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PARA FAVORECER LA CONTEMPLACIÓN DEL DIOS QUE VIVE EN LA CIUDAD

CHARLAS DEL P. MAXIMILIANO HERRAÍZ.

PARA FAVORECER LA CONTEMPLACIÓN DEL DIOS QUE VIVE EN LA CIUDAD

 

 

1.     HACER LA EXPERIENCIA DE DIOS.

 

Para ayudarnos a prepara el día en el que necesitamos estar abiertos al Dios de Jesucristo y a los hermanos, desconocidos para nosotros.

 

Hacer una experiencia de Dios, por supuesto en la ciudad. Nosotros los cristianos que confesamos pertenecer a una Iglesia de la Palabra, tenemos que retrotraernos a nuestra primerísima infancia en la que fuimos oyentes, videntes de los que nos hablaban, para convertirnos en personas parlantes. Este es el rasgo mas importante y mas característico de nuestra condición de creyentes, oímos la Palabra, Dios viene a nuestro encuentro e interiorizamos esa palabra, la digerimos, la hacemos nuestra, entra en nuestras entrañas y la manifestamos, la ofrecemos a quienes nos encontramos y  quieren oírnos. Somos miembros de una Iglesia de la Palabra, antes y siempre, mas escuchada que comunicada a los demás. Escuchar la Palabra de Dios, en el rio de la gente que nos envuelve en su paso apresurado, sorteando otros caminantes habitualmente en silencio o con auriculares colgando de sus orejas y los menos hablando con un conocido que ocasionalmente hemos encontrado en el rio de nuestras calles ciudadanas. Son personas en movimiento, peregrinos de lo que no sabemos, muchos de ellos no peregrinan, quizás deambulan por diversos motivos; escapándose de si mismos, huyendo de lo que sienten como una amenaza, simplemente con sus vidas a cuestas, ni hacia atrás ni hacia adelante, porque no van a ningún sitio y tal vez tienen la intención de alejarse de nada y de nadie. Buscadores, inconscientes también, de una presencia personal, cálida o algo que barra de su corazón el último desengaño. El hombre que contemplamos mayor, adulto, joven, niño que se adelanta a sus papas correteando mirando de tanto en tanto atrás para asegurarse su presencia vigilante, o escapándose del control ocular de quien son su seguridad. ¿A dónde van? ¿De donde vienen? Podríamos ofrecernos a  acompasar nuestro paso con alguno de ellos, hablaríamos, ¿Qué le preguntaríamos? ¿Qué le diríamos? Empezaríamos  a oírle o derramaríamos sobre el nuestra preocupación personal sin esperar mas respuesta que su silencio acogedor. Nuestro camino como cristianos en medio de la gente puede recordarnos los caminantes, los peregrinos de Emaús que de pronto les sale al encuentro  un extraño para ellos, que no sabe lo  que  ha pasado en la ciudad hace unos días. Pensamos, oramos, que llevan dentro de si una presencia, estas gentes que  cruzamos en nuestras calles o una presencia que les lleva a ellos con la discreción suficiente para no hacerse notar, como Jesús a los peregrinos de Emaús. Que es lo primero que huye, se mueve en nuestro interior cuando paseamos mirando uno a uno a quienes encontramos en los ríos humanos de las calles de las grandes urbes. Que irrumpe en nuestro corazón ciudadano de estas urbes, cuando paseamos por las calles como tantos de nuestros semejantes. ¿Nos atreveríamos a acercarnos a uno como Felipe se acerca al etíope que iba leyendo un pasaje escrituristico? Al terminar nuestro paseo, contemplativo, observador, sin fingimiento de artistas sobre el escenario; ¿Que experiencia hemos rozado de un Dios que esta con quien él nos ha dicho que se identifica?, porque para nosotros , ante todo creyentes, al encontrarnos con los ríos de gente de nuestras grandes ciudades, lo que nos debe invadir es la gran  certeza de nuestra fe: que Dios pasea con cada uno de nuestros semejantes, que Dios se identifica con cada uno que lleva su historia en su interior, que Dios esta también en el centro de nuestras ciudades. Podemos descubrir, rozar una experiencia de Dios en estos ríos de vida que orillamos, que cruzamos, en las calles repletas de personas en las que nos movemos, Dios esta en cada uno de ellos y en nosotros que hemos salido en busca de una experiencia de Dios en el bullicio de una ciudad. ¿Que nos decimos después de esta peregrinación? Observadores de las personas, registradores de lo que nos golpea, alegra o conmueve, las preguntas que nos hacemos nos afectan, nos mueven a una lectura de la fe, Dios esta ahí, se nos comunica ahí en el silencio, en la alegría o en los rostros de tristeza que nos encontramos en la calle.

Las preguntas que nos hacemos nos afectan, nos mueven a ser anunciadores, con nuestro silencio, con nuestro comportamiento, con nuestra palabra del Dios que sentimos, que experimentamos en nuestro interior.

Seguiremos atentos a que este ensayo de contemplación en las calles de nuestra ciudad, marque nuestras vidas, descubriéndonos a nuestro prójimo, saliendo verdaderamente a su encuentro con nuestro silencio acogedor con algunos gestos posibles que abran a menos algunas brechas de comunicación, por las calles, misioneros en la calle de la Buena Nueva en la que creemos que se nos ha dicho que la anunciemos.  Ofrecer a alguien nuestra voluntad de caminar unos pasos juntos, aunque solo sea para significar que caminamos juntos, aunque solo sea para significar que caminamos juntos, que nos acompañamos. Que nos tomamos en serio el uno al otro:

 

“ Jesús  tócanos con tu verdad y tu fuego en lo mas profundo de nuestro ser, para que nuestra presencia entre nuestros hermanos sea una Buena Nueva, que arraigue en nuestras ciudades una nueva buena para nosotros en primer lugar y una Buena Nueva en segundo lugar para ellos, para nuestros hermanos, una Buena Nueva que renueve nuestras vidas, que adelantamos el Reino de la Paz , de la Justicia y del Amor eres Tu, Jesús quien eliges donde encontrarnos, donde descubrirte y no nosotros quienes te estamos citando en un espacio de nuestra vida o en un espacio geográfico; Tu nos citas, prioritariamente en los otros con quienes te identifican, en cada creyente, en cada semejante nuestros. Ahí Tú tienes establecido, tu templo, tu hogar, tu casa. Es ahí donde queremos compartir con nuestro prójimo, nuestra alegría creyente de saber que Tú eres peregrino con nosotros, paseándote con nosotros en las tensas y abarrotadas calles de nuestras ciudades. Ahí Tu estableces tu templo, donde tus hijos, tus hermanos se encuentran aun cuando no se comuniquen, porque cada uno va presuroso buscando no sabemos que, pero en el fondo buscando un deseo que no acaban de encontrar satisfactoriamente en nada de lo que tocan o en nadie  con quien se encuentran. Ahí es donde queremos hacerte presente los que creemos en Ti, para que suavices nuestras relaciones, las abras a la infinita trascendencia de Tu presencia real en medio de nuestros afanes de nuestro día. Te pedimos que sostengas nuestra audacia de ser contigo peregrinos en nuestras calles, peregrinos de la esperanza que nos mueve a todos a fin que hagamos unas ciudades mas humanas, mas entrañablemente acogedora de cada uno de los hombres que se mueven en sus calles, que pasean su alegría, su tristeza, su búsqueda siempre de una vida mejor, de la que en cada momento gozamos.

 

2.     LA ALEGRÍA DE COMUNICAR EL EVANGELIO.

 

Para ayudarnos a recuperar la alegría de ser comunicadores de la Buena Noticia que es Jesucristo.

 

Los cristianos seguidores de Jesús, prolongamos aquí y ahora en nuestra humanidad la de Jesús, en nosotros se realizan hoy sus misterios, de anunciador de la Palabra, de muerte a todo lo que no es Dios, de vida nueva, que es la vida de Dios que en Jesús se nos ha comunicado. El Evangelio es Jesús. Una palabra de luz, una palabra de amor de Dios a sus hijos. El, Jesús, nos ha enviado a anunciar esa palabra hasta los confines de la tierra, acuciados por la Palabra de quien nos ha dicho que “la mies es abundante y que pocos son los obreros”. Enviados hoy a nuestro prójimo los que con  nosotros, a nuestro lado, delante, detrás, a los lados; luchan, buscan sin duda una vida mejor para si, para los suyos y para la ciudad entera donde desarrollan y cultivan su vida. La Palabra que hemos recibido nos pertenece. EL Evangelio, la Buena Noticia, como buena noticia de alegría y gozo debemos vivirla y transmitirla a nuestros semejantes, no podemos encerrarlas en nuestro interior, es fuego abrasador. Pertenecemos al grupo de los seducidos por el Dios y Padre que nos ha revelado Jesús. ¿Hemos experimentado alguna vez en nuestra vida que la Palabra saltaba hasta nuestros labios para articularla, pronunciarla, decirla a un vecino, a alguien que nos cruzamos en la calle, a quien se sienta a nuestro lado en el colectivo? Si lo hemos hecho, hemos experimentado alegría, gozo al comunicar a un hermano nuestro el  evangelio de Jesús y transmitirlo con nuestra mirada y con nuestro gozo, en la capacidad de sufrir sin que el dolor nos aniquile. Estamos intentando dar un salto adelante, después de tantos siglos en silencio o recluidos en nuestras Iglesias, “lugares de culto” decimos. Y en silencio, siempre o casi porque el anuncio y proclamación de la Palabra lo hemos abandonado a quienes hemos bautizado como “ministros de la palabra” y en el espacio del templo. La inmensa mayoría somos oyentes, presencia pasiva, en nuestros encuentros de Fe. Ni unos ni otros hemos vivido con intensidad nuestra condición de destinatarios de una palabra que, definitivamente, hemos encontrado en La Palabra de Dios, que es Jesús de Nazaret y  la cual, creámoslo o no, estamos  llamados a poner como una luz sobre la cima de los montes, a pasearla por nuestras calles, como hombres transformados, en renovación permanente por nuestro hermano Jesús, y la palabra de vida, que es Él y que nos ha compartido. Ahora estamos despertando a la centralidad de la misión, del envío en la vida cristiana. Ninguno puede eximirse de su vocación de enviado, vocación que capacite para realizar lo que se nos ofrece de parte de Dios mismo haciendo del mundo el ágora o el templo del encuentro del hombre con Dios. Si esta conciencia arraiga en nosotros, iniciaremos una rápida peregrinación de la Palabra, abriremos de par en par nuestro corazón y nuestra inteligencia a la palabra que  Alguien nos ofrece, pronuncia en nuestro interior, constituyéndonos en voceros suyos; altoparlantes de la Palabra de salvación, que es Jesús.  Si nos hemos abierto y hemos experimentado su fuerza transformadora de nuestra vida no podremos silenciarla; la comunicaremos con alegría a los demás, por todos los medios y en todas las circunstancias que nos ofrezca la vida. Todo lugar y toda circunstancia son buenas para anunciar lo que nos llena y baña de gozo; lo que nos arraiga en la vida misma de Dios.

Dice San Juan de la Cruz, el gran doctor de la Iglesia: “una palabra hablo el Padre, que fue su Hijo y ésta habla siempre en eterno silencio y en silencio ha de ser escuchado por la persona”

El silencio interior, contemplativo, acogedor es la actitud permanente y previa al anuncio y a la predicacion o proclamación de la Palabra. Ni la contemplación de la Palabra es silencio mudo, ni la Palabra que comunicamos es siempre comunicadora de vida; sino muchas veces lo es de nuestro vacío interior, de nuestra superficialidad. Sintamos en el silencio cordial que Jesús se dirige a nosotros diciéndonos “Id por el  mundo y anunciad a todas las gentes lo que habéis visto y oído”, subrayemos “lo que habéis visto y oído”, no simplemente lo que se nos ocurra, sino lo que ha impactado en nuestra persona y nos ha dejado una huella mas o menos profunda de luz, amor, fortaleza y  capacidad para acercarnos a los demás a compartirles el gran hallazgo de nuestras vidas. La proclamación, el anuncio, la palabra de La Palabra se gesta y nace en el silencio y se ofrece en el silencio de una vida comprometida en la palabra confesional de lo que ha hecho y generado en nosotros, sin mas pretensión que la de conservar la integridad de esa Palabra y de ofrecerla limpia, lo mas limpia posible, de explicarla, es decir de desplegarla, de romper los pliegues, tenderla delante de nuestros semejantes para que experimenten la misma presencia salvadora que ha nosotros se nos ha comunicado, dándole un sentido profundo a nuestra vida; no la podemos dejar en la puerta de nuestra prójimo como depositamos cualquier encargo que nos han hecho de una compra en cualquier supermercado. Hay que dejar esa Palabra con la firma y el sello de la persona que la deja, es decir que tiene que estar realizada como  una autentica confesión de lo que ha dado sentido a nuestra vida y me ha liberado de tantas incertidumbres, tantos pasos falsos, que me ha cubierto de luz para saber por donde caminar y me ha convertido en vocero de una palabra para llevarla a los hermanos que la esperan como Palabra de Salvación. Esta palabra hoy mas que nunca debemos ofrecerla en dialogo, con la conciencia clara y nítida que también el receptor de nuestra palabra nos ofrece la suya; porque también a él el Espíritu le trabaja, lo fecunda, para ser al mismo tiempo, como nosotros, servidores activos y pasivos de la Palabra en la cual nos fundamos todos, aun cuando no todos lo hagan de una manera convincente, con la libertad de haberla elegido como razón de nuestra vida; pero esa palabra esta en el corazón de todos los hombres. Palabra ofrecida en dialogo y no impuesta.

