicación de la Vida manifestada

 

Sin embargo, la experiencia personal (aún la de María Magdalena) no es suficiente. Para tener una mirada completa, necesitamos el testimonio de la comunidad que, habiendo recibido tanto el kerygma inicial (el brevísimo anuncio: ¡He visto al Señor!) como el relato más extenso que lo secunda (que Él le había dicho estas cosas), ha confirmado en común la Vida de Jesús resucitado, es decir, ha hecho su propia “pascua comunitaria”. Recién entonces todos se saben y sienten responsables del anuncio testimonial.

 

1,1 Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, 1 lo que hemos visto con nuestros ojos, 1 lo que hemos contemplado 1 y lo que hemos tocado con nuestras manos 1 acerca de la Palabra de Vida, 1 es lo que les anunciamos. 2 Porque la Vida se hizo visible, 2 y nosotros la vimos y somos testigos, 2 y les anunciamos la Vida eterna, 2 que existía junto al Padre 2 y que se nos ha manifestado. 3 Lo que hemos visto y oído, 3 se lo anunciamos también a ustedes, 3 para que vivan en comunión con nosotros. 3 Y nuestra comunión es con el Padre 3 y con su Hijo Jesucristo. 4 Les escribimos esto4 para que nuestra alegría sea completa. (1 Jn 1,1-4)

 

Este prólogo solemne condensa en lenguaje contemplativo y “existencial” la misión evangelizadora de la iglesia. Efectivamente, nos indica:

 

1.    el objeto: la Vida eterna, que es el atributo más radical de Dios, inseparable de la Luz y de la Palabra.

2.    el modo: la manifestación. Se remite a la experiencia del principio: han visto, han oído, han tocado a Jesucristo y en Él a Dios, su Padre. La sustancia de la revelación no ha consistido en la enseñanza de una doctrina, ha sido la venida de una Presencia entre los hombres. Se supera la oposición entre revelación por la palabra y por la visión; todos los sentidos espirituales entran en juego en la comunicación de esta Vida.

3.    la transmisión: se trata de un testimonio. Dios no ha manifestado su gloria a algunos para su goce privado o su perfección individual. Lo recibido ha de transmitirse. Al recibir el testimonio, entramos en comunión. Es la Palabra de Dios la que crea el Pueblo de Dios, los creyentes.

4.    la finalidad última: es la comunión con Dios. Pues la comunión con Dios y la comunión entre los fieles no son sino dos aspectos de la misma realidad: la participación de la Vida eterna. Y todo esto es don de Dios quien, a la vez que se manifiesta, se dona.

 

El “sello” de lo auténticamente cristiano es la alegría plena que brota de esta comunión.

 

            No podemos extendernos aquí al conjunto de los textos del NT para desplegar la riqueza del kerygma. Traemos la síntesis de una presentación sistemática reciente:

 

“El kerygma contempla varios aspectos que se reclaman y complementan subsidiaria y dinámicamente. La proclamación del kerygma es el primer y fundamental anuncio evangelizador de la Iglesia. Se proclama el misterio pascual de Jesucristo que incluye su exaltación como “Señor” junto al Padre (contenido), fundado en el referente divino de la Sagrada Escritura (fuente), para salvación de todo el que crea (finalidad) y hecho con conciencia ministerial y entusiasmo testimonial (modo). La totalidad de estos aspectos es lo que genera la adhesión vital del creyente a Jesús de Nazaret en cuanto Mesías muerto y resucitado, actualizando en él su obra liberadora.” [2]

 

 

3. Anunciando en una ciudad: Pablo y Silas en Filipos

 

El anuncio del kerygma cristiano (como parte esencial de la evangelización) provoca diversas reacciones y efectos. Nuevamente, dejemos de lado aquí la presentación sistemática, y veamos, con un ejemplo concreto tomado de la misión paulina, tal como la presenta el libro de los Hechos de los apóstoles, lo que ocurre cuando el evangelio entra en una ciudad.

 

La secuencia de escenas en Filipos (Hech 16,11-40) ocupa un lugar importante en la trama del libro. La Iglesia ya ha comprendido que la salvación que Jesús trae no está ligada a la observancia de la Ley de Moisés, sino que está disponible para todos los que crean en Él, judíos o gentiles (reunión y decisión común en Jerusalén, Hech 15). La misión, a partir de este momento, debe “ofrecer” esta salvación universal a todos. Pablo y Silas, impulsados por el Espíritu Santo, impedidos en Asia, avanzan hacia el Oeste hasta encontrarse, en Tróade, frente al mar (16,6-8). Esa noche Pablo tiene la visión de un macedonio que le ruega cruzar para ayudarlos (v. 9). Pero, de improviso, el relator cambia: aparece un “nosotros” acompañando este paso misionero (v. 10; un plural que no es idéntico a “Pablo y Silas”, cf. v. 17). Nos parece muy sugestivo interpretar esta “irrupción” como una estrategia del autor para “representar” de modo concreto y comunitario el discernimiento espiritual en la misión. En pocas palabras, este “nosotros” es como la comunidad misionera “ideal” que sigue los caminos del Espíritu, lo que no siempre ocurre con los misioneros “reales”, que a veces siguen sus caminos propios.[3] Con esta premisa, leamos el texto a partir de la “irrupción”:

