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Las características existenciales de la Persona Urbana.

 

Esto que voy a mostrarles apareció no hace mucho en un diario nacional de tirada masiva, en sucesivos fines de semana.

Era la propaganda de un barrio cerrado en donde en lugar de promocionar la seguridad que supuestamente ofrecen, intentaban hacer hincapié en las ventajas que el mismo brinda.

Nos presenta como si fuera el dibujo de un niño (muy parecido a los psicodiagnostico que tomamos los psicólogos) que tanto su casa como su familia se verían “agrandadas”, “enriquecidas”, en el caso de elegir vivir en esos barrios.

Primero salió la propaganda de cómo se vería “agrandada” su casa y a la semana siguiente salió la propaganda de lo que era “su familia”. Como vemos, tanto “mi casa” como “mi familia”, están constituidas por personas y lugares ajenos a la misma: mi cine, mi colegio, mi Shopping, mi parque, mi pileta, etc., lugares todos que forman parte del barrio cerrado y no de la casa propiamente dicha. Lo mismo ocurre con “mi familia”, allí vemos que dentro de su familia se encuentra: el señor que nos cuida, el vendedor de entradas de cine, el señor que nos carga nafta, la chica del super. etc. Todas personas ajenas a la verdadera familia.

Yo lo traigo porque me parece un claro signo de las características de cómo vive el hombre de hoy. Ya que nos da a entender que nuestra vida ya no transcurre ni en mi casa ni en mi familia sino en lugares externos. Las personas que intervienen en ambos casos no forman parte ni de mi casa ni de mi familia. En barrios cerrados o en barrios abiertos, vivimos fuera de casa. Vivimos en la calle. Vivimos a la intemperie!!!!

H. Nouwen expresa con suma claridad lo que consideraba el mal de la época: “En nuestro mundo de hoy, hay millones de personas sin hogar. Algunas, porque se sienten angustiadas interiormente. Otras, porque han sido desplazadas de sus ciudades o países. Podemos constatar lo que significa estar sin hogar yendo a las cárceles, a los hospitales psiquiátricos, a los campos de refugiados, a ciertos apartamentos suburbanos, a clínicas y a refugios donde algunos vagabundos pasan la noche. Esta condición de ser una persona sin hogar se hace también visible en situaciones y formas menos dramáticas… Probablemente no hay palabra alguna que resuma mejor el sufrimiento de nuestro tiempo que el concepto ‘sin hogar’. Revela una de nuestras condiciones más penosas y profundas, la de no tener sentido de pertenencia, un sitio donde sentirnos seguros, cuidados, protegidos y amados.” (Nouwen, 1986: p.25).

La característica más importante aunque no la única de un hogar es la experiencia de intimidad, que me permite reconocer un sentido de pertenencia.

Por ese motivo es que el hogar no es un lugar físico, sino un lugar intimo, cuando decimos “acá me siento como en casa” estoy expresando el bienestar que siento en este lugar, acá me siento seguro.

Y porque se ha dado esto que estamos describiendo? Utilizo acá otro ejemplo que me parece significativo y explica a mi modo de ver lo que les quiero transmitir.

Hace poco tiempo se dio en nuestros cines una película del afamado Director Italiano Ninna Moretti -del cual conocimos aquí muy buenas películas como Abril y La habitación del hijo-, que se llamaba “Habemus Papam” (tenemos papa), aludiendo al anuncio que el cardenal camarlengo realiza luego de la votación de los cardenales, en el balcón frente a la plaza San Pedro colmada de feligreses anunciando que se ha elegido nuevo Papa. Desde adentro se escucha un grito desgarrador: NOOOOOOOOO!!!!!!!!! (Veremos algunas escenas)

El nuevo Papa es victima de un ataque de Pánico, de una gran angustia que lo lleva a salir corriendo y perderse por las calles de Roma luego de haberse cambiado sus ropas para no ser reconocido.

El Papa huye de San Pedro porque no se siente capacitado para ejercer dicho cargo, tiene miedo!!!!!

Lo que nos muestra la película es una clara demostración del espíritu de la época. Estamos viviendo un tiempo de ausencias y abandonos, de fugas y desapariciones. Cada vez es más común las ausencias de las personas en el ámbito de sus relaciones.

No somos conscientes de nuestra propia ausencia pero es nuestro estado habitual. No es de extrañar entonces que de quienes esperamos que ejerzan su rol y su responsabilidad, hoy se vivan llenos de miedo y con sentimientos de impotencia e incapacidad.