“Jesús, Evangelio y evangelizador, enséñanos a ser al mismo tiempo agradecidos oyentes de cuanto Tú nos dices a través de nuestros hermanos y altavoces de tú presencia de todo aquello que Tú depositas silenciosamente en nuestro corazón; como Tú fuiste receptor de la Palabra de tu Padre, que la hiciste Tuya y nos hablaste de Ti, como Aquel en quien el Padre se revela en plenitud, con pura transparencia. Y anunciadores como Tú , fidelísimo de la misma remitiendo siempre al Padre como fuente de origen, horizonte de toda nuestro peregrinar, manifestándonos al Padre y a nosotros dos insondables misterios de gravitación mutua, nos haz iluminado todo, nos haz llenado de luz. La verdad nos trabaja en nuestro interior que todo nuestro silencio, nuestra palabra, nuestra vida hable a nuestros hermanos, abriéndonos el camino que conduce a Ti y por Ti al Padre que llamamos, enseñados por Ti, Nuestro Padre, por lo tanto unidos sanguíneamente, espiritualmente los unos a los otros, miembros de la nueva familia, que en Ti comienza y en Ti ha llegado a la plenitud, porque Tú te has hecho hermano de todos, el primogénito entre muchos hermanos, por eso nos colgamos de tu mano, asegurándonos tu esencia en nosotros, para poder ser presencia tuya al comunicarnos con aquellos a los cuales nosotros nos debemos, porque Tú nos envías para anunciar la Palabra de salvación, de Vida que Tú eres “

 

3.     SER IGLESIA MISIONERA.

 

Para ayudarnos a recuperar el ser eclesial: la misión, y la apertura a los ciudadanos (los que compartimos la misma urbe).

Somos Iglesia, asamblea, familia, miembros del cuerpo místico del que Cristo es la cabeza. Esta conciencia de pertenencia, de arraigo en una familia tiene que bañar nuestra vida personal desde la oración silenciosa y comunitaria litúrgica, pasando por todo lo que llena nuestra jornada, sea el trabajo, el descanso, nuestra relación con los que nos son más próximos. Una Iglesia enviada a salir de su casa, de su templo, porque el templo de Dios, como lo ha dicho el gran poeta místico Juan de la Cruz, es el mundo, palacio que Él creo para que en él se celebrara el matrimonio de su Hijo con la humanidad. Los cristianos nos hemos arrinconado en nuestros templos, creados por nosotros y hemos perdido las dimensiones del Templo de Dios, que es la humanidad toda entera. Allí donde los hombres nos afanamos por vivir abiertos al Dios que nos congrega y llama para colaborar en su obra y Jesús esta en medio de quienes se reúnen en su nombre, consiente o inconscientemente, para llevar adelante su obra de unidad  y reconciliación, de creación de una nueva familia alternativa a la sociedad en la que nosotros vivimos en cada tiempo de nuestra historia. Nos llama a perfeccionar ese templo vivo que somos la humanidad hoy, con quienes nos precedieron y lo seguirá siendo con quienes continúenla historia de la humanidad, creadores de esa Nueva Humanidad, que nace de la muerte y resurrección de Jesús. Frente a la tendencia insolidaria, individualista que nace del hombre egoísta, falso; ese hombre viejo del que nos hablan las escrituras cristianas. Llevamos dentro a ese hombre viejo, apátrida y sin, o con escaso, sentido de pertenencia a la comunidad en la que vive, la Iglesia histórica en la que dice confesar su Fe; una Iglesia en búsqueda permanente de familia, que celebre su comunión a puertas abiertas para acoger a quienes deseen entrar en la sala del Banquete al que el Padre nos ha llamado a todos y nos sigue llamando. Iglesia familia, invitando a todos a entrar, porque hay sitio para todos.

Iglesia Misionera para sanar tantas heridas producidas por tantos gestos y comportamientos explícitos de exclusión, de marginalización. Iglesia Misericordia, en la que encuentran su sitio todos los marginados de la sociedad. Iglesia Casa Común, de la que todos nos sentimos constructores y habitantes, escenario de fraternidad en a que nadie deje de alegrarse por los que vuelven después de una corta o larga ausencia. Iglesia de Puertas Abiertas en las que todos puedan entrar para participar de nuestra esperanza y para colaborar en la recreación de las estructuras, para que sean cada vez mas humanas, más cálidas en la sociedad en la que vivimos. Iglesia que se goza, celebra todo lo que embellece la convivencia, respetando activamente la individualidad de cada quien , en camino de ser agente y artesano de la paz, de convivencia sin afinar excesivamente el perfil de un seguidor de quien es su Piedra Angular, puerta de entrada al rebaño del Buen Pastor, Jesús de Nazaret. Iglesia Misionera, incansable en la búsqueda de las ovejas perdidas o heridas por tantas experiencias de rechazo, de juicios sumarísimos, de fría distancia. Iglesia Servidora, sin mas pretensión que ser imagen de quien vino a servirnos y no ha servirse de nadie, para abrir caminos de amor y comprensión, sin mas herramientas que el Evangelio del amor. Iglesia Misionera, en la búsqueda paciente y amorosa de todo lo que une en la construcción de un mundo mas justo y mas humano en el que nunca se sacrifica a nadie en haras de ninguna ley de ninguna religión de ningún sábado; porque la persona esta por encima de toda ley y de todo sábado. La ley esta hecha para servir a la persona no la persona para servir a la ley. Una Iglesia en la que cada persona sea el centro de atención, de acogida, de servicio, de valoración y movilización para explicar un mundo que se aproxime a buena velocidad al Reino de los Cielos, predicado y anunciado por Jesús. Una Iglesia Misionera del Dios y Padre que nos ha revelado a Jesús, en la que todos son pocos para llenarla, construirla mano a mano, con el solido fundamente de la Piedra Angular que es siempre Jesús, el primogénito entre muchos hermanos. Iglesia Misionera del  Espíritu que nos hace a todos y a cada uno libres, no para el egoísmo que mata, sino para hacernos esclavos los unos de los otros por el amor. Iglesia humilde y paciente, audaz, buscadora de la verdad de Dios que nos desborda y buscadora también de la mejor persona que  cada uno llevamos dentro, como una mina en la que hay que ahondar para que la esperanza de que otro mundo es posible, donde habite la justicia y la paz, la realicemos a paso firme y bien entrelazadas las mano de todos los que quieren colaborar en ese nacimiento y consolidación de un mundo en el que todos nos sintamos verdaderamente hermanos, semejantes. Iglesia Misionera que tiene que responder a la gran pregunta  que Dios sigue haciéndonos a quienes creemos en Él y si tenemos conciencia de socialización, de vivir en comunidad, cualquier  hombre honrado también tiene que acoger esa pregunta también : ¿Dónde esta tu hermano? Esa es la pregunta que hizo Dios en las primeras páginas de la Biblia judía, en el génesis, que hemos hecho nuestra también, a Caín que acababa de matar a su hermano, simplemente movido por la envidia por la codicia, porque las obras de su hermano eran buenas y le daban en rostro! ¿Dónde esta tu hermano?  Es decir, ¿Qué lugar de tu corazón ocupa tu hermano? ¿respondes? ¿te haces cargo de él o lo dejas que camine en su soledad, solo, marginado? Quien ha creído, quien ha encontrado a Jesús de Nazaret no puede menos que otorgar la mano, brindar atención a su hermano, porque solo desviviéndose por el otro, podremos crecer nosotros mismos.

Nos ha recordado el Concilio Vaticano II, en la Gaudium et Spes “el hombre solo vive en plenitud cuando se entrega generosamente a los demás” y por supuesto acoge gozosamente y agradecidamente lo que los demás también hacen por el mismo, para llevarlo a esa plenitud de vocación a la que Dios continua llamándonos, plenitud de vocación que es personal e individual y que es la creación de una  sociedad mejor de la que recibimos, para entregarla a los que nos sucederán, de tal manera que realicemos en nuestras vidas la gran consigna de una mujer singular en pleno despertar de la modernidad (en el S. XVI) “ahora comenzamos y procuremos ir comenzando siempre de bien en mejor, no podemos dejar mejor huella de nosotros por los caminos de la historia que entregando a nuestros sucesores una sociedad, una Iglesia mejores que las que nos entregaron a nosotros los que nos precedieron” Esta es la gracia y este es el compromiso que empieza hoy, aquí y ahora, sobre todos nosotros los creyentes sobre aquel que vino a manifestarnos que Dios no nos creo para servirle, sino que nos creo para servirnos los unos a los otros y diciéndonos , para estimularnos, que cuanto le hiciéramos a uno de nuestros hermanos es a Él a quien se lo hacemos, porque Él, este Dios de amor  que confesamos los cristianos se identifica con cada uno de nosotros, con cada persona que nos cruzamos en nuestro camino por la historia.

 

 

4.     SALIR A ENCONTRARNOS.

                       

Se trata de prepararnos con una actitud contemplativa para salir sin miedo al encuentro de desconocidos.

Salir al encuentro de nuestros hermanos donde nos encontramos nosotros, para seguir la línea abierta por el misterio de Dios que se hace uno de nosotros, que sale de si a nuestro encuentro, ofreciéndose como hermano  como compañero de viaje. Dios se ha hecho uno de nosotros, a pisado nuestros caminos, es uno de la historia de la humanidad a la que pertenecemos y es ese hombre, Dios verdadero y hombre verdadero, que ha entrado en nuestra historia, la razón suprema de que nosotros entremos, acojamos, trabajemos la historia concreta que nos esta haciendo y modelando y que estamos haciendo y modelando en el aquí y ahora de nuestra existencia concreta. Sale de si el enamorado y sale siempre en dirección del bien del otro, el egoísta no sale de si y mientras que el enamorado saliendo de si, sirviendo, se hace, se renueva, vive progresivamente en plenitud, quien es egoísta muere de asfixia. Y salimos acompañando con la verdad del amor que nos conforma al captan del amor, que es Jesús y salimos al ritmo del Espíritu que alienta en nosotros como en el primogénito de muchos hermanos, para asociarnos a él, para acabar, enorme expresión del apóstol Pablo, llevar a la perfección lo que  falta de la Pasión de Jesús en favor de la Iglesia. Porque nosotros  no somos menos hijos de Dios que Jesús, aunque por distintos titulo, tenemos que vivir su misma historia personal, lo que falta, lo que a nosotros nos corresponde poner en el segmento histórico en el que vivimos para que se complete la obra salvífica, se realice en plenitud la obra salvífica que Jesús inicio y culminara. Jesús también salió al encuentro de los hombres y mujeres que sabiéndolo o no andaban también buscando al Esperado, al Mesías que estaba por venir. A unos Jesús los encontró en sus respectivos lugares de trabajo, junto al lago preparando sus redes, otros estaban cobrando impuestos, en las faenas ordinarias de las casas, a otros sacando agua del pozo, esperando entre la multitud que pasara Jesús. Unos les brindaron su casa, otros lo invitaban a la mesa, otras veces se invito, o se invito, Él. A todos les abría el horizonte del reino, de otra sociedad posible de comunión fraterna, invitaba a seguirle de cerca, a acompañarlo por los caminos de Palestina dejando sus ocupaciones de cada día, a otros los invitaba a seguirlos igualmente permaneciendo en las habituales ocupaciones pero tocados por su persona, muchos de estos pasaron a ser sus discípulos, pescadores de hombres como les dice Jesús. Cualquier lugar era propicio para el encuentro, para el anuncio de una Buena Nueva y una nueva manera de vivir. Quienes le escuchaban  quedaban señalados por su presencia, unidos en el, discípulos, y a su vez incitaban a ese encuentro que les había cambiado sus vidas; “hemos encontrado al Mesías, Jesús de Nazaret”. Él incitaba a quienes se encontraban y le preguntaban ¿donde vives? Y Él les decía “venid y ved”. Y nos invita a aproximarnos a ÉL, a entrar en contacto personal, insustituible con Él, para que bebamos en la misma fuente, en el  mismo pozo que Jesús, nosotros cristianos fascinados por la irrupción de éste hombre en nuestras vidas, nos sentimos enviados por Él a salir por los caminos de la vida a invitar a otros a conocer a este hombre, hacernos artífices de su gozo, de su verdad, de su vida. Invitamos, y subrayemos el verbo invitar, a volver a aquellos que habiendo sido encontrados antes por Él, se sintieron después sacudidos por la exigencia de vivir lo que el enseñaba, duro es este lenguaje le dijeron en alguna ocasión, o desengañados por sus seguidores que no han sabido tratarlos con la delicadeza con que el trataba a todos, pecadores o no, todos se sentían acogidos por Jesús. Cuando se produjo el desencuentro de los más próximos por su muerte ignomiosa, Él, Jesús, volvió a salir a su encuentro, a sus caminos de cada día, a sus faenas ordinarias y volvió a repetirle  su invitación, no estaba muerto, ni Él ni su palabra. Seguía invitando a seguirlo y ahora si los discípulos comprendieron, visitados por el Espíritu en el día de Pentecostés, que Jesús estaba de vuelta, que estaba allí, que su tumba no había sido el punto final de su andar. El rumor de su vuelta, de su resurrección acabo con todas las incertidumbres y con todos los temores y miedos de los más allegados durante su vida física entre nosotros y quienes creyeron, se convirtieron en caminantes de  los caminos de la humanidad y corrieron enardecidos con el anuncio de vida que habían aprendido del maestro. Nosotros hoy también queremos lanzarnos a las calles de nuestras ciudades, tal vez con la esperanza de que en un simple saludo, desencadene la profesión de Fe en quien ofrece la respuesta de vida que todos esperamos.