 

16,10 Apenas [Pablo] tuvo esa visión, tratamos de partir para Macedonia, convencidos de que Dios nos llamaba para que la evangelizáramos. 11 Nos embarcamos en Tróade y fuimos derecho a Samotracia, y al día siguiente a Neápolis. 12 De allí fuimos a Filipos, ciudad importante de esta región de Macedonia y colonia romana. Pasamos algunos días en esta ciudad, 13 y el sábado nos dirigimos a las afueras de la misma, a un lugar que estaba a orillas del río, donde se suponía que habría un sitio para orar. Nos sentamos y dirigimos la palabra a las mujeres que se habían reunido allí. 14 Había entre ellas una, llamada Lidia, negociante en púrpura, de la ciudad de Tiatira, que adoraba a Dios. Mientras escuchaba, el Señor le abrió el corazón para que aceptara las palabras de Pablo. 15 Después de bautizarse, junto con su familia, nos pidió: «Si ustedes consideran que he creído verdaderamente en el Señor, vengan a permanecer en mi casa»; y nos obligó a hacerlo.

 

Comienza una nueva etapa, donde la Palabra habrá de “pasar” del mundo judío al pagano. Filipos, ciudad plenamente “romana”, no tiene una sinagoga, donde podría comenzar el anuncio cristiano, primero a los judíos; por eso, “el sábado” (costumbre del judaísmo) buscan “un lugar” donde la gente se reúne para orar (costumbre más universal). Notemos la sutil diferencia en los sujetos: el “nosotros” ideal habla a todas las mujeres (de las cuales hay que suponer que sólo algunas serían judías); Pablo se concentra en una mujer, real, que tiene nombre, origen, oficio, y que está vinculada, cercana al judaísmo, sin ser judía (adoraba a Dios). Sólo cuando el Señor interviene abriendo su corazón, ella acepta lo que Pablo hablaba, y surgen, con su fe, el bautismo y la creación de una comunidad (casa, familia) cristiana.[4] Es la primera en el mundo pagano, pero proviene sólo de la afinidad con el judaísmo; con un anacronismo, quizás los llamaríamos judeo-cristianos.

 

            La misión intenta seguir en el mismo estilo, pero el mundo religioso del paganismo también se hace presente, de modo inesperado y ambiguo:

 

16 Un día, mientras nos dirigíamos al lugar de oración, nos salió al encuentro una muchacha que tenía un espíritu de adivinación, que daba mucha ganancia a sus dueños adivinando la suerte. 17 Ella comenzó a seguirnos, a Pablo y a nosotros, gritando: «Estos hombres son los servidores del Dios Altísimo, que les anuncian a ustedes el camino de la salvación». 18 Así lo hizo durante varios días, hasta que al fin Pablo se cansó y, dándose vuelta, dijo al espíritu: «Yo te ordeno en nombre de Jesús Mesías que salgas de esta mujer», y en ese mismo momento el espíritu salió de ella.

 

La muchacha es una esclava; en ese mundo, ella es una “propiedad” de otros, que la “valoran” por lo que les rinde. El relato no habla de espíritu “inmundo” ni de “demonio”; más bien, de un don espiritual misterioso (en términos de simple religiosidad). Lo que ella grita es rigurosamente cierto: «Estos hombres son los servidores del Dios Altísimo, que les anuncian a ustedes el camino de la salvación». Es una “sierva” que grita señalando a otros “siervos” que, libres, anuncian un camino de salvación… hay “otro” servicio, uno que lleva a la salvación… Pero Pablo se cansa y, fastidiado, ejerce su poder para acallar este grito “pagano”. Notemos la sutileza en la invocación, en nombre de «Jesús Mesías», que es un ¡kerygma para judíos! Menos sutil y más sorprendente es que, precisamente en este punto del relato, el “nosotros” de la comunidad ideal desaparece (recién retornará en 20,5-6, de nuevo en Filipos). El mensaje parece claro: la reacción de Pablo (aún demasiado cerrado) no realiza el proyecto del Espíritu del Señor. ¿Qué le ocurrirá entonces?

 

19 Pero sus dueños, viendo desvanecerse las esperanzas de lucro, se apoderaron de Pablo y de Silas, los arrastraron hasta la plaza pública ante las autoridades, 20 y llevándolos delante de los magistrados, dijeron: «Estos hombres están sembrando la confusión en nuestra ciudad. Son unos judíos 21 que anuncian costumbres que nosotros, siendo romanos, no podemos admitir ni practicar». 22 La multitud se amotinó en contra de ellos, y los magistrados les hicieron arrancar la ropa y ordenaron que los azotaran. 23 Después de haberlos golpeado despiadadamente, los encerraron en la prisión, ordenando al carcelero que los vigilara con mucho cuidado. 24 Habiendo recibido esta orden, el carcelero los encerró en una celda interior y les sujetó los pies en el cepo.