Podríamos preguntarnos jugando con el título del film ¿Habemus lideres?, ¿habemus autoridades?, ¿habemus Padres?, ¿habemus politicos? ¿habemus maestros? y podríamos seguir agregando personas…

El diagnostico aparece cada vez con más claridad: Lo que se ve y experimentamos es cada vez una mayor ausencia, ausencia de personas, en los lugares donde las personas deberían habitar, donde deberían hacerse presentes. Políticos desdibujados, líderes ausentes, personas fundidas, padres fugados…hijos de la calle, personas marginadas, abandonados, desamparadas!!!! Cada vez sintiéndonos más solos, menos cuidados, no teniendo con quien contar. Así es como se experimentan y se sienten los hombres de hoy. Por estas habituales ausencias, crece el vacío y el sin sentido.

Somos lo que somos por las presencias o por las ausencias de aquellas personas que constituyeron mis vínculos originarios.

Los problemas de nuestra existencia en su mayoría están originados en la relación con personas de carne y hueso. La calidad del vínculo con las personas que amamos, definen el desarrollo de nuestra personalidad y los lazos que establecemos con el resto del mundo. Una comunidad, una ciudad, un país es lo que somos cada uno de nosotros. Porque somos nosotros en relación. Como nos relacionamos es como somos.

La necesidad de vinculación afectiva viene programada “en los genes y en el cuerpo”. Es tan básico para la vida, la salud y la felicidad como las otras necesidades primarias.

Para gozar de bienestar mental y físico incluso para sobrevivir necesitamos relaciones vinculares fuertes, es decir fuertes vínculos afectivos. Necesitamos hasta tal punto la aprobación de las personas que tenemos cerca que según las últimas investigaciones nos aseguran que de no ser así se multiplica por diez el riesgo de la depresión y la angustia. El aislamiento afectivo constituye un enorme riesgo para la salud, mayor que fumar o tener presión arterial alta. Está comprobado que la soledad y el aislamiento perjudica el sistema inmunológico y hormonal.

La falta de amor nos enferma incluso nos puede llevar a la muerte aunque la rotulemos con términos médicos-psicológicos.

“En 1760 un Obispo Español decía en una carta a sus superiores de Roma que los niños criados en orfanatos por bien cuidados y alimentados que estuvieran muchas veces “morían de tristeza”. Allá por la década de 1930 y 1940, los huérfanos, privados del contacto físico y emocional fallecían a puñados en las salas hospitalarias de Norteamérica. Los psiquiatras se dieron cuenta también de que algunos niños físicamente sanos se volvían insensibles, apáticos e incapaces de relacionarse con los demás. En 1937 David Levy, en un artículo del American Journal of Psychiatry, atribuyo dicha patología infantil a la “privación emocional”. El analista estadounidense Rene Spitz, en 1940 acuño el termino “problemas de desarrollo” para hablar de niños que aislados de sus padres padecían “tristeza crónica”, (Abrázame fuerte, S.Johnson. Ed.Urano) lo que también se conoció como hospitalismo o marasmo, incluso llegando a la muerte.

Es increíble pero recién en la “Convención sobre los derechos del niño se reconoce en un instrumento de carácter universal “que el niño para un pleno y armonioso desarrollo de su personalidad debe crecer en el seno de una familia, en un ambiente de felicidad, AMOR y comprensión”, esta necesidad y por consiguiente este derecho se lo reconoce recién en 1990. Se insinúa por primera vez una declaración del Derecho humano al Amor. La Declaración Universal sobre los Derechos Humanos de 1948 no lo había previsto.

Hoy nos preguntamos si solo el niño tiene derecho al AMOR ¿y nosotros?, no será que cualquier ser humano en cuanto tal y para permanecer humano tiene ese elemental derecho a AMAR y SER AMADO.

El contacto íntimo con una persona actúa como un verdadero antídoto contra el miedo, el estrés, la inseguridad y el dolor. Cuando falta el amor, sentimos dolor. En ese sentido la expresión “sentimientos heridos” es literal.

La Psicóloga Noemí Eisenberger, de la Universidad de California con sus investigaciones sobre el cerebro probó que el rechazo y la exclusión activan los mismos circuitos con idéntica zona del cerebro –el cingulado anterior- que el dolor físico http:/asociacioneducar.blogspot.com.ar/2011/05/las-emociones-dolorosas-producen-dolor.html

Así con miedo, inseguridad y dolor por falta de amor crece el sin sentido, el futuro aterra y la emoción central que predomina es el temor a la perdida, al abandono, a la soledad y a la amenaza.