“Salimos al encuentro de nuestros hermanos, como tú Jesús, saliste del seno del padre para recorrer con nosotros los caminos de la historia, salimos contigo y con el Espíritu que te condujo, no nos dejes mirarnos a nosotros mismos, presos de nuestro miedo, esclavos de nuestra incertidumbre. En Tú nombre queremos volver a echar las redes con la seguridad en el poder de tu gracia, no en el nuestro. Revístenos de Ti, que Tú emerjas aun en medio de nuestras incertidumbres, de nuestras incongruencias, de nuestras negaciones de Ti, de nuestras pobres respuestas a tu invitación a ser Tus discípulos, Tus testigos auténticos y verdaderos, que Tú presencia en nosotros sea mas fuerte que nuestras debilidades, que Tú te hagas presente con fuerza para que nuestros hermanos te perciban  y acojan y pasen sin mayores dificultades, la incongruencia de quienes les anunciamos que Tú, no nosotros, eres el autentico salvador de todos.

Renueva en nosotros el Pentecostés primero que  encendió a tus cobardes testigos de ayer, convirtiéndoles en heraldos encendidos y encendedores de Tu presencia viva hoy. Tú envíanos Tú Espíritu y que nuestras comunidades reunidas en  torno a Ti disfruten de la presencia de Tu Madre, que nos sigues regalando como Madre Nuestra y que esta en medio de nosotros, reavivando el fuego de la primera hora del nacimiento de la Iglesia, semilla del reino, nosotros sentimos que continua enviándonos a Ti, exhortándonos, como buena madre, a hacer “lo que Tú nos digas”. Ella no salva a nadie tampoco, eres Tú el único salvador y aquí nos envías como palabra, única Palabra del Padre, palabra de luz de todo lo que somos y de luz sobre el Dios a quien Tú llamaste Padre y a quien nos invitaste a llamar “Padre Nuestro”

En Tú nombre salimos al encuentro de nuestros hermanos con la esperanza de ayudarlos a que se encuentren contigo, que no seamos obstáculo para que este encuentro personal contigo se realice en cada una de las personas con las que nos cruzamos en nuestra existencia. Que Tú Iglesia, Tú familia sea una comunidad en la que Tú manifiestes Tú presencia, que une, que congrega, que salva, que llena de esperanza nuestras vidas para que podamos continuar Tú obra en nuestra vocación de seguirte y hacerte presente. Que Tú verdad de Dios y de nosotros la hagamos nuestra y que  participemos  esto a nuestros hermanos, como el mejor servicio, el mejor don que les podemos ofrecer, porque Tú nos revelas la intimidad del Padre y Tú nos revelas nuestra insondable vocación humana, que es divina porque estamos llamados a ser tan hijos d Dios como Tú  y tan hermano los unos de los otros como Tú eres nuestro hermano primogénito.

Contamos contigo  Jesús y con tu Espíritu para hacer esta obra inmensa de alargar Tú Palabra en la historia de la humanidad, hasta que llegue la culminación y la plenitud de los tiempos que en Ti se iniciaron y que también en Ti culminaran.

 


1ª Conferencia "SITUACIÓN, AGENTES Y CONTENIDO DE LA NUEVA EVANGELIZACIÓN"
CONFERENCIAS

CONFERENCIA 1ª

SITUACIÓN, AGENTES Y CONTENIDO DE LA NUEVA EVANGELIZACIÓN

Introducción

El Concilio Vaticano II ha tomado muy en serio la situación en la que se encuentra el mundo y la Iglesia católica en relación con él, destinatario de nuestra Buena Noticia, y de nuestra relación con Él desde el sólido fundamento de nuestra fe, vivida, y predicada, en diálogo permanente:

-          Con la Palabra de Dios, comunicada aquí y ahora para ser vivida y ofrecida a la humanidad. Esto conlleva, exige:

-   abrirse a la Palabra de Dios, desde nuestra situación   

 -   y al mundo, en el cual el Espíritu de Dios obra, al que queremos presentar nuestra fe en Jesús.

 

·         La Iglesia, que se ha presentado siempre como “maestra de la verdad” —[Única]—, ha reconocido en este documento que “ha aprendido mucho del mundo y que le queda mucho por aprender”. ¡Giro copernicano: La maestra de la verdad se reconoce “discípula” de quien es el destinatario de su verdad!,  pues en él obra el Espíritu de la verdad.

 

·         QUE “BAJO LA LUZ DE Cristo”, “habla a todos para esclarecer el misterio del hombre” (GS 10b). Vamos a acercarnos, uno a uno, a estos puntos esenciales de referencia para entrar con buen pie en el sujeto que nos ocupa: ANUNCIAR HOY LA BUENA NUEVA DE NUESTRA FE CRISTIANA.

 

1. El mundo de nuestros días

 

El Vaticano II, al que vuelven y vuelven todos los documentos de Magisterio, nos lo presenta como una sociedad en cambio: profundo, rápido y universal (GS 4): “La propia historia está sometida a un proceso de tanta aceleración, que apenas es posible al hombre seguirla” (íi., 5, c). Una sencilla, interesante valoración: la socialización, “no siempre ayuda a la personalización” (ib., 6, e). Prosigue más adelante: “Las instituciones, la leyes, las maneras de pensar y de sentir, heredadas del pasado, no siempre se adaptan bien al estado actual de las cosas” (ib., 7, b)., “las nuevas condiciones ejercen influjo también sobre la vida religiosa” (ib., c).

Con y en este mundo nos encontramos, con, en y a éste somos llamados a vivir nuestra fe cristiana y a él somos enviados a anunciar la Buena Nueva del evangelio, de Jesús, “clave, centro y fin de toda la historia humana” (ib., 10, b).

“Bajo la luz de Cristo, imagen de Dios invisible, el Concilio, [nosotros hoy] habla a todos para esclarecer  el misterio” (ib.).

Pero en este mundo “el Espíritu está activamente presente”. Hay que  “oírlo” y aprender lo que nos dice (GS, 26, c), y además, “debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de sólo Dios conocida se asocien al misterio pascual” de Jesús (GS, 22, d), para realizar “la plenitud de la vocación humana, que es divina” (ib.).

Partiendo de este reconocimiento del mundo, la Iglesia confiesa con agradecimiento, que “ha aprendido mucho del Mundo [de cuanto Dios obra en el mundo, pues no lo abandona] y quiere seguir aprendiendo mucho del mundo”, lo que es propio de todo diálogo honesto, auténtico, y del reconocimiento expreso que el Espíritu de la Verdad y del amor, no reduce su actividad a la Iglesia.

 

 

2. El cristiano-comunidad creyente

 

Profesión clara “la fe todo lo ilumina con nueva luz y manifiesta el plan divino sobre la entera vocación del hombre. Por eso orienta la mente hacia soluciones plenamente humana” (GS, 11, a). “La fe, apoyada en sólidos argumentos, responde satisfactoriamente al interrogante angustioso sobre el destino futuro del hombre.” (ib., 18, b)

Pero:

-“La misma civilización actual, no en sí misma, pero sí por su sobrecarga de apego a la tierra, puede dificultar en grado notable el acceso del hombre a Dios.” (ib., 19,b)

            -“En la génesis del ateísmo pueden tener parte no pequeña los propios creyentes, en cuanto que, con el descuido de la educación religiosa, o con la exposición inadecuada de la doctrina, e incluso con los defectos de su vida religiosa, moral y social, han velado más bien que revelado el genuino rostro de Dios y de la religión.” (GS 19,c)  “El divorcio entre la fe y la vida diaria de muchos debe ser considerado como uno de los más graves errores de nuestra época.” (GS, 43, a) Por ajustar la vida hay que comenzar y para poder realizarse esa armonía, hay que conocer más y mejor nuestra fe y la situación en la que vivimos. “Testigos más que maestros”, dijo Pablo VI. “Testigos y excelentes maestros”, debemos decir siguiendo el pensamiento de Teresa, ¡ya en el siglo XVI!

La Palabra de recibida:

- es para vivirla —¡es vivible!— y para hacerla llegar con toda su fuerza a nuestros contemporáneos,  no inventada o hallada en cualquier laboratorio de teología      

            - sino acogida y asumida como luz y fuerza de nuestra vida, para que sea máximamente eficaz en nosotros y pueda llegar así a sus destinatarios. La Palabra de Dios nos identifica como Iglesia de Dios. Enviada a anunciarlo permanentemente. Siempre discípula de la Palabra, “escrutadora de los signos de los tiempos para acogernos y comprometerse con ellos”.

 

Sin poder decir en nuestra historia una palabra definitiva de la Palabra, sí decisiva, en camino, peregrinos de la Verdad que se nos ha ofrecido de una vez para siempre, “al paso de Dios”, en Jesús de Nazaret.

La Palabra definitiva, última en sí misma es Él, la PALABRA del Padre. Revelación total “objetiva”.

Abierta a una novedad inagotable en el curso de la historia en la que la recibimos y la ofrecemos: verdad  o revelación “subjetiva”.

Nos ha dejado dicho Juan de la Cruz: que “el misterio de Dios”(=Dios que se revela) se da, permanece “siempre escondido”, “tanto que, por más misterios y maravillas que han descubierto los santos doctores y entendido las santas almas…, les quedó todo lo más por decir, y aun por entender; y así hay mucho que ahondar en Cristo…”. “Una mina abundante”, inagotable, sin poder “hallar fin ni término”(C 37.4).

Introduzco ya un punto de reflexión esencial: La iglesia y cada uno de sus  miembros deben vivir en estado permanente de purificación, de conversión, en su proceso de conocimiento-asimilación-anuncio de la Palabra de Dios que es Jesús:

- Caminamos en nuestra búsqueda de Dios,  con un “embotamiento de la mente, que nos oscurece los bienes de Dios”. (3S 20,2)

- En la medida de nuestra limpieza interior, producida por la acción del Espíritu, las pasiones y los “apetitos desordenados” dejarán de motivar nuestro comportamiento, haciéndonos más capaces de acoger, vivir y anunciar la Palabra con fidelidad dinámica, en camino. (3M 20,2)

Nuestra capacidad receptiva y oblativa de la Palabra cree y se cualifica en el proceso de nuestra “necesaria y permanente purificación”. “La casta meretrix, que es la Iglesia y cada uno de sus miembros.” “Cambio de mentalidad.” (Rom, 12,1-2)

3. Contenido de la evangelización

El Vaticano II ha confesado con menos claridad y valentía que lo podemos hacer nosotros hoy,  no sólo confesando nuestros pecados de la edad media, de ayer, “que en la génesis del ateísmo pueden tener parte no pequeña los propios creyentes” (GS, 19,c), en cuanto que hemos “velado más que revelado” la imagen de nuestro Dios”; pues “el divorcio entre la fe  y la vida ordinaria de muchos” no priva de la credibilidad necesaria para “engolosinar” a nuestros contemporáneos con nuestro anuncio de Jesús.

Dos grandes núcleos se abren ante nosotros, indisociables, corren suerte común: La Imagen de Dios y la del la persona-comunidad. Teología y antropología “bajo la luz de Jesús: Dios verdadero y hombre verdadero. “He aquí Dios entre nosotros, con rostro humano y he aquí el rostro auténtico del hombre nuevo.” “Divino y humano junto”, según la formulación teresiana (6M 7,9).

A la tentación secular de negar la humanidad de Dios, ha sucedido la tentación de negar la divinidad de Jesús. Una y otra atentan profundamente a la antropología, a la imagen del hombre.

4.  Cristiano e Iglesia, en diálogo en el “Espíritu” con la humanidad

 

- Con la voluntad de ser antes que nada oyentes de la Verdad que opera el Espíritu en todos los que la buscan, creador de una nueva humanidad.

-  Búsqueda  necesariamente en  diálogo interreligioso, con todos los que quieran participar.

-   Evitando dogmatismos excluyentes que se presentan siempre como impositivos.

-  Apuntando siempre más a la integridad de la vida en relación que al purismo de las expresiones, pues todos “los términos y vocablos con que esta vida se trata de las cosas divinas” son “impropios”, y ve el místico “cómo es imposible, por vía y modo natural, aunque más alta y sabiamente se hable”, “poder conocer y ni sentir [experimentar] de ellas [de las cosas divinas] como ellas son”. (2N 17,6,b)

- Un poco más de humildad = verdad es necesaria para presentar como anunciadores de la Verdad inabarcable de nuestro Dios y Hombre como se nos dado en Jesús.

 


2ª Conferencia ”JESÚS, DIVINO Y HUMANO JUNTO”

2ª CONFERENCIA

JESÚS, DIVINO Y HUMANO JUNTO

Introducción

Desde las profundidades del AT nos llega la pregunta: “¿Dónde está tu Dios?”. Nuestro mundo “parece” que ha hecho verdadera la solemne proclamación de Nietzsche “Dios ha muerto”, que hoy podría retraducirse: “no nos interesa, pasamos de él”. El filósofo alemán nos dijo, además, con una cierta lógica implacable: “Dicen que Dios creó al hombre a su imagen y semejanza. Comprendo que el hombre cree dioses a su imagen y semejanza”. Y directamente hablando a los cristianos, a los que fustiga tan implacablemente:

“Voy a volver atrás, voy a contar la auténtica historia del cristianismo. Ya la palabra ‘cristianismo’ es un malentendido, en el fondo no ha habido más que un cristiano, y ése murió en la cruz. El ‘evangelio’ murió en la cruz. Lo que a partir de ese instante se llama ‘evangelio’ era ya la antítesis de lo que él había vivido: una ‘mala nueva’, un disevangelio”.