 

El relato vuelve a la tercera persona, hablando de “Pablo y Silas”, que se encuentran ahora a merced de la multitud pagana y las autoridades del imperio. La acusación de los dueños de la esclava “liberada” es una réplica en negativo del grito que Pablo silenció: «Estos hombres anuncian…»; pero ahora «son judíos… siembran confusión… no podemos admitir ni practicar». De este “anuncio” se pasa directamente a la humillación, la violencia física, la cárcel y el cepo. Si la obra del Señor debe continuar, con sus enviados en estas circunstancias, Él tiene que venir en su rescate. Entrando ya en el mundo simbólico, el momento propicio es la noche:

 

25 Cerca de la medianoche, Pablo y Silas oraban cantando las alabanzas de Dios, mientras los otros prisioneros los escuchaban. 26 De pronto, se produjo un sismo tan intenso que se sacudieron los cimientos de la cárcel, y en un instante, todas las puertas se abrieron y las cadenas de los prisioneros se soltaron. 27 El carcelero se despertó sobresaltado y, al ver abiertas las puertas de la prisión, desenvainó su espada con la intención de matarse, creyendo que los prisioneros se habían escapado. 28 Pero Pablo le dijo con voz fuerte: «No te hagas ningún mal, estamos todos aquí». 29 El carcelero pidió unas antorchas, entró precipitadamente en la celda y, temblando, se echó a los pies de Pablo y de Silas. 30 Luego los hizo salir y les preguntó: «Señores, ¿qué debo hacer para alcanzar la salvación?». 31 Ellos le respondieron: «Cree en el Señor Jesús y te salvarás, tú y tu familia». 32 En seguida le hablaron la Palabra del Señor, a él y a todos los de su casa. 33 A esa misma hora de la noche, el carcelero los atendió y curó sus llagas. Inmediatamente después, fue bautizado junto con todos los suyos. 34 Luego los hizo subir a su casa y preparó la mesa para festejar con su familia la alegría de haber creído en Dios.

 

El cambio se nota ya en la distinta “reacción” de los misioneros: desde la tiniebla y el sufrimiento, ellos oran alabando a Dios. El sismo que sacude recuerda el efecto de la oración de la primera comunidad amenazada en su misión (cf. Hech 4,31); pero en este caso, el efecto es el de una liberación total. Se destruye un mundo de encierro: tiemblan los cimientos, se abren las puertas, se sueltan las cadenas… pero la atención se centra en el carcelero, que parece más bien un “prisionero” de ese mismo mundo. Al mejor estilo romano, prefiere el honor a la vida, dispuesto a echarse sobre su espada porque, en su mundo, la liberación de los otros exige su muerte. En ese preciso momento volvemos a escuchar una palabra directa de Pablo. Como la anterior (dicha al espíritu de la esclava), también ésta se refiere a una “víctima” del mundo pagano. Es un primer “anuncio” fuerte para un desesperado, que lo salva de la muerte: «No te hagas ningún mal, estamos todos aquí». La conmoción del hombre se traduce en cambios rápidos: él trae antorchas, él entra en la celda, se postra temblando, hace salir a los prisioneros y, llamándolos «señores» pregunta, como la multitud heterogénea del primer Pentecostés cristiano, ¿qué debo hacer? (cf. Hech 2,37). Es el momento del anuncio cristiano: «Cree en el Señor Jesús»; ¡éste es un kerygma también para paganos! El efecto será la salvación que se extiende y concreta en la comunidad (casa, familia). Los pasos siguientes completan esta especie de “iniciación” cristiana: exposición de la Palabra, bautismo, comunión de mesa que, junto con la atención y curación, culminan en la alegría del creer. Ha surgido, en medio de la noche, otra comunidad cristiana en Filipos; ésta, a partir de una familia de gentiles; con un anacronismo, quizás los llamaríamos pagano-cristianos.

 

El retorno del día, ¿no disipará la noche como un sueño demasiado bello para ser verdad? Debemos volver a la cárcel, cada uno a su puesto, para que aparezcan tanto la justicia del evangelio frente a la injusticia del imperio, como la transformación de sus respectivos representantes:

 

35 Cuando amaneció, los magistrados enviaron a los inspectores para que dijeran al carcelero: «Deja en libertad a esos hombres». 36 El carcelero comunicó entonces a Pablo: «Los magistrados me mandan decir que los deje en libertad; por lo tanto, salgan y vayan en paz». 37 Pero Pablo respondió a los inspectores: «Ellos nos hicieron azotar públicamente sin juicio previo, a nosotros que somos ciudadanos romanos, y nos pusieron en la cárcel. ¡Y ahora nos quieren hacer salir a escondidas! ¡De ninguna manera! Que vengan ellos en persona a dejarnos en libertad». 38 Los inspectores anunciaron estas palabras a los magistrados; éstos, al enterarse de que eran ciudadanos romanos, temieron 39 y fueron a exhortarlos. Luego los pusieron en libertad y los invitaron a alejarse de la ciudad. 40 Cuando salieron de la prisión, Pablo y Silas fueron a la casa de Lidia, donde volvieron a ver a los hermanos y los exhortaron. Después partieron.