Y continúa:

“Es falso hasta el sinsentido ver en una ‘fe’, en la fe, por ejemplo, en la redención por Cristo, el signo distintivo del cristiano: Sólo la práctica cristiana, una vida tal y como la vivió el que murió en la cruz, es cristiana… Todavía hoy esa vida es posible, para ciertos hombres es incluso necesaria: el cristianismo auténtico, el originario, será posible en todos los tiempos”[1].

Acojamos estas palabras, al menos, como una seria, ¿angustiosa? palabra de quienes andan buscando a Jesús. Por eso no podemos pasarla por alto en esta reflexión. Acudamos al refrán tan sabio: “Dime con qué Dios andas y te diré quién eres”. Los cristianos lo estamos confesando desde el principio de la formulación de nuestra fe según la filosofía griega: Jesús es, a la vez, verdadero Dios y verdadero hombre, dos naturalezas, una persona, o centro emisor de todos sus actos humanos.  

Nuestra vocación humana, de todos, la ha formulado así la GS: “La razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la unión con Dios”. “Desde su mismo nacimiento, el hombre es invitado al diálogo con DiosY sólo se puede decir que vive en plenitud de la verdad cuando reconoce libremente ese amor y se confía por entero a su Creador.” (GS 19, a; 21, d). “La vocación suprema del hombre en realidad es una sola, es decir, divina.” En consecuencia, “debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que en la forma de sólo Dios conocida, se asocien a este misterio pascual” (GS 22, e).

Puesto que es Jesús quien “manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación” (GS 22, a). Es partiendo de Dios como llegaremos a captar bien “la única creatura terrestre que él [Dios] amó por si misma” (24,c).

El cristiano no puede hablar de Dios en sí mismo nunca. Puede hablar de lo que realiza, hace en su historia personal y en la del mundo. Jesús es la epifanía de Dios, La Palabra de Dios y del hombre nuevo, de la nueva humanidad, de la que es cabeza.

El Vaticano II habla de todos “bajo la luz de Jesús”, “clave, centro y fin de toda la historia humana” (GS 10,b). De muchas maneras antiguamente…, (Heb 1,1-2). Juan de la Cruz parafrasea. Antes y después de ofrecernos este texto de la carta a los Hebreos:

Antes: “En darnos, como nos dio a su Hijo, que es una Palabra suya, que no tienen otra, todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra, y no tiene más que hablar”.

Y después de la cita neotestamentaria: “En lo cual nos dio a entender el apóstol que Dios se ha quedado como mudo y no tiene más que hablar” (2S 22, 3-4). De aquí la consigna: “Oídle a él”, “pon los ojos sólo en él” (ib., 5). “No tengo más fe que revelar” (5).

Misterio “siempre escondido” (C 37,4).

1. Revelador de Dios sirviendo a sus hermanos, hasta morir en su empeño.

Jesús, con su vida consagrada a sanar todas nuestras heridas, derribando todos los muros de separación y alejamiento los unos de los otros, buscando toda las ovejas perdidas, revela la intimidad de su Padre, el para qué de la creación y de la recreación-redención. La donación de Dios al Hombre “mostrando su amor al mundo”. “Sin hacer alarde de su categoría de Dios.” Desciende hasta el último puesto: esclavo que lava los pies a sus discípulos, bella eucaristía según Juan para decirnos “que hagamos nosotros lo mismo que nos dice de celebrar la cena eucarística en memoria suya”.

Tenemos que leer atentamente la vida del hombre Jesús, en Quien el Padre nos abre de par en par su insondable intimidad. Parece que los biblistas están de acuerdo en la interpretación de las palabras de Juan: “Dios es amor” (IJn 3, 9) más que una “definición” de Dios, como principio, es una “conclusión” a la que se llega leyendo la vida de este hombre, Jesús de Nazaret de Dios. Viendo la manera de su vivir no podemos decir sino que Dios es amor.

Con razón un buen teólogo de nuestro tiempo ha dicho que hay que construir la cristología, por lo tanto el seguimiento, partiendo de la jesuología: un hombre entregado incondicionalmente a la voluntad de su Padre, manifestándola en la donación libre de sí, hasta morir, “no buscar su propio agrado” (Rom 15,3). La causa de Dios es el hombre. Así lo ha manifestado su Hijo, perdiéndose a sí mismo en favor de los demás.

Teresa de Jesús “define” a Jesús diciendo que “nunca tornó por sí” (C 35,3). Nunca se cuidó de sí mismo, nunca se prestó atención. Su obsesión era revelar al Padre, “cuya voluntad era su alimento” (Jn 4, 34), “esclavo nuestro en el sacramento eucarístico” (C 33,3-4), “parece que se ahonda en esto”(ib., 4, b). “Por hacer la voluntad del Padre y hacer por nosotros, se dejará cada día hacer pedazos” (ib., 4,4).

Juan de la Cruz dirá que su vida, de principio a fin, vivió totalmente desprendido de sí, “se vació a sí mismo”, sensitiva y espiritualmente y “aniquilado en todo”, sensitiva y espiritualmente, en la experiencia del abandono del Padre en la cruz, “hizo la mayor obra que en toda su vida con milagros y obra había hecho, que fue reconciliar y unir al género humano por gracia con Dios”. Lanzándose, inmediatamente, con la siguiente palabra a sus lectores, a los seguidores de ese Hombre-Dios, Dios-hombre: “para que entienda el bien espiritual, el misterio de la puerta y del camino de Cristo para unirse con Dios, y sepa que cuanto más se aniquilare por Dios…, tanto más se une a Dios y tanto mayor obra hace” (2S 7,11,b).

No es extraño, aunque nos resulte duro reconocerlo la conclusión a la que llega el doctor místico al final de este gran capítulo de “jesuología”:

“No me quiero alargar más en esto, aunque no quisiera acabar de hablar en ello, porque veo es muy poco conocido Cristo de los que se tienen por sus amigos. Pues los vemos buscando en él sus gustos y consolaciones amándose mucho a sí, y no buscan ‘sus amarguras y muertes’ [de Cristo]  amándole mucho a él” (ib., 12).

 

2. Revelador del hombre nuevo

Leemos en  la GS: “En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado” (22, a). “Cristo manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación.”(ib.)   

Un gran teólogo ha dicho que, afortunadamente, hoy estamos fundamentando nuestra cristología en la jesuología, en lo que nos cuentan las primeras fuentes de nuestra fe: los evangelios de Jesús. En la vida concreta de ese hombre, Jesús de Nazaret, están bien soldadas y salvadas las dos consistentes realidades en un “yo”, tan divino como humano, totalmente divinizado, haciendo siempre y en todo la voluntad de su Padre.

- No hay más Dios que el que contemplamos en su sacramento original y originante,  Jesús de Nazaret: “el que me ve, ve al Padre”. Visión que no nos remite a los ojos de nuestro cuerpo, sino a los de la fe que perfora la realidad física y alcanza la “otra”, en la que se apoya, la que le da la verdadera “forma”, principio identificador de su vida, que Jesús llama la “voluntad de su Padre”.

- Ni hay más hombre que el que Jesús, el “Nuevo Adán de la nueva humanidad”, nos revela

-  Ni otro Dios que el que en Él se manifiesta

- bien unidas estas dos dimensiones, y bien sincronizadas en su desarrollo en la unidad de su ser.

- Dios se ha humanizado, sin desdivinizarse, sin empequeñecerse. En Jesús se nos muestra nuestra humanización perfecta, adentrándonos en la intimidad del mismo Dios, “divinizando nuestra humanidad, sin disolverla”.

 

Nuestra propuesta evangelizadora es una lectura creyente y creíble, en sí misma para quien contempla desprejuiciadamente este hombre tan divinamente hombre y tan humanamente Dios: creíble en nosotros, persona y comunidad eclesial, que confesamos, testificamos lo que es nuestra vida en el deseo movilizador y en la realidad en marcha, hasta poder decir “con temor y temblor” (Pablo VI, Ecclesiam suam), como Jesús: “quien me ve, ve al Padre”. Sacramento del sacramento, en quien—palabra de una creyente de nuestro tiempo—, con una seria, evangélica  teología existencial, formuló: “ser una humanidad adjunta a la del Verbo en quien Él realice los misterios de su Vida”. “Ser Él.”

Así se identificó Pablo e identificó la  personalidad del cristiano, del que sigue a Cristo, aun sin conocerlo: “Vivo yo, mas no yo, vive en mí Cristo”.   Y Teresa de Jesús oraba con ímpetu amoroso: “Muera ya este yo, y viva en mi otro [yo], que es más que yo y para mí mejor que yo, para que yo le pueda servir; él viva y me dé vida” (“Excl 17.3).

 

Lo expresó con justeza teológica, y exactitud existencial, la primera Doctora de la Iglesia: “Divino y humano junto” (7M 7,9), Jesús, y sus verdaderos seguidores. Él Dios que se humanizó, humaniza divinizando a quien le sigue. Otra línea negaría la más divina y humanamente bella realidad abierta por Dios en la nueva creación, y que confesamos como el misterio frontal de nuestro Dios: hacerse uno de nosotros, corriendo con todos los riesgos de expresar su divinidad insondable en una humanidad  bien limitada en el tiempo y en el espacio.

Aquí entra ya la fe. Acoger y confiarse a este Hombre-Dios, Dios-hombre que ha tenido la audacia de decir, parece que caso único en la historia de las religiones: “quien me ve, ve al Padre”. “El Padre y yo somos UNO.” 

 

3. Creer es confiarse a este “Dios humanado” que se ha expresado en nuestro lenguaje.

 

Y lo ha roto. Como corresponde a los místicos que hablan de Dios partiendo de su experiencia: se ven “obligados a romper”, con aporías, “oxímoron”. El evangelio está lleno de estas afirmaciones: “quien pierda su vida, la ganará; quien muera —no se habla aquí de la muerte biológica— vivirá”. Juan de la Cruz, el gran místico y el gran lingüista, habla de “Llama que consume y no da pena”, “de llama que tiernamente hiere”, de “soledad sonora”, “noche amable, luminosa”.

Las virtudes teologales son nuestra estructura personal más íntima que hay que desarrollar.

¡Qué mal nos ha hecho “reducir” la fe a una gavilla de verdades y expresadas de una vez para siempre y para todas las culturas! ¿Llevándonos a hablar de una “fe muerta”!

La fe para el gran místico Juan de la Cruz es una comunión de vida entre Dios “la única creatura terrestre que Dios amó por sí misma”(GS 24, c).

- La fe es como únicamente puede Dios comunicarse, ofrecerse a su creatura: “oculto”, “velado” por “exceso de luz” y de amor. El contenido de la fe es Dios mismo. Éste es el “oro” de la fe, como dice Juan de la Cruz.

- Si la fe es el único “medio próximo” en el que Dios se manifiesta “velado”, debe ser el único medio próximo de la persona para “unirse con Él:

-  Unirse a él es participar su vida.

- Las formulaciones en las que confesamos nuestra fe en Dios, no en las fórmulas, apoyados en ellas, son “la plata” de la fe, que habrá que limpiar y pulir para que el “oro” de la fe aparezca lo máximamente posible en quienes confesamos nuestra adhesión a Dios.

-  Esta “fe que engendra la esperanza y obra por el amor” es la única verdadera fuente de

- purificación “de todo lo que no es Dios”, verdad y amor

- y de unión con él. Dos realidades que corren suerte paralela, aunque nosotros, discursivos, tengamos que expresarlas en dos tiempos. Purificación de todas las imágenes de Dios que pueblan nuestro imaginario religioso, idolillos para nuestro gusto no más, para satisfacer al yo egoísta insatisfecho “por esencia” y que puede conducirnos al máximo individualismo intransigente, “dogmático”, excluyente y separador, creador de la propia “religión”; hoy, minando nuestro sentido de pertenencia al grupo, a la familia, exiliándonos del paraíso de la relación interpersonal y hundiéndonos en un individualismo suicida, personal o grupal.

 

Creer es confiarse a Jesús. Ponerse en sus manos. O, como acostumbran nuestros místicos: “dejar a Dios ser Dios” en su relación con nosotros.

No podemos confiar en la eficacia de nuestra condición de buenos testigos apoyándonos en lo que hacemos, sino en Él, Jesús y el Espíritu que nos ha enviado.

Sería un error que quisiéramos entrar en competencia de eficacia con los poderes de este mundo.

Nuestra eficacia tiene otro origen y no cuenta sólo con la cadencia del tiempo histórico, aunque en él se va fraguando el reino de los cielos, lo definitivamente definitivo, que introdujo en este mundo la resurrección de Jesús que opera en nosotros.

Pero la muerte está muerta y la vida sigue su camino hasta su manifestación plenaria.

Un avance muy real del triunfo de la vida, aquí, en el marco histórico de la primera etapa de nuestra existencia, se nos ofreció de manera absoluta en Jesús, y plena también, aunque relativa, en proceso siempre en este “eón” en aquellos en quienes ha muerto todo lo que no es Dios, y su vida desborda Vida de Dios (Ll 2,16).  En él hemos resucitado todos.

 



[1] El anticristo, Alianza Popular, Madrid, 1974, p. 69.


3ª Conferencia "EL DIOS DE NUESTRA FE"

3ª CONFERENCIA

 

EL DIOS DE NUESTRA  FE

 

Introducción

Himno de san Pablo (Ef, 1,3-14) Designio de Dios por Cristo: “elegidos”, “consagrados”, “adoptados por Hijo en su Hijo”, “derroche de generosidad”, “toda bendición en el Espíritu”, “antes de crear el mundo”.

Hemos oído al Vaticano II decir que la vocación de la persona humana es única, es decir, divina, que es el tope infinito de nuestra más íntima vocación humana, “creados a la imagen y semejanza de Dios”.

El corazón de la Lumen Gentium, la Constitución sobre la Iglesia, “luz de las gentes”, encontramos el bellísimo capítulo 5º titulado “La llamada universal a la perfección”, a la plenitud siempre en términos de relación de amistad, Dios-la persona humana.

Ya hemos oído la afirmación de la GS: “Debemos creer que el Espíritu santo ofrece a todos la posibilidad de que, en la forma de sólo Dios conocida, se asocien al misterio pascual” de Jesús (22, e).

Jesús ha muerto por nosotros para que vivamos con y como Él nuestra condición filial y fraternal —en la nueva humanidad que él pone en marcha—, pero no nos ha dispensado sino positivamente asociado a su muerte, producida por la entrega decidida a la vida que de Él nos llega. Y para que compartamos con Él la obra redentora de la humanidad, como verdaderos hijos de Dios.

 

1. Dios nos ha llamado a ser UNO con Él en el amor

Los Cristianos que Dios, en su Hijo, “Emmanuel”, Dios “humanado” 2S 22, 6, a) con nosotros. La Encarnación de Dios es el misterio de Jesús, es el Evangelio, la Buena Noticia. El gran poeta y místico, Juan de la Cruz, formula su fe en poesía Misterio trinitario: “Tres personas y un amado”,  “un amor  y un amante los hacía y el amante es el amado en que cada cual vivía”.

Este Dios entra en nuestra historia con esta misión y anuncio que Juan pone en boca del Padre, el Enviante, dirigida al Hijo:

“Al que a ti te amare, Hijo,/ a mí mismo le daría,/ y el amor que yo en ti tengo/ ese mismo en él pondría” (R 2).

 “Propuesta” que nos hace nuestro Dios en y por su Hijo Jesús. Hijos en el Hijo, no menos que el Hijo. El teólogo se apresura a matizar: “Él por naturaleza”, nosotros “por adopción” la misma filiación, por diferente título. Llamados a ser “UNO” por amor, como veremos en la escuela de Juan de la Cruz.

 

2. Quién es nuestro Dios y qué nos ofrece 

 

¿Hemos acogido la Gran Buena Nueva “Dios es amor”? Dios es autodonación: Don y DONANTE.  AMOR que Se entrega, que nos comparte Su vida —¡porque no tiene nada “fuera” de sí mismo, ni menos de sí mismo que participarnos!—. “Amar es salir de sí y entrar en el amado”, “pasar de sí al amado”. Éste es el viaje de Dios. Y por eso es posible el nuestro a Él, entrar vivamente, pasiva y activamente, en su misterio de amor comunitario.

La plenitud de esta revelación de Dios es Jesús, que inaugura el “último tiempo”, la plenitud del tiempo, la propuesta definitiva que Dios-Padre hace a cada uno y a la humanidad. Él es Dios en nuestra realidad creatural. Por Él se nos abre el camino de “vuelta”. Entrar en Dios en plenitud filial de relación intratrinitaria.

Un Dios de máximos. Teología del exceso. Sin marcha atrás. Y sin excluir a nadie del banquete de su Vida. “Antropología de máximos”, del exceso divino: Verdaderamente llamados a ser Dios por “participación”.

Ofrezco algunas formulaciones de Juan de la Cruz y Teresa de Jesús:

Dirigiéndose a cada “tú”, Juan pone estas palabras en boca de Dios: “YO SOY TUYO Y PARA TI Y GUSTO DE SER TAL CUAL SOY POR SER TUYO Y PARA DARME A TI” (Ll 3,6).

Recio y agudo defensor de la razón en todo lo que toca la vida de la persona, también, y cabría decir que más en la relación con Dios, puesto que él nos ha creado racionales, Juan escribe “que no hay necesidad de nada de eso [comunicación de Dios por vía sobrenatural, fenómenos místicos], pues hay razón natural y ley y doctrina evangélica, por donde muy bastantemente se puede regir”, conducir la persona (2S 21,4). Y sigue presionando sobre la importancia básica de conducirnos racionalmente: “Y tanto nos habemos de aprovechar de la razón y doctrina evangélica, que, aunque ahora queriendo nosotros, ahora no queriendo, se nos dijesen algunas cosas sobrenaturales, sólo habemos de recibir aquello que cae en mucha razón y doctrina evangélica… Y entonces recibirlo, no porque es revelación, sino porque es razón” (ib.).

Introduce este texto con un principio de filosofía que él enuncia así: “Cuando uno ama y hace bien a otro, hazle bien y ámale según su condición y propiedades”. Aplica el principio: “Y así tu Esposo, estando en ti como quien él es te hace mercedes”. (Ll 3, a)

Insistirá más tarde en esta racionabilidad del Dios que “se comunica y obra no menos que como Dios”. Escribe en el prólogo de Llama: “no hay que maravillar que haga Dios, tan altas y extrañas mercedes a las alma que él da en regalar, pues si consideramos que es Dios y que las hace como Dios y con infinito amor y bondad, no nos parecerá fuera de razón” (2).

La acumulación de su experiencia de Dios y la que había constatado, por ejemplo, en Teresa la convirtió en un principio: “Dios ninguna cosa ama más bajamente que a Sí, porque todo lo ama por Sí…”. “Amar Dios al alma es meterla en cierta manera en sí mismo, igualándola consigo.” (C 32, 6) Y esto lo hace “para mostrar [revelar] quién él es” (C 33,8).

Amontona aquí y allí, en la etapa de culminación de la unión con Dios, textos asombrosos para presentarnos la imagen de Dios que quiere comunicarnos: “el deseo de Dios sólo es de engrandecer al alma”, y “como no hay otra cosa en que más la pueda engrandecer que igualándola  consigo, por eso no se sirve sino de que le ame, porque la propiedad del amor es igualar al que ama con la cosa amada… igualdad de amistad” (C 28,1).

Antes ya había acuñado frases preñadas de la comunicación desenfrenada y sin medida de Dios, confesando su fe recia y sólida, y para ver si llegaba a borrar de nuestro imaginario tantas falsísimas ideas de Dios, que han fomentado la opción del humanismo ateo: Niego a Dios para salvar la dignidad del hombre. ¿Qué hubieran hecho tantos de estos ateos si se hubiera convertido en doctrina teológica desde las primeras catequesis a los estudios superiores en nuestras facultades de teología, esta imagen de Dios, partiendo de Jn 15, en la que hemos dado en llamar “Oración sacerdotal”, en la que Juan de la Cruz creyó y se comprometió a colaborar con este Dios?: “Comunícase Dios en esta interior unión al alma con tantas veras de amor, que no hay afición de madre que con tanta ternura acaricie a su hijo, ni amor de hermano, ni amistad de amigo que se le compare. Porque aun llega a tanto la ternura y la verdad de amor con que el Inmenso Padre regala y engrandece a esta humilde y amorosa alma…, que se sujeta a ella verdaderamente para engrandecerla, como si él fuese su esclavo y ella fuese su Dios, ¡tan profunda es la humildad de nuestro Dios” (C 27,1). ¿Adónde queda el Dios que nos creó para servirle?

Éste es el Dios que se nos reveló en Jesús, el Dios que nos ama no menos que como Dios, que ha convertido a la persona humana en “su causa”, “la razón de su ser”, para ponerse a su servicio. “Jesús no buscó su propio agrado” (Ro 15, 3). Jesús, según Teresa, es “el que nunca tornó por sí” (C 35,3), el que se hizo “esclavo nuestro”, y “parece que se honra de serlo” (C 33,4).

Mujer de 47 años encierra el curso de su vida con esta luminosa frase, preñada de la verdad de Dios: “No parece que os quedó a Vos nada por hacer para que desde esta edad [6 ó 7 años] no fuese toda vuestra” (V 1,9).  Y así formulará su doctrina partiendo de su experiencia: “Dios anda buscando a quién dar” (6M 4,12).

Podríamos, y creo que con provecho, continuar aduciendo textos teresianos para abundar en la imagen de Dios que nos transmite partiendo de su experiencia para ver si nos consagramos más a recristianizar nuestra vida y lenguaje, al tiempo que los desreligionizamos. El evangelio es Jesús, enviado por el Padre, para darnos a conocer su intimidad divina. Y a él seguimos. Dios “no anda buscando otra cosa, sino tener a quién dar” (6M 4,12), “y no querría hacer otra cosa si hallase a quién” (MC 6,1); aun en el espacio del tiempo, en el que el contraste de su pecado se le presentaba más fuerte y agudo, no pudo menos de confesar lo que estaba viviendo: “con grandes regalos castigábais mis delitos” (V 7,18). “Dios no se muda, no cambia.” Éste es el significado esencial de la sentencia teresiana: Dios es divinamente fiel a sí mismo. No tiene marcha atrás.

 

Y más adelante, escribe, hablando de sí: “primero me cansé de ofenderle, que su Majestad dejó de perdonarme”. E inmediatamente sienta la doctrina: “nunca se cansa de dar, no nos cansemos nosotros de recibir” (V 19, 17). A menos de un año de su muerte, nos ofrece la clave de lectura de su personalísima historia de salvación, respondiendo a un sacerdote que acaba de escribirle diciéndole el gran bien que le ha hecho la lectura del libro de Teresa: “Qué cosa es la misericordia de Dios, pues mis maldades han hecho bien a vuestra merced, y con razón, pues me ve fuera del infierno que ha mucho tengo bien merecido, y así intitulé este libro ‘De las misericordias de Dios’ ”.


4ª Conferencia "CAMINO DE UNIÓN CON DIOS, CAMINO DE PURIFICACIÓN, DE RECREACIÓN, HUMANIZACIÓN, DIVINIZACIÓN"

4ª CONFERENCIA

 

CAMINO DE UNIÓN CON DIOS, CAMINO DE PURIFICACIÓN, DE

RECREACIÓN, HUMANIZACIÓN, DIVINIZACIÓN

 

 

Introducción

“Cristo… manifiesta al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación.” (GS 22, a)

Cristo “murió por todos, y la vocación suprema del hombre en realidad es una sola, es decir, divina. En consecuencia, debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que en la forma de sólo Dios conocida, se asocien a este misterio pascual” (GS 22, e).

Nuestra suprema vocación, divina, se nos ha dado con total gratuidad, pero no se nos ha dispensado de “participar” en el “misterio “pascual”, “paso” de muerte y vida, sino que se nos ha concedido la gracia  de vivir la vida divina-humana en la escuela de Jesús. No sin razón hablamos del “seguimiento de Jesús”. Porque vocacionalmente participamos totalmente de su vida. Nuestro proceso de cristificación es la participación real de este tránsito de la muerte a la vida. Al final de la conferencia presentaré y comentaré un grandioso texto teresiano sobre nuestro misterio pascual.

Juan de la Cruz ha expresado esto con claridad escribiendo:

“El desposorio [matrimonio], plenitud de vida de comunión, se hizo de una vez, dando Dios al alma la primera gracia… Mas éste [del que nos habla el santo ahora] es por vía de perfección, que no se hace sino muy poco a poco, por sus términos, que, aunque es todo uno, la diferencia es que el uno se hace al paso del alma, y así va poco a poco; y, el otro, al paso de Dios y así se hácese de una vez” (C 23,6).

 

1. La renovación y purificación propia bajo la guía del Espíritu Santo (GS 21, d).

“Con la fuerza del Evangelio, [el Espíritu] rejuvenece a la Iglesia, la renueva incesantemente y la conduce a la unión consumada con su Esposo”(LG 4), “santa y, al mismo tiempo necesita de purificación” (LG 8, c), “casta meretrix”. El proceso de muerte a lo “antiguo” es exigencia intrínseca de la “nueva vida” que gratuitamente la baña y que le —nos da a cada uno— la gracia para morir al hombre viejo —“todo lo que no es Dios”— para que su vida llene cumplidamente todo nuestro ser —comunidad-“hombre nuevo”-“nueva humanidad”—. “Lo viejo ha pasado.”

Es el misterio pascual que se realiza progresivamente en nosotros y no sin nosotros.  Por eso, permanente necesidad de la Iglesia, de cada una de las personas, en la religión que sea o sin ella, porque exigencia intrínseca de la “única vocación del hombre, divina”.

Dios permanentemente obra en nosotros: Obra de amor, de comunión. Por eso mismo, de purificación y muerte de todo lo que se opone a la Vida. “Dios, porque nos quiere bien, nos quiere bien solos, con gana de hacernos Él toda compañía. De aquí se sigue la parte que nos corresponde: será menester que [cada uno] advierta en poner ánimo en contentarse sólo con ella [la compañía de Dios].” Con la siguiente nota psicológica: “para que en ella [en Dios] halle todo contento; porque, aunque el alma esté en el cielo, si no acomoda la voluntad a quererlo, no estará contenta”[1]. El amor es al mismo tiempo vida y muerte. Unión y negación, purificación de cuanto se le opone a esta vida de comunión con el VIVIENTE.