 

Las cosas se aclaran y se revela quién es cada cuál. «Esos hombres» ya no son tratados como «judíos» que merezcan la prisión. Pablo emerge con un nuevo título; ellos son «ciudadanos romanos» en un mundo romano que les debe una justicia que se les ha negado. Las autoridades tiemblan y los exhortan a una salida “civilizada” de la ciudad. Ellos, a su vez, exhortan a los de la casa de Lidia, que ya son sin más “los hermanos”, y parten.

 

Con esta lectura de la secuencia de escenas de Filipos en Hechos, quizá podamos valorar más el arte del narrador, que nos incluye en las transformaciones del kerygma de Jesús que va abriéndose paso, en medio de todas las dificultades, para realizar el designio salvador de Dios, desde Israel para todas las naciones. Pero aún necesitamos profundizar algunos otros aspectos.

 

 

4. El evangelio de Dios: Jesús Mesías Señor, para la salvación de todos

 

            Es tiempo de recurrir a los textos del mismo san Pablo. Espigando con paciencia en sus cartas, que son un testimonio directo de la vitalidad de sus comunidades y del talante de su autor, podremos encontrar y destacar algunos puntos de especial interés para nuestro tema. Comenzamos con el contenido del kerygma o evangelio (término casi sinónimo para el apóstol). Preguntamos, pues, a Pablo en pocas palabras, ¿qué es (cuál es) el evangelio que proclama?

            Los primeros dos textos que traemos a continuación muestran que la respuesta no puede ser única, si por esto entendemos una “fórmula” fija en su expresión lingüística. Hay un núcleo esencial que se articula con variaciones según los casos. Veámoslo.

 

            El último de los grandes temas que afronta Pablo en 1 Cor es el de la resurrección “corporal” de los muertos, un problema difícil y muy serio para la concepción griega del ser humano, que no consideraba el cuerpo como algo digno y valioso, sino como una especie de “carga” penosa y transitoria para el alma inmortal. El punto de partida de la argumentación del apóstol (en 1 Cor 15) es la fe en la resurrección de Cristo, anuncio y patrimonio básico y común de todos los predicadores y de todos los cristianos:

 

1 Hermanos, les recuerdo el evangelio que les evangelicé, que ustedes han recibido y en el cual permanecen firmes, 2 por el cual son salvados, si lo conservan tal como yo se lo evangelicé; de lo contrario, habrán creído en vano.

3 Porque les he transmitido en primer lugar, lo que también recibí: CRISTO murió por nuestros pecados, según las Escrituras, 4 y fue sepultado y ha sido resucitado al tercer día, según las Escrituras, 5 y se apareció a Cefas y después a los Doce. 6 Luego se apareció a más de quinientos hermanos al mismo tiempo, la mayor parte de los cuales vive aún, y algunos han muerto. 7 Además, se apareció a Santiago y a todos los Apóstoles. 8 Por último, se me apareció también a mí, que soy como el fruto de un aborto […].11 En resumen, tanto yo como ellos, así anunciamos y así ustedes han creído.  (1 Cor 15,1-9)

 

Pablo insiste en el carácter tradicional (recibí – transmití) del evangelio. En la formulación que cita con cuidado (vv. 3b-5) se trata de un único sujeto: Cristo, y cuatro verbos en dos pares: murió y fue sepultado, fue resucitado y se apareció. Los primeros de cada par vienen interpretados con referencias teológicas bíblicas (por nuestros pecados, al tercer día, según las Escrituras); los segundos de cada par confirman a los primeros (la sepultura confirma la muerte; las apariciones confirman la resurrección). El conjunto es una construcción cuidadosa que se puede remontar (en su origen arameo, pre-paulino) hasta el año 35, aproximadamente. Se lo considera el primer credo cristiano. Nos dice que el núcleo de la fe y de la proclamación primitiva era Jesús Mesías (Cristo) muerto y resucitado. Pero Pablo nos recuerda también la necesaria implicación del sujeto y la finalidad de la nueva relación que este anuncio realiza: creer esto así y permanecer firmes es la garantía de la salvación. Nos ilustra, finalmente, la dimensión comunitaria, tanto en el testimonio común de quienes proclaman (yo como ellos) como en la fe y firmeza de quienes reciben (ustedes).

 

El saludo inicial a la comunidad de Roma (única a la que Pablo escribe sin haber sido su fundador) brinda al apóstol la primera ocasión de condensar lo que desarrollará extensamente en el cuerpo de la carta, el evangelio:

 

1,1 1 Pablo, siervo de Cristo Jesús, llamado, apóstol, separado para el evangelio de Dios, 2 que él había prometido por medio de sus profetas en las Sagradas Escrituras, 3 acerca de su Hijo, 3 nacido de la estirpe de David 3 según la carne, 4 y constituido Hijo de Dios con poder4 según el Espíritu santificador, 4 por su resurrección de entre los muertos, Jesús Cristo, nuestro Señor… (Rom 1,1-4)

 

            Como vemos, aquí la presentación es diferente. En breve, se remite a Dios como sujeto de un designio (evangelio) que concierne a su Hijo, pero que supone una promesa anterior (profetas, Escrituras). De este Hijo, que es Jesús Cristo, nuestro Señor, se confiesan dos “estados”: según la carne, nacido de la estirpe de David (es decir, con legitimidad mesiánica); según el Espíritu santificador, constituido Hijo de Dios con poder (en su resurrección).