La acción permanente de Dios opera, a la ve, en esta doble dirección convergente:

            - acción de Dios, que llamará Juan de la Cruz, hablando desde el hombre, pasiva

- acción de la persona, activa, una y otra forman una realidad, a lo largo de todo el proceso del “misterio pascual” personal o comunitario;

pedagógicamente, el doctor místico las trata por separado, para ganar en claridad señalando, al mismo tiempo, el proceso, de “fuera”, “exterior”  a “dentro”, de los “sentidos”, al interior hasta llegar a las raíces del yo.

Camino de unión, camino de purificación.

- en sincronía perfecta de principio a fin        

- “paso” de la muerte del “hombre viejo”, al nacimiento y consolidación  del hombre nuevo.

Recreación del ser. Historia accidentada de una relación de progresiva humanización y divinización de la persona hasta que el amor “nos dé la forma de Dios, o de Cristo, en nuestra realidad humana, que llega de este modo a su plenitud, plenitud que desborda la naturaleza, trascendiéndola, pero perfeccionándola y ajustándola, al proyecto de Dios, proyecto “divino”, unitario, cuya máxima revelación se nos ha dado en Jesús de Nazaret, máximamente humano y máximamente divino.

El santo, fino teólogo, nos dice que hay una “correspondencia”, “semejanza”, “entre la unión hipostática de la naturaleza humana con el Verbo divino, [una persona, sustentadora de las dos naturalezas en Jesús, centro emisor de todos sus actos], y la unión del hombre con Dios (C 37,4), [“un amor y una voluntad”] entre Dios y la persona [una voluntad, la de Dios, que es ya la voluntad de la persona. Por eso, no dudará el santo en afirmar que los actos de estas personas son “divinos”.

La purificación, negación, muerte  de que habla Juan de la Cruz, que no sólo no es contra nuestra condición humana, sino que es su potenciamiento máximo; en ella no se niega nada de lo que pertenece a la naturaleza, se humaniza todo: sentidos, pasiones, instintos, apetitos, deseos desordenados, potencias interiores, memoria, entendimiento y voluntad, “sin excluir ni desechar nada del hombre”, todo él es amor (2N, 11,5). Se acaba así el desgarramiento entre las fuerzas ciegas del  “hombre viejo”, y se despliegan poderosamente las fuerzas de la misma naturaleza humana, en armonía, con el plus, de la superación de sus márgenes naturales por el agente “principal” que rige la existencia humana: el Espíritu de Dios.

Cito de nuevo las palabras de Juan de la Cruz, poniendo de relieve la acción de Dios y acentuando su obra de vida y de muerte: muerte “que me tenía sin la vida de Dios en la que ahora me veo vivir”, porque es obra de Dios prioritaria y principalmente, aunque con la generosa y sostenida colaboración  de la persona: “Llagásteme para sanarme. Mataste en mí lo que me tenía muerta en la vida de Dios en que ahora me veo vivir” (Ll 2,16).

La muerte del hombre viejo, la vida del hombre nuevo que nace de la muerte y resurrección de Jesús, y que alienta en nosotros su Espíritu. Muerte que se produce en nosotros por el empuje y acoso de la nueva vida que “habiéndome herido [enamorada]/ salí tras ti clamando / y eras ido”.

Precede siempre la gracia, el amor de Dios que, acogido, nos fortalece para “salir” de una manera de ser y “entrar” en otra manera de vivir.

Esta fuerza del amor, de la Persona que nos enamora, acosa al hombre viejo:

“Buscando mis amores [mi Amado], / Iré por esos montes riberas; /  Ni cogeré las flores,/  Ni temeré las fieras, /

Y pasaré los fuertes y fronteras” (C 3)

 

Vuelve  Juan de la Cruz sobre la fuerza renovadora de amor cuando el proceso está ya muy avanzado, y con el deseo de explicar a los “amigos” de antes lo que ha producido el cambio:

 

“Pues si ya en el ejido / De hoy ya más no fuere vista ni hallada,/ Diréis que me he perdido; /Que andando enamorada,/

         Me hice perdidiza, y fui ganada” (C 29).

Hay un amor que se apodera progresivamente de la persona y que progresivamente la aleja afectivamente de la manera de vivir antes (sin referencia al estado, moral,  espiritual en el  que vivía), simplemente que hay un desplazamiento valorativo y afectivo de un “antes” al que se niega lo que “antes” vivía o le entretenía, que pasa a un segundo y tercer plano, porque el primero le corresponde ahora a Otro. Esto supone una reorientación de la vida.

Con finura estilística de este gran orfebre del lenguaje, escribe: “Todas las cosas le son nada. Sólo su Dios para ella es el todo” (Ll 1.32). Precisa más la dinámica de la opción positiva que hace positiva la necesaria “negación” o renuncia: “para entrar en la divina unión, ha de morir todo lo que vive en el alma, poco o mucho, chico y grande, y el alma ha de quedar sin codicia de todo ello y tan desasida, como si ello no fuese para ella ni ella para ello” (1S 11,8). Una renuncia que no es fruto de una opción amorosa, no sólo no es cristiana, sino que positivamente daña a la persona.

Quien voluntariamente “padece” un amor que le “puede”, no tendrá ni conciencia de privarse de nada, de renunciar a nada, puesto que nada niega, sino que todo quiere vivirlo a la luz de su vocación “única, es decir divina”, según la verdad de todo, porque su conciencia está totalmente invadida por la fuerza liberadora de la verdad y del amor manifestados en Cristo.

Cuando en la conciencia comienza a “pesar” la renuncia, hay que encender la linterna de Diógenes para diagnosticar con presura los primeros síntomas de un desarreglo en la salud del espíritu, del hombre interior.

 

Conclusión

Con su doctrina de la simbólica “noche oscura” Juan de la Cruz se sitúa y desarrolla vigorosamente la doctrina paulina de la antítesis hombre viejo-hombre nuevo. O, si queremos, el misterio pascual de Jesús que es el nuestro. Su doctrina es profundamente evangélica, según él “doctrina sustancial y sólida” (S pról 8), “grave palabra y doctrina” (1N 13,3).



 


5ª Conferencia "ABIERTOS A DIOS EN LOS ESCENARIOS EN LOS QUE SE NOS MANIFIESTA"

5ª CONFERENCIA

 

ABIERTOS A DIOS EN LOS ESCENARIOS EN LOS QUE SE NOS MANIFIESTA

 

Introducción

Nuestras ancestrales deficiencias, muchas y graves, del Dios y Padre que se nos ha revelado en Jesús, tienen mucho que ver con los “lugares” o “medios” en los que Dios SE nos manifiesta. Mejor, con quién se comunica: con la persona creyente, que escucha y asiente. La revelación de Dios, su donación no existe si no hay persona que le acoja. Y la religión nos ha conducido a esto: no hay persona en condiciones de acoger a Dios, revelado en Jesús, porque no hemos formado para la fe, sino para los ritos y obras de piedad o hasta de misericordia.

Hasta el ministerio apostólico, el apostolado se presentaba como un consumir “gasolina”, acumulada en la “vida de piedad”, o se le condenaba como activismo. No contaba ni cuenta, en los últimos documentos del magisterio, entre los “medios” para cultivo de nuestra comunión con Dios, como fuente que la nutre y profundiza.

Hay que lamentar todavía se siga sin dar importancia en la “formación” a construir el “yo”, el sujeto que ora, que se entrega al servicio de los demás, que goza y sufre, que busca un camino o que se niega a buscarlo.

Justo esta atención a formar al sujeto, al yo relacional, se han consagrado los místicos, concretamente los del Carmelo:

- Juan de la Cruz fundamentando todo en las virtudes teologales.

 - Teresa en la relación de amistad. Los dos con un único objetivo: formar un yo relacional. 

- El doctor místico fundamenta todo su edificio espiritual en las “virtudes teologales, que propone como ‘único medio próximo’ de unión y de purificación”.

- Todo lo demás pasa a segundo término, “medios remotos”, cuyo valor depende de su punto de sutura de partida y de llegada en las virtudes teologales.

- Que nos dicen siempre la última palabra sobre cómo vivir todo, la oración y el apostolado, el trabajo de cada día, porque nos entrega la verdad más íntima de todo.

Dejando totalmente abandonado el mundo de las relaciones interpersonales, de nuestro trabajo por perfeccionar el mundo que Dios nos ha entregado para que seamos co-creadores suyos, el campo del servicio directo o indirecto al prójimo. Y, ante todo, dejando de lado al sujeto que “escucha”, receptor de la revelación. A esto han ceñido los maestros del Carmelo sus enseñanzas: donde no hay sujeto no hay revelación.

Hemos silenciado el primer y más excelente medio, “lugar” de la manifestación de Dios en el ejercicio del amor, don de sí, acogida del otro.

El embellecimiento del mundo como casa de todos sin exclusión, “palacio”, según Juan de la Cruz, construido  por Dios para “celebrar las nupcias de su Hijo con la humanidad”, y podemos añadir, y la de cada uno con él: Pues es en el aquí y ahora del mundo en el que solamente se produce el encuentro de Dios con nosotros, la experiencia de Dios, su salvación.

- “En esto conocerán que sois mis discípulos, si os amáis mutuamente.”

- “Quien ama conoce a Dios y vive en él.”

 - Quien hace el bien al prójimo lo hace a Dios: Porque él se ha identificado con cada uno de sus hijos. Y quien “conoce la condición de Dios”, dice Teresa sabe que él SE comunica, abre su verdad, a quienes sirven a sus hijos.

- En la nueva, desde el evangelio, es formar sujetos creyentes, abiertos al Don de su propia vida que Dios nos hace y que libremente la acogemos y respondemos, “al paso del hombre”. La fe, tan exigida por Jesús, para poder actuar en nosotros.

 -Si no hay sujeto no hay actos humanos, apertura en acogida y donación a Dios y a los demás.

 

1. ¿Dónde se comunica Dios? O mejor: ¿con quién se comunica?

Donde encuentra a la persona abierta para recibirle. Una persona creyente.

Con este principio se quiere resaltar que antes de señalar lugares o acciones en las que Dios se revela, hay que apuntar con decisión a la persona capaz de acogerlo allá donde se encuentre.

Lo que pedagógicamente se traducirá en la voluntad iluminada de formar a la persona, a la comunidad para que sea capaz de descubrir a Dios que se manifiesta y revela, que se da.

Educación que tiene mucho que ver con la escucha y acogida, vivir en presencia de Dios, con la interioridad, espacio en que Dios es “oído”, “percibido”, y en el que y desde el que se le responde. La interioridad es la capacidad de la persona para la relación personal con sus semejantes y con Dios. Esto le irá dando su identidad relacional, humana-cristiana.

Una interioridad que, en el lenguaje de los místicos, está constituida de “sentidos interiores; el silencio meditativo-contemplación en fe, antenas que, cultivadas, nos abren el espacio del conocimiento más allá de la realidad que tocamos y vemos con los sentidos “exteriores”, que suministran a las potencias interiores materia para “espiritualizar”, “interiorizar” el conocimiento superficial que nos entregan los sentidos, y más allá del discurso racional, el conocimiento “general de la fe”.

La interiorización progresiva nos irá dando la capacidad de percibir la acción de Dios en todo lo que humanamente hacemos bien humanizándonos más, viviendo a niveles más hondos de relación con “todo”, y  así todo lo que hagamos o dejemos de hacer se convertirá en potenciador de nuestra relación con Dios y con los demás y lo demás.

Y haciéndonos capaces de la traducción de nuestra experiencia, confesando nuestra relación con el Misterio, se exprese en los términos que se exprese, y como toda expresión, sobre toda la experiencial, será más o menos luminosa, entendida, según la experiencia del oyente o lector.

Pero lo que yo quiero decir ahora, es que todo lo que vivimos, hacemos o “padecemos”, ahonda y califica nuestra relación con Dios, “robustece”. “Entre los pucheros anda Dios” (F 5, 8).

 

 


6ª Conferencia "LA ORACIÓN - AMISTAD"

6ª CONFERENCIA

 

LA ORACIÓN - AMISTAD

 

 

“Quiso Dios, con su bondad… revelarse a Sí mismo… En esta revelación, Dios invisible, movido de amor, habla a los hombres como a amigos (Ex 33,11; Jn 15,14-15), trata con ellos para invitarlos y recibirlos en su compañía.” (DV 2) “El encuentro personal, amistoso con Dios, es un don de creación”. Exigencia intrínseca del amor que, gratuitamente, Dios derrama en nuestros corazones, y que nos capacita para la respuesta libre.

Desde hace tiempo hemos padecido en la Iglesia un dominio absoluto de la oración, como si fuera la clave de toda la vida cristiana. ¡Cuando no, la única! Y pensando siempre en la “práctica” de la oración, achacando a su falta todos los males de las personas creyentes, sacerdotes, religiosos.

Con el agravante, incomprensible, de la escasa pastoral de la oración y pedagogía de la misma.

 

Ha correspondido a una mujer, Teresa de Jesús, definir o describir la oración como “un encuentro entre amigos”. E insistir, como nadie, en la auténtica pedagogía, tendente a formar la persona orante. Ella ha insistido en la oración como un trato de amistad, relación interpersonal, con momentos en los que la conciencia se intensifica, a lo que llamamos “hacer  oración”.

Una definición-descripción que no se ha tenido en cuenta, ni siquiera en el Catecismo Universal de la Iglesia, que la cita fuera de lugar y sin una palabra que recoja el pensamiento de la autora de la misma.

Y, sin embargo, es necesario y urgente aproximarnos a Teresa, como lo dijo explícitamente Pablo VI, en la homilía de la eucaristía en la que la declaró “doctora de la Iglesia”, 27/septiembre/1970.

 

 

1. Oración-amistad

 

Si nos detenemos un poco en la carga significativa de esta palabra, amistad, nos daremos cuenta de su importancia para entender y vivir la oración en esta clave de amistad.

- relación entre dos Personas, en la que Dios lleva la iniciativa marcando de entrada la respuesta del orante: donación libre de sí mismo, indisolublemente unida a la acogida del Otro: libre y voluntaria, no impuesta.

- en un proceso de interiorización en el que las personas en relación se acogen-dan en niveles más íntimos de solidaridad [moradas teresianas], en la construcción del castillo interior [personalidad] un “nosotros”, que va pareja con el desarrollo, la verdad de la propia singularidad.

- amistad, vida y acto por excelencia humanos. Esto requiere tenerse en cuenta para formar desde el principio al orante para que sus actos de oración sean verdaderamente humanos: libres, acogiendo al Amigo y dándose a él interiorizando la relación y extendiéndola a toda la vida.

- como una manera de vivir: la oración-amistad se abre a la vida, es vida, antes que acto de oración. Apertura a la vida, como lo diré en la pedagogía, construyendo un yo relacional, solidario con el Amigo-Dios.

- en el interior de la fe, que es la única forma de poder hablar con verdad, de una relación interpersonal.

- con espíritu de gratuidad. La oración no entra en la categoría de lo útil, para o en vistas a. La oración no es para nada, se justifica en sí misma. ¡Y ahí está su valor!

- en sí misma la oración, como todo en el cristianismo, seguimiento de Jesús, es un servicio a los demás, significando al Dios gratuito que nos convoca, que es el que da el crecimiento a cuanto favorece una vida digna.

- el acto de oración es una exigencia intrínseca de la amistad, no el cumplimiento de ninguna ley, en el que se tiene más viva conciencia de quién es Dios, quién soy yo. “Escuela de verdades.” (C 22) No en la que nos unimos a  Dios, o en los sacramentos, pues a Dios nos unimos allí donde son operativas las virtudes teologales, “el único medio próximo de unirnos con Dios” y entre nosotros; lo que quiere decir que todos los otros medios son remotos, relativos a las virtudes teologales: su valor de ellas les viene y si a ellas nos conducen.

- la oración-amistad es una manera de ser, una “manera de ser”; que exige o tiende interiormente el encuentro explícito, “en soledad”, tiempo y espacio para “estar con quien sabemos nos ama”. O para que “Él esté con nosotros” (V 8,8; 7M 3,9; C 29,6). La oración es comunión. Nada del amigo  nos es extraño, y nada de nosotros se excluye de la relación con él.

- aquí conviene recordar el posicionamiento teresiano con relación a “la sustancia de la perfecta oración”, en lo que se opone a la postura de muchos de sus contemporáneos ¡y de nosotros! (F 5, 2).

- según dice Teresa, para muchos “la sustancia de la oración perfecta” consiste “en pensar mucho”, en dedicar mucho tiempo al acto de oración, meditando y reflexionando, “estando” con Dios en soledad.
 - para ella está en “amar mucho”. Por la simple razón que “todas las personas son hábiles para amar” (F 5,2). Luego “el aprovechamiento del alma, no está en pensar mucho sino en amar mucho” (ib.).

- Lo que le obliga a plantearse la cuestión: “¿Cómo se adquirirá este amor? Sobre la cuestión cabalga la respuesta. Y así precipitadamente Teresa responde: “Determinándose obrar y padecer”. Pronto nos dirá qué entiende por “padecer”. Con una inevitable palabra sobre el acto de oración, sobre todo en los principios de la vida de amistad con Dios: “Bien es verdad, que del pensar lo que debemos al  Señor y quién es y lo que somos nosotros (acto de oración), se viene a hacer una alma determinada a amar —continúa Teresa— y es gran mérito y para los principios muy conveniente”.  Empujada por la catarata de su pensamiento, se apresura a matizar: “Mas entiéndase” que uno se podrá entregar al acto de oración “cuando no hay de por medio cosas que toquen en obediencia o aprovechamiento de los prójimos. Cualquiera de estas dos cosas que se ofrezcan, piden tiempo  para dejar el que nosotros tanto deseamos dar a Dios, que, a nuestro parecer, es estarnos a solas pensando en él Dejar esto por cualquiera de estas dos cosas, es regalarle y hacer por él” (ib. 3).

Rápidamente también, porque su experiencia de Dios y de sí misma se vuelcan sobre su pluma, escribe, respondiendo a los que defienden que la “sustancia de la perfecta oración está en “pensar mucho, “estándose a solas con Él”, Teresa dice que “quienes conocen la condición de Dios” no pueden obrar sino como ella dice, entregarse servicialmente a los demás, también en el ejercicio de la oración, pero priorizando la expresa, explícita al prójimo, y esto resulta evidente en la línea de la Encarnación (ib. 5). A este Dios “no se le puede atar las manos con parecer que no nos puede aprovechar sino por un camino”, el de la oración en soledad (ib. 5).

Prosigo este pensamiento teresiano: Dios-amor tiene todos los caminos abiertos para comunicarse con nosotros y unirnos a él allí donde se ama, se sirve a sus hijos, como lo dejó bien claro enviándonoslo para mostrarnos su amor, consagrando su vida entera a esto: al servicio directo y explícito al prójimo. La causa de Jesús es el hombre, porque es la causa de su Padre. Y porque por eso vivió, murió como había vivido. Todo en la vida de Jesús revela esta dedicación a sus hermanos, porque sabe que esta es la voluntad de su Padre. Luego:

            -  hay que poner siempre por delante, en todo, el servicio generoso, desinteresado a los demás, en todo lo que se haga: principio supremo de comportamiento para un seguidor de Jesús.

            - La argumentación es simple y convincente: “es la condición de Dios” darse a sí mismo a los demás. Dios nada quiere para sí. No lo necesita, dice Juan de la Cruz (C 28,1). Como buen padre, Dios prefiere que atendamos a sus hijos antes que a él en el recogimiento de nuestra oración. Es la condición de Dios: Y Teresa aduce el texto bíblico: “Lo que hiciéreis a uno de estos pequeños —necesitados— a mí me lo hacéis”. Dios se identifica con los necesitados de atención.

            - Teresa, que antes no pensaba así, ha visto el crecimiento espiritual de personas conocidas, muy ocupadas en el servicio al prójimo y a la obediencia. Y las ha visto “muy medrados en las cosas espirituales” (F 5,8).

            - En este marco ha estampado su frase: “Entre los pucheros anda Dios”.  En las cosas más ordinarias de la vida. Por supuesto, dándose, robusteciendo el espíritu de quienes así obran. 

Benedicto XVI acaba de destacar la dimensión misionera de la oración  escribiendo sobre Teresa: “abrigar con la oración el quehacer apostólico; proponer un modo de vida evangélica que fuera modelo para quien buscaba un camino de perfección, desde la convicción de que toda auténtica reforma personal y eclesial pasa por reproducir cada vez mejor en nosotros la «forma» de Cristo (cf. Gal 4,19). No fue otro el empeño de la Santa ni el de sus hijas”(Benedicto XVI, Carta al obispo de Ávila en el 450º aniversario de la fundación del primer monasterio de la reforma teresiana).

 

2. Pedagogía de la oración

 

 

Camino de Perfección es un catecismo de formación, personal y comunitaria, “buenos amigos de Dios”, en plan de reconquistar la unidad de la Iglesia, rota por el movimiento protestante.

Después de exponer en tres capítulos el carisma, “Buenos amigos de Dios”, en misión de servicio  al mundo que “está en llamas”, a Jesús, “que quieren crucificar de nuevo”, “a la Iglesia que está por los suelos”, Teresa plantea la cuestión: “¿qué tales habremos de ser?”. No dice qué tenemos que hacer, como se ha traducido hasta hace cuatro días a las diversas lenguas, y la mayor parte de los lectores, dejándose llevar del imaginario formado por siglos de historia.

A la doctora mística le preocupa el ser; por aquello que el hacer sigue al ser, o que cada uno obra como es, es el ser el que está en cuestión, pues ésta es la Buena Noticia: hemos nacido hombres nuevos en Jesús, lo viejo ha pasado. Ahora somos criaturas nuevas. Y hay que empeñarse en su desarrollo.

 La Maestra de oración nos da esta consigna: “La verdad-humildad te hace libre para amar”. Tres pilares para elevar sobre ellos el orante, el amigo de Dios.

Y en esto se detiene Teresa durante largos capítulos: No tiene prisa por hablar directamente de la oración. Sí las tienes y grandes para hablar del orante, para formar la persona amiga, de Dios, capaz de la relación personal con él, y capaz de entregarse con los demás en la creación de una comunidad, una sociedad nuevas, sobre la roca de la novedad aportada por Jesús en la humanidad.

A quienes se tomen en serio estas tres líneas de creación del nuevo ser, Teresa les asegura que, “aunque no sean muy contemplativas estarán muy adelantadas” en la comunión con Dios; mientras que, por el contrario, quienes no cultiven estas tres cosas con esmero, no podrán ser muy amigas de Dios, aunque les parezca que son muy orantes, y si pensaren que son muy amigas de Dios se engañan, pues “es imposible” (C 4,4), sin esas tres cosas tan necesarias.

Sentenciará más adelante: “se ha de ver el amor, no en los rincones sino en medio de las ocasiones”, (F 5, 15). “¡Recia cosa sería que sólo en los rincones pudiésemos traer oración…” “EL verdadero amante [orante] en toda parte ama [ora] y se acuerda del amado” (ib. 16), vive anclado en Él.

 

Conclusión

 

Tanto el acto explícito de oración como el servicio directo y explícito al prójimo, valen en la medida del amor que los fecunda. Aunque el signo del servicio cuente más para los observadores superficiales, tanto el de la oración como el del servicio a los demás, no añade nada a la realidad de la vida íntima, cualificada más o menos por el amor.

Así, no es más orante quien consagra su vida a la oración u ora más tiempo, que el que está más entregado a la acción en favor de los demás. O viceversa. Sino quien realmente es más hombre nuevo en la terminología de Pablo. O más amigo. “Dios no mira tanto la grandeza de las obras como el amor con que se hacen.” (7M 4,18) Y Juan de la Cruz: “A la tarde [de la vida] te examinarán en el amor” (DLA 39). Por eso, “la mayor necesidad que tenemos para aprovechar es de callar a este gran Dios con el apetito y con la lengua, cuyo lenguaje que Él más oye, sólo es el callado amor”(DLA 131), que después  que Dios entiende”.

Dicho de otro modo: no es el signo el que da calidad y grandeza al acto, a la vida, sino la vida la que da calidad y grandeza al signo, al acto concreto, oración o acción. No nos precipitemos diciendo que en la oración, en los sacramentos nos unimos a Dios, ni en lo que hacemos al prójimo, sino en la fe y el amor que fecundan todos nuestros actos, haciéndolos más humanos y más cristianos.

 


Jornada de Espiritualidad Urbana (I)

JORNADA DE ESPIRITUALIDAD URBANA

Preparando el Encuentro de Pastoral Urbana 2012

Región Buenos Aires

p. Maximiliano Herraiz  ocd

4 de agosto de 2012

 

Respuestas Grupales a la pregunta:

¿Cuales son las principales características que debe tener la espiritualidad del creyente en la urbe?

 

Grupo 1

 

Escucha – conversión – oración – hacer la Palabra  viva, comprender la realidad e involucrarse – adherir, revelar  y entregarse a la “persona de Jesús”.

___________________________________________________________________________________________________________________

 

Grupo 2

 

  Cristo céntrica – peregrina – alegre y entusiasta – empática – consciente – solidaria – testimonial – sencilla – coherente – humilde – abierta – comunitaria – contemplativa – admirativa.

___________________________________________________________________________________________________________________

 

Grupo3

 

Dejarnos interpelar por una realidad diversa – Estar abierto al dialogo para fortalecer los vínculos – Testigos auténticos como hijos de Dios, siendo verdadero eco de Jesús – tener la capacidad de escucha – Ser discípulos alegres y esperanzantes en la realidad que vivimos.

___________________________________________________________________________________________________________________

 

Grupo 4

Tener una identidad clara de ser hijos de Dios -  Que seamos reconocidos por el amor – Desarrollar las capacidades de sembrar , dialogar , ser compasivos

___________________________________________________________________________________________________________________

 

 

Grupo 5

 

Experiencia de Dios – Salir de uno al encuentro del otro – Apertura al dialogo – Alimentar  nuestra fe desde  nuestra comunidad – Tener la certeza de sentirme amado por Dios.

___________________________________________________________________________________________________________________

 

Grupo 6

 

Estar afianzados en Cristo – Escuchar al otro, valorar a la persona – Una espiritualidad no evasiva, no imperativa – Espiritualidad mas encarnada que toma dimensiones personales y sociales.

___________________________________________________________________________________________________________________

 

Grupo 7

 

Sensibilidad y apertura ante los otros y sus necesidades (compartir) – Capacidad de inserción en las realidades temporales – Ser testigos mas que maestros – Disposición en el servicio (compromiso) – acentuar la escucha en la realidad urbana – adecuación del lenguaje.

___________________________________________________________________________________________________________________

 

Grupo 8

 

Reflejar la imagen de Dios Padre que nos revela Cristo, para ser testigos y mediadores por la acción del Espíritu Santo – Ser dóciles  para el encuentro con el otro, que es encuentro con Dios. Encuentro entre el yo y el tu para que suscitando la comunidad Dios se haga presente en la ciudad. – afianzarse en la Esperanza para  crecer y perseverar en el peregrinaje hacia la plenitud del Encuentro con Dios.