 

            Nos parece importante añadir un último texto, de la misma carta, donde Pablo describe el evangelio mirando a su eficacia universal, en una coherencia plena con su contenido:

 

1,16 Yo no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios para (hacia) la salvación de todos los que creen: de los judíos en primer lugar, y después de los que no lo son. (Rom 1,16)

           

            El evangelio no es, por tanto, tan sólo el anuncio que un mensajero lleva a un destinatario; es también la potencia divina que impulsa a todos (¡también al mensajero!), a través de la fe, hacia la salvación. Lo llevamos siendo llevados, lo recibimos siendo recibidos en él.

 

 

5. La vida comunitaria desde el kerygma

 

            Al apóstol de los gentiles le preocupa entrañablemente la vida de las comunidades que ha visto formarse y crecer como fruto de su anuncio del evangelio. Por todos los medios procura acompañarlos, ayudarlos, fortalecerlos en su camino. Es consciente de las diversas dificultades por las que atraviesan estos neófitos, solicitados y tentados por muchos lados.

            ¿Cómo sostener y crecer en la vida de la comunidad? En su cosmovisión cristiana, Pablo no puede separar el evangelio de la vida; todo brota de Cristo Jesús. Releeremos tan sólo un texto, ejemplar en este sentido, de la carta a los Filipenses, una comunidad a la que el apóstol ama con afecto particular, pero que también necesita revisar y corregir algunas actitudes. Con esto en mente, así les habla Pablo desde la cárcel:

 

2,1 Si la exhortación en nombre de Cristo tiene algún valor, si algo vale el consuelo que brota del amor o la comunión en el Espíritu, o la ternura y la compasión, 2 les ruego que hagan perfecta mi alegría, permaneciendo bien unidos. Tengan un mismo amor, un mismo corazón, un mismo pensamiento. 3 No hagan nada por rivalidad o vanagloria, y que la humildad los lleve a estimar a los otros como superiores a ustedes mismos. 4 Que cada uno busque no solamente su propio interés, sino también el de los demás. (Flp 2,1-4)

 

Aún con el lenguaje del amor y la ternura, estas exhortaciones parecen muy exigentes. ¿Son un ideal utópico, una imposición al esfuerzo común y de cada uno…? ¿Buscan fundar un acuerdo para una convivencia pacífica y serena…? Pablo no piensa en estos términos; he aquí el supremo y único fundamento de su exhortación, donde continúa el texto:

 

5 Sientan esto entre ustedes, lo que también (está) en Cristo Jesús, 6 el cual, que era de condición divina, 6 no consideró esta igualdad con Dios6 como algo que debía guardar celosamente: 7 al contrario, se anonadó a sí mismo, 7 tomando la condición de servidor 7 y haciéndose semejante a los hombres. 7 Y presentándose con aspecto humano, 8 se humilló hasta aceptar por obediencia la muerte 8 y muerte de cruz. 9 Por eso, Dios lo exaltó 9 y le dio el Nombre que está sobre todo nombre, 10 para que al nombre de Jesús, 10 se doble toda rodilla 10 en el cielo, en la tierra y en los abismos, 11 y toda lengua proclame para gloria de Dios Padre:11 «Jesús Cristo Señor». (Flp 2,5-11)

 

            El kerygma inicial, «Jesús Cristo Señor», ha encontrado un despliegue poético en el célebre himno litúrgico de matriz bíblica que los filipenses conocen y que Pablo transcribe (vv. 6-11), probablemente completándolo con su “y muerte de cruz” (v. 8b). Esto está ya presente y actuando en la comunidad (es el don, el indicativo); se trata de “experimentarlo”, sentirlo en la fe y vivirlo en el amor (es la tarea, el imperativo). El kerygma no se limita a proponer un modelo exterior para imitar (lo que sería imposible), sino que despliega su poder divino en el amor de la comunidad de los creyentes que lo celebra. Desde él, la comunidad se purifica y crece.

 

 

6. El discernimiento desde el kerygma

 

            Animadas en el amor, las comunidades deben ejercer el discernimiento espiritual y práctico en situaciones complejas, que surgen sobre todo cuando sus miembros son muy distintos y las nuevas modalidades que supone la nueva fe hacen que, para su entorno, ellos resulten cada vez más extraños. La atención a estas situaciones ocupa buena parte de la correspondencia paulina. Nos contentamos con traer un ejemplo de Corinto, el caso de los “idoloditos”: el excedente de la carne sacrificada a los dioses paganos, que se vendía en los mercados anexos a los templos, permitía comer carne más barata y, eventualmente, aprovechar para invitar a otros. El caso implica diversos niveles en una argumentación extensa (1 Cor 8-10), de la cual tomamos un principio:

 

8,4 En cuanto a comer los idoloditos, sabemos bien que el ídolo no es nada en el mundo y que no hay más que un solo Dios. 5 Es verdad que algunos son llamados dioses, sea en el cielo o en la tierra: de hecho, hay muchos dioses y muchos señores. 6 Pero para nosotros, un solo Dios, el Padre, de quien todo (procede) y a quien nosotros (estamos destinados), y un solo Señor, Jesús Cristo, por quien todo (existe) y por quien nosotros (existimos). (1 Cor 8,4-6)

 

            Este texto nos trae un testimonio precioso de una fórmula de kerygma o credo bimembre muy antiguo. En esta profesión de fe (para nosotros) se unen dos frases: una referida a Dios, un solo Dios, el Padre, de quien todo y hacia quien nosotros, y otra referida al Señor, un solo Señor, Jesús Cristo, por quien todo y por quien nosotros (v. 6). La densidad de estas breves y rítmicas expresiones pediría un desarrollo que explicite sus dimensiones cósmicas y antropológicas y su dinamismo entre origen y destino. Nos basta mostrar aquí que Pablo recuerda este kerygma para iluminar el discernimiento de los corintios: desde el plano del conocimiento teológico, los ídolos, aunque los llamen dioses y señores, no son nada. Queda la cuestión en el plano teológico práctico, pero esto requiere otro principio.

 

 

7. El evangelizador del kerygma: todo para todos

           

            Lo que Pablo ve y pide a sus comunidades, lo ve antes y lo asume para sí mismo, en una coherencia profunda entre evangelio y evangelizador, que abarca no sólo el contenido, sino también los medios, las formas y todo el estilo de vida. Todo según Jesús, el Cristo, el Señor: siervo de Aquél que se ha hecho siervo hasta la muerte; apóstol de Aquél que el Padre ha enviado en la plenitud de los tiempos; pobre como Aquél que, siendo rico, se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza; débil como Aquél que fue crucificado en su debilidad. Como Él, en fin, todo para todos. Hay que escucharlo una vez más:

 

9,16 Si evangelizo, no es orgullo: al contrario, es para mí una necesidad imperiosa. ¡Ay de mí si no evangelizare! 17 Si yo realizara esta tarea por iniciativa propia, merecería ser recompensado, pero si lo hago por necesidad, quiere decir que se me ha confiado una misión. 18 ¿Cuál es entonces mi recompensa? Evangelizar gratuitamente el evangelio, renunciando al derecho que el evangelio me confiere.

19 En efecto, siendo libre, me hice esclavo de todos, para ganar al mayor número posible. 20 Me hice judío con los judíos para ganar a los judíos; me sometí a la Ley, con los que están sometidos a ella –aunque yo no lo estoy– a fin de ganar a los que están sometidos a la Ley. 21 Y con los que no están sometidos a la Ley, yo, que no vivo al margen de la Ley de Dios –porque estoy sometido a la Ley de Cristo– me hice como uno de ellos, a fin de ganar a los que no están sometidos a la Ley. 22 Y me hice débil con los débiles, para ganar a los débiles. Me hice todo para todos, para ganar por lo menos a algunos, a cualquier precio. 23 Todo lo hago por el evangelio, para llegar a ser copartícipe de él. (1 Cor 9,16-23)

 

 

Para concluir, una mirada “desde fuera”

 

            Dejamos para el final un párrafo significativo de un pagano hostil y muy crítico de los cristianos, Luciano de Samosata, en su libro Sobre la muerte de Peregrino, del año 167. Despreciando a los cristianos, a quienes considera privados de intelectualidad, simples e incluso estúpidos, escribe:

 

“Y es que los infelices creen a pie juntillas que serán inmortales y que vivirán eternamente por lo que desprecian la muerte e incluso muchos de ellos se entregan gozosos a ella. Además, su legislador (fundador) los convenció de que todos eran hermanos. Y así, desde el primer momento en que incurren en este delito reniegan de los dioses griegos de la ciudad y adoran en cambio a aquel filósofo crucificado y viven según sus preceptos. Por eso desprecian los bienes, que consideran de la comunidad (13).”[5]

 

            Cuando el kerygma cristiano, acontecimiento, anuncio y comunión, se vivía de verdad en la comunidad, como pérdida del miedo, como fraternidad verdadera, como comunión en los bienes, como esperanza de vida eterna, en la ciudad lo notaban, desde fuera, hasta los más ácidos enemigos. También esta crítica es, en fin, gloria para aquéllos, cristianos de su ciudad, y desafío para nosotros, cristianos en la nuestra.



[1] En este estadio de presentación del escrito, se prefiere mantener un estilo coloquial (más propio de la exposición oral ante la asamblea) y restringir a un mínimo las referencias a la bibliografía especializada.

[2] Cf. Mons. S. Silva, “La proclamación del Kêrygma según el nuevo testamento”, en Medellín XXXIII/ n. 129 (2007) 23-59 (cita en p. 23).