___________________________________________________________________________________________________________________

 

Grupo 9

 

Tener corazón permeable, abierto- Saber escuchar – coherencia -  paciencia – transparencia – orantes.

___________________________________________________________________________________________________________________

 

Grupo 10

 

Oración  - Alimentarse de la Palabra – Abiertos al amor de Dios, buscarlo y confiar en el -  vivir como testigos – coherencia entre fe y vida – escuchar, ser humilde – esperanza – actitud de servicio.

___________________________________________________________________________________________________________________

 

Grupo 11

 

Crecer en una espiritualidad comunitaria , aunque la individual no esta mal – Mejor formación para ser misioneros en una  urbe tan individualista – Mejor formación para comunicarnos fuera del ámbito de fe ( parroquial) – Contar con formas de exteriorizar los valores cristianos (muchos o pocos) a nuestros semejantes  - Vida de oración personal para transmitir a la vida comunitaria.

___________________________________________________________________________________________________________________

 

Grupo 12

 

Una espiritualidad centrada en Jesucristo clara y concreta, al servicio del hermano – Una mirada de las personas y de la realidad positiva, amplia, entrando en dialogo con ellos de igual a igual – Saber escuchar, ir al otro con amor, que todo lo que hagamos sea con amor – tener una postura contemplativa, observar lo que esta pasando y descubrir allí a Dios.

___________________________________________________________________________________________________________________

 

Grupo 13

 

Apoyada permanentemente en la oración – Originada en la escucha que nos pone en el lugar del otro – Que utilice todos los medios y herramientas disponibles – Muy atenta al obrar del espíritu y confiada en su presencia

___________________________________________________________________________________________________________________

 

Grupo 14

 

Coherencia entre la fe y la vida, formación y oración para poder discernir lo que Dios nos pide – Encontrarnos con el amor de Dios, para poder amar como él nos ama – Reflexión bíblica (lectio divina) para encontrarnos con Cristo – Adoración Eucarística – Así como el contacto de Jesús con el Padre, así debe ser nuestro contacto con  Cristo para llegar al Padre (a través de la oración) – Oración, fe y amor; oración para que eleve nuestro compromiso. Necesidad e encontrarnos con cristo en la comunidad. Tener conciencia de ser hijos de Dios.

___________________________________________________________________________________________________________________

 

Grupo 15

 

Sabernos amados por Dios que nunca se cansa de dar, multiplica nuestras riquezas espirituales porque el peregrina por nuestras vidas – El saberse amados nos dará reflejo de Cristo y nos invita a reconocer que Dios ama al otro igual que a uno mismo. – Una espiritualidad vivida en comunidad de fe, esperanza y amor, de puertas abiertas a la bondad – Una espiritualidad practica donde Dios se funde en nosotros para dar amor al otro, amor que se transformara en gestos concretos, en un ida y vuelta – Una espiritualidad que se alimenta de la oración personal, comunitaria y una adoración eucarística – Ser oyentes para transmitir la Palabra y darle un buen acompañamiento espiritual a nuestros hermanos.

___________________________________________________________________________________________________________________

 

Grupo 16

 

Aceptar que Dios es Dios (yo no soy Dios, el tiempo es de Dios) – tener contacto con El (oración, Adoración eucarística) para poder dar un servicio que salga desde adentro – testimonial –  Cercanía – Actitud de escucha – Aceptación ante lo distinto y/o diferente – Ver a dios en todos los seres humanos, en cada persona.

___________________________________________________________________________________________________________________

 

Grupo 17

 

La constante e intima relación con Jesús – Contemplar las necesidades de la realidad – Escuchar, ser oyente y dialogar – No ser indiferente – respetar las diferencias.

___________________________________________________________________________________________________________________

 

Grupo 18

 

 Amor -  Encuentro personal con Jesús – Relación interpersonal con Dios y como consecuencia al otro – Apertura incondicional de aceptación al hermano – Deseo permanente de conversión – Integrado a una comunidad

___________________________________________________________________________________________________________________

 

Grupo 19

 

Orante – Contemplativa – Oyente, escuchar con el corazón -  Conocimiento de la realidad –  Abierto a los cambios – transparencia – Testigos de Cristo.

___________________________________________________________________________________________________________________

 

Grupo 20

 

Transparentar a Cristo – No tener miedo, abandonarse al Espíritu Santo – Apertura frente al otro, escucharlo – Escucha atenta de la Palabra de Dios – Orante – Disponibilidad aquí y ahora, en el servicio – Perseverar en el tiempo

___________________________________________________________________________________________________________________


Jornada de Espiritualidad Urbana (II)

JORNADA DE ESPIRITUALIDAD URBANA

Preparando el Encuentro de Pastoral Urbana 2012

Región Buenos Aires

p. Maximiliano Herraiz  ocd

6 de agosto de 2012

 

Respuestas Grupales a la pregunta:

¿Cuales son las principales características que debe tener la espiritualidad del creyente en la urbe?

 

Grupo 1

Hacer experiencia profunda del amor de Dios

Capacidad de escucha, atención  y respeto hacia la realidad urbana

Trabajar sobre el ser de la persona, ayudarla a reconciliarla con su vulnerabilidad

Formación que sostenga una espiritualidad vital, fecunda en lo personal y comunitario.

Unirnos a esfuerzos de otros y con otros, con formación y trabajo espiritual.

Signos concretos, sencillos, creíbles de acercamiento al contexto urbano.

___________________________________________________________________________________________________________________

Grupo 2

 

 La paciencia y la humildad

Desarrollar el espíritu de contemplación, para experimentar que no estamos solos y ver a Jesús en el otro.

Cultivar el Espíritu familiar y el sincero afecto por el otro

Acercar a Jesús eucaristía a todos, hacerlo accesible para todos.

___________________________________________________________________________________________________________________

Grupo 3

 

Acercamiento a la espiritualidad popular  y a los otros.

Disfrutar con la alegría la fe en el Ser y el Hacer.

Debe ser Cristo Céntrico y antropocéntrica

Que tenga en cuenta el encuentro con uno mismo, con el otro y con el medio ambiente.

La gratuidad en la oración y en la actividad diaria del creyente.

Ser transparente al amor de Dios.

___________________________________________________________________________________________________________________

 

Grupo 4

 

Ser contemplativos en la necesidad del prójimo

Salir del templo y la cercanía con la gente

Espíritu de comunión entre todos los creyentes

Vivir como cristianos y actuar como tales.

Ser creativos con un estudio de campo.

Misericordia, paciencia y cordura. Como transmitir un valor sacramental cuando no esta en consonancia con la gente.

___________________________________________________________________________________________________________________

Grupo 5

 

Dios esta en la realidad diversa a la que nos acercamos

Aprender a escuchar a mi hermano profundamente

Tener espiritualidad generosa y misericordiosa ante las diversas realidades.

Debe tender a buscar la verdad

Disponibles para dialogar

Seguir siempre con la mirada de Dios, no bajar los brazos.

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Grupo 6

 

Humildad que sepa escuchar, imitar, pensar y dialogar.

Capacidad de discernimiento

Testimonio de un Cristo Vivo

Tener vivencia del Dios que vive en la ciudad

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Grupo 7

 

Mirada positiva de la humanidad

Transmitir esperanza y sentido

Aceptar lo diverso, vínculos y dialogo

No ir a dar contenidos sino a esperar la pregunta. Si no se da no importa. Lo que importa es el amor.

Misericordia, Actitud y espiritualidad

Frente a nuestros interrogantes abrirnos a la formación permanente y a la apertura.

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Grupo 8

 

Debe ser una espiritualidad contextualizada cultural y socialmente

Debe ser una espiritualidad que considere los signos de las manifestaciones de la religiosidad popular

Las estrategias de evangelización deben incluir tanto las formas de misión tradicional como las nuevas tecnologías.

Debe incorporar la escucha y la sensibilidad por la realidad del otro.

Debe tomar sobre todo el AMOR como eje, considerando un proceso de crecimiento reciproco de quienes participan de el

Debe tender al crecimiento e integracion en comunidad.

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Grupo 9

 

Servicio a los hermanos, a la parroquia y al Señor

Escucha, dispuesto a recibir al otro

Estamos abiertos nuestros corcones

Reflejar a Jesús en todo los momentos, ser espejo de la Buena Noticia

Llevar la Palabra y la Ley como regalo de Dios

Una espiritualidad comprometida con lo social.

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Grupo 10

 

Como cristianos el amor, el vinculo, la fe en el otro, confiar, brindarse al otro, escuchando acompañando, apertura a la comunicación.

Dar testimonio de una esperanza, par que los demás también encuentre la fuente de mi alegría. Templanza para guiar al otro en la búsqueda de su deseo de la felicidad plena.

Acompañamiento al hermano, encuentro pleno para la edificación espiritual en comunidad. Actitud dialogante, entrega gratuita teniendo presente la libertad de cada uno.

Capacidad de  “ver”, “escuchar” y “dialogar” para una mejor aceptación de los cambios.

Peregrinos.

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Grupo 11

 

Oído atento a la necesidad de las personas.

Gran capacidad de dialogo

Desde la experiencia del amor misericordioso personal de Dios, ser misioneros y anunciadores.

Capacidad para reflexionar, reavivar y cambiar. Animarse a romper las estructuras.

Ser Iglesia – Comunidad que este cercana, que convoque, lenguaje simple.

Liturgia que celebre la vida

Renovar la mirada en Jesús.

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Grupo 12

 

Escuchar, revalorizar el ser y los vínculos.

Descubrir los nuevos modos de comunicación y encuentro.

Apertura

Actitud misionera, ir a buscar al hermano

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Grupo 13

 

Escuchar, respetar aceptar.

Conocernos a nosotros

Poner en práctica la espiritualidad. Ser coherentes con lo que creemos.

Salir a la gente

Abrirnos a la gente

Poder ver las necesidades.

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Grupo 14

 

Respeto

Acompañamiento

Escucha

Inclusión

Estar atentos adonde Dios me llama a amar en cada momento

Tolerancia

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Grupo 15

 

Tener una mirada valorativa del entorno

Saber crear vínculos

Tener una espiritualidad testimonial que cuestione

Saber escuchar

Saber dialogar de igual a igual

Espiritualidad encarnada, realista

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Grupo 16

 

Hermandad, sentirse hermanos de todos, parte de la misma familia en la diversidad de la ciudad

Hospitalidad y Acogida, que escuche a las personas y las recibe como imagen de Cristo.

Salir de nosotros mismos, no quedarnos encerrados en la Iglesia.

Poner de manifiesto el Amor Gratuito en las obras que vamos haciendo.

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Grupo 17

 

Encuentro personal con Jesús (Kerigma). Escuchar la palabra en nuestro ser., por la oración llegar a la transformación.

En el mundo tenemos que llevar la semilla (Palabra). Ser autentico testigo. Tener una apertura de escucha con la Palabra.

Vivir en comunidad en el fruto y la acción. Misión en contacto con los hermanos.

A través de la vocación concreta materializarnos la Palabra de dios como proceso posterior a la integración para llevarla a la acción.

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Grupo 18

 

Actitud de dialogo, actitud de aprender y de recibir. Buscando discernir los signos de Dios en la Historia.

Gratuidad, “saber perder tiempo”, escuchar con el corazón abierto sabiendo respetar el tiempo, el ritmo, el proceso.

Encuentro con la Palabra que nos descubre a Jesús y nos da la certeza del amor del Padre que nos llena de gozo.

Conciencia de la necesidad de caminar hacia el Hombre Nuevo, a través de la purificación que nos hace transparencia de Dios.

Profundizar la capacidad de dar y recibir, de saber asombrarnos de la presencia de Dios en los demás.

Una espiritualidad integral que abarca todas las dimensiones del ser humano. Lo humano y lo divino se abrazan.

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Grupo 19

 

Una espiritualidad que escucha.

Espiritualidad abierta, cercana y alegre.

Espiritualidad encarnada en la realidad del hombre de hoy.

Espiritualidad en un lenguaje de hoy (imágenes)

Espiritualidad con los tiempos de la gente.

Espiritualidad testimonial.

Espiritualidad con presencia de Dios.

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Grupo 20

 

Abiertos al prójimo, a la otra persona

Dialogar, reconocernos

Ayudar a descubrir a Jesús persona, como presencia viva, bajarlo de los altares y revisar nuestra idea de Dios.

Amor, amistad.

Conocer nuestra fe, profundizar en nuestro ser creyente

Purificar nuestros imaginarios, prácticas.

Cultivar la amistad con Dios, par volcar lo vivido con el hermano

Resinificar lo ritual y nuestra oración como encuentro y no como lugar de petición; y ayudar a descubrirlo en lo cotidiano, humildad de vivir, la autenticad de como vivimos esta relación de amor con Dios  y con el hermano. No podemos anunciar algo que no vivimos salir del acartonamiento de las estructuras.

Anunciar desde la experiencia de gratuidad de amar a cambio de nada, sino por que si, por haber experimentado el don de Dios.

Escuchar la realidad, no solo las palabras, escuchar con la mirada, contemplación de la realidad. Ponerse en el lugar del otro, no descalificar.

Salir del ensimismamiento, egocentrismo.

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Grupo 21

 

Dialogo, estar atentos al latido del mundo

El Espíritu Santo  “esta “obrando (Dios convive en la ciudad)

La oración contemplativa y activa)

Dios “Ama” a la ciudad y nos invita a amarlo.

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