[3] Habrá que verificarlo en la lectura. Esta opción no quiere relativizar el intenso debate en torno a las llamadas “secciones nosotros” de Hechos; simplemente la seguimos porque nos resulta útil para lo que aquí nos interesa.

[4] No podemos omitir la referencia al otro único lugar de la obra de Lucas donde aparece el verbo que aquí se traduce como “obligar” (en v. 15): es el pedido de los discípulos de Emaús al caminante, para que entre y “permanezca” en la casa (cf. Lc 24, 29). Ambas escenas pueden leerse en correspondencias: escuchar, creer, reconocer, abrirse…

[5] Presentación y breve referencia en R. Aguirre (ed.), Así empezó el cristianismo, Verbo Divino, Estella (Navarra), 2010, 413-414.


San Pablo y el primer cristianismo urbano
CONSEJO EPISCOPAL LATINOAMERICANO

CONSEJO EPISCOPAL LATINOAMERICANO

Encuentro sobre Cultura Urbana         1º al 5 de marzo de 2010-03-05

 

San Pablo y el primer cristianismo urbano

(Esquema de la presentación)

Pbro. Dr. Gerardo J. Söding

I.              De Jesús en Galilea al cristianismo en el imperio romano

II.             San Pablo y el cristianismo urbano

 

1. Las ciudades de los itinerarios paulinos

- Pablo se dirige a las ciudades más pobladas (capitales de provincias o centros importantes): Antioquía, Tesalónica, Corinto, Atenas, Éfeso, superan los 100.000 habitantes; Roma tiene 1 millón.

- Era pequeñas espacialmente, con una muy alta densidad de población (4 a 5 veces la de nuestras urbes actuales)

- En el centro de la ciudad, los templos y las residencias de las élites, rodeadas de murallas interiores

- La gran mayoría vivía entre éstas y las murallas exteriores que rodeaban las ciudades; fuera de éstas vivían los marginales (prostitutas, vagabundos y profesiones despreciadas, como los curtidores)

- Los espacios públicos ocupan una superficie grande (30 al 50%). La mayoría de la gente vivía en edificios de varios pisos (insulae) donde se apiñaban cientos de personas

- Los edificios eran de madera; cada familia ocupaba un cuarto; los pobres vivían en los pisos superiores; eran frecuentes los derrumbes

- Ventanas tapadas; braseros para calentarse y cocinar. Incendios frecuentes.

- Escasez de agua; condiciones sanitarias lamentables. Suciedad. No había hospitales.

- Criminalidad alta. Ciudades oscuras. Pobrezas, desesperación, inmigraciones y divisiones étnicas. Revueltas frecuentes. Una de cada cuatro personas habían vivido en esclavitud o presos por deudas.

Precisamente en este contexto urbano, el cristianismo encuentra su lugar de acogida y compasión, y desde él irradia su novedad.

 

            2. Las casas como forma de vida del cristianismo primitivo

2.1 La casa en la Antigüedad

            El término griego oikos y su correspondiente latino domus pueden tener una doble significación: la casa como edificio o la familia que la habita.

            ¿Quiénes constituyen la casa-familia? Ovidio dice: materque paterque nataque, tres illi tota fuere domus. Éste es el núcleo, que en general se extiende hasta incluir los esclavos, parientes, una parte de los amigos y a veces clientes del señor de la casa.

            Es la entidad social y económica más importante del mundo antiguo, base para las unidades políticas mayores:

- la polis (ciudad) se entiende como una casa grande (Aristóteles)

- Egipto bajo los Ptolomeos es "casa del rey"

- el Imperio Romano en su conjunto, regido por el César como señor de la casa

            La importancia se nota en un tipo particular de literatura, el peri oikonomias (sobre la administración de la casa), que regulaba todas las relaciones personales centradas en el señor, el paterfamilias, marido, padre y amo de los esclavos.

            Incluso la religión (culto) y ciertas costumbres tenían marcado carácter familiar.

 

2.2 Las casas en Corinto

            Los textos son: 1-2 Cor; Hech 18 y Rom 16. Ambos sentidos del término están presentes:

a) casa-edificio

Hech 18,1-7 casa de Priscila y Áquila; casa de Ticio Justo (¿el Gayo de Rom 16,23?), un adorador de Dios. Contexto de misión en la ciudad, comenzando por la sinagoga. La comunidad de creyentes se reunía en casas particulares de personas pudientes (1 Cor 14,23) con capacidad de unas 40-50 personas. En total los cristianos de Corinto serían unos 100-200 en tiempos de Pablo.

b) casa-familia

Hech 18,8 Crispo con toda su familia; 1 Cor 1,16 la familia de Esteban (cf. 1 Cor 16,15).

No puede descartarse un elemento de presión social en estas conversiones "familiares".

 

2.3 La comunidad de la casa

            La fórmula es he kath´oikon ekklesia, que podría traducirse "la iglesia que se constituye a modo de casa". Áquila y Priscila en Éfeso con Pablo (1 Cor 16,19) y en Roma de nuevo (Rom 16,3.5). Son como el centro móvil de una comunidad; su familia es el núcleo fijo de una iglesia.

            El ejemplo arqueológico del año 240 de Dura Europos (una guarnición romana en el Éufrates medio, excavada en 1932) es claro: una casa familiar se amplia derribando un muro para dar cabida a unas 60-70 personas, con bancos en el patio, una pila bautismal y pinturas con temas bíblicos. Sin embargo, continúa siendo residencia fija de una familia. Es el estadio intermedio de la domus ecclesia.

 

            3. Ekklesia. La comunidad como fruto del primer anuncio

 

3.1 Límites del modelo de "casa"

- señorío y dominio del amo, el paterfamilias. Como tendencia se explicitará en el episcopado monárquico con Ignacio de Antioquía en el siglo II.

            En Pablo hay una multiplicidad carismática muy grande; él debe dar avisos para poner orden. Además, los nombres de mujeres en Rom 16 indican una función en la comunidad mucho mayor que en el esquema patriarcal.

- cerrazón al impulso misionero, tendencia al ghetto. (muy alta comunicación interna, ninguna irradiación)

 

3.2 Las asociaciones

            Había en la ciudad múltiples asociaciones cultuales privadas, que practicaban ofrendas, sacrificios, tenían comidas en común, se reunían en casas particulares o lugares comunes cuando podían. Llevan nombres técnicos: thiasoi (reunión cúltica en honor de una deidad) eranoi (colectividad que observa ciertas fiestas) koinon (lo común) syssition (banquete común). Nunca se usa ekklesia en el ámbito privado. El cristianismo no quiere presentarse como una asociación cultual privada más, entre otras.

 

3.3 El concepto de iglesia y su relevancia

1 Cor 1,2 "la Iglesia de Dios que está en Corinto". Para Corinto ésta representa la proclamación de Dios del fin de los tiempos. Éste es el primer nivel de comprensión: siguiendo la tradición del Éxodo, la comunidad se entiende como el nuevo Pueblo de Dios (como Israel en el desierto). La expresión ekklesia tou Theou (Iglesia de Dios) es anterior a Pablo (probablemente adoptado del arameo en la comunidad de Jerusalén, y luego bajo influencia de la traducción griega de los LXX).

            Pero hay un segundo nivel de comprensión. En el mundo griego, es término de la vida pública:

 

"designaba en la antigüedad la asamblea plenaria de los ciudadanos en la plenitud de derechos de la polis. Se celebraba regularmente (30 o 40 veces por año). Era de su competencia decidir sobre las propuestas de cambios de leyes, la elección de los funcionarios y todas las cuestiones importantes de la política interior y exterior (contratos, guerra y paz, finanzas); en casos especiales, administraba justicia. Empezaba con oraciones y sacrificios a los dioses de la ciudad; y estaba sometida a las leyes vigentes. Todo ciudadano tenía derecho de expresión y de presentación de propuestas. Las decisiones sólo eran válidas si alcanzaban un determinado número de votos." (DTNT II,322) Ni mujeres ni esclavos, un 10-15 % de la población.

 

            La iglesia cristiana es, pues, la "reunión de los ciudadanos de Dios", no en una existencia privada, representan el pueblo mesiánico para esa ciudad. 2 Cor 3,2: son una carta escrita y leída ante todos los hombres. (cf. v 3: carta de Cristo diakonetheisa por nosotros: una cristología del servicio).

 

4. Parusia: la presencia de la comunidad en la ciudad

            La existencia de la comunidad se realiza como entre los dos polos de una elipse; por un lado, la tolerancia, la apertura y el esfuerzo misionero; por el otro, la estabilización de la identidad, la vuelta a la vida interna. Pablo debe corregir una mala interpretación de una carta anterior: 1 Cor 5,9-10, no pueden huir del mundo.

            Hay muchos ejemplos prácticos de esta tensión polar. La vida en el matrimonio con no cristianos (1 Cor 7); las comidas públicas de la carne ofrecida a los ídolos (1 Cor 8-10); el orden en las asambleas para dar testimonio a todos los que entren (1 Cor 14,23-25). Aún con dificultades sociales (1 Tes 1,6; 2,14), hay que preocuparse por todos, para entusiasmarlos: 1 Tes 5,15.

            ¿De dónde sale la fuerza para esto? 1 Cor 10,16; 11,26; 12,13 ... en la reunión de la comunidad, la vida sacramental y el servicio divino hacen experimentar la presencia viva del Señor resucitado.

 

Nota sobre la "ciudadanía en el cielo":

            Flp 3,20; Gal 4,26 (la Jerusalén de arriba, nuestra madre").

            El N.T. refleja tradiciones similares: Heb 13,14; 1 Pe 1,1; Ef 2,19; Ap 20-21, con influencias de la apocalíptica judía o del platonismo. Mas en Pablo no hay nada de esto. Se trata de una "reserva escatológica" en relación con las ciudades reales: evitar una identificación de la comunidad con la ciudad. En línea con Jr 29,7, Pablo diría: "¡busquen el bien (shalom) de la ciudad en que están!"

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