Nos dice también la reconocida terapeuta Alice Miller “El miedo al abandono, al desamparo, la sensación de que nadie nos quiere se constituyen en los puntos mas problemáticos del ser humano…”.

“La palabra “abandono” significa literalmente “no ser llamado” y esta relacionada etimológicamente con el termino “destino”.

No tener quien me llame es no tener destino.” (Gilda Frantz. “Recuperar el niño interior” Ed.Kairos.). En los consultorios se multiplican las consultas por ataques de pánico, trastornos de ansiedad y angustia.

Frente a esta situación se presentan dos alternativas: por un lado la violencia, ya que al experimentar el sin sentido, la falta de salida y la desesperación, las conductas agresivas son como la reacción de este cúmulo de sentimientos, así la impotencia se transforma en agresión.

Otros frente al mismo panorama reaccionan yendo a la di-versión pero cuando vuelven de ella a la vida les sigue faltando el sentido.

Pero entre los violentos y los evasivos hay una salida alternativa, la de la Esperanza: Estos son aquellos que buscan la vida, más aun, son aquellos que salen a buscar y a encontrar al que está vivo. Porque se necesita de 1 encuentro vivo para vivir. La desesperanza es creer que el amor no es posible. Recrear la esperanza es creer que el amor es posible, es sentir como diría Mamerto Menapace “que pa todos hay primavera”.

Vale la pena traer aquí lo que vivió Antonio Machado: Escribe este poema el 4 de mayo de 1912 con 37 años cuando su mujer Leonor llevaba casi un año luchando contra la tuberculosis, de la que finalmente murió 3 meses después, a la temprana edad de 19 años. Machado caminando a orillas del Duero, lugar por donde solía pasear con ella, encuentra un viejo olmo consumido, y que las vicisitudes de la existencia lo habían dejado maltrecho, a punto de desbarrancarse, pero la mirada del poeta se detiene sobre unas hojas verdes, signo de vida nueva que le genera la esperanza de un nuevo resurgir. Queriendo dejar constancia de lo que percibió y experimento escribe:

 

 

Antes que te derribe, olmo del Duero,

con su hacha el leñador, y el carpintero

te convierta en melena de campana,

lanza de carro o yugo de carreta;

antes que rojo, en el hogar, mañana,

ardas de alguna mísera caseta,

al borde de un camino;

antes que te descuaje un torbellino.

y tronche el soplo de las sierras blancas;

antes que el río hasta la mar te empuje

por valles y barrancas,

olmo quiero anotar en mi libreta

la gracia de tu rama verdecida.

Mi corazón espera

también, hacia la luz y hacia la vida,

otro milagro de la primavera.

 

 

 

 

El poeta expresa su dolor y viendo la destrucción del árbol y su capacidad de regeneración, conserva la esperanza de que aun exista para él y su mujer un milagro de primavera.

El amor, el encuentro, la intimidad son posibles cotidianamente y en cualquier momento. Porque lo que nos rescata de nuestras ausencias es un amor, es saber que alguien sabe lo que siento yo, que soy escuchado y que viene a mi encuentro (Ej del que está en un pozo).

El hombre no se mantiene vivo por lo que posee, sino por lo que espera porque lo que se espera siempre es más de lo que se tiene y se vive.

Dicen “que la esperanza es la virtud del hombre que camina” porque caminar es señal no solo de que somos peregrinos sino de que estamos vivos, caminamos porque queremos llegar a algún sitio, porque queremos encontrarnos con Alguien. (Ejemplo de Fernando Parrado y Roberto Canessa).

La esperanza nos indica que la vida vale la pena, que tiene valor porque para alguien yo valgo. Alguien espera por mí y con ese “Alguien” descubro y experimento que se puede vivir aliviado, por que hay “un lugar” donde reposar, hay un lugar intimo en donde puedo habitar. Hay un hogar que me espera.

Cuando nos sentimos cuidados, protegidos, contenidos, abrazados, las llamadas “hormonas del amor”, la oxitocina y la vasopresina inundan el cerebro, estas hormonas liberan sustancias químicas como la dopamina, que producen bienestar y felicidad activando los centros de “recompensa” cerebrales y bloquean las hormonas del estrés como el cortisol.

Por lo visto el amor no es la frutilla del postre sino una necesidad básica como el agua o el oxigeno.

Las personas que nos quieren son nuestro refugio en la vida, cuando se vuelven inaccesibles nos sentimos abandonados, a la intemperie, errantes, solos e indefensos. Por eso la sensación de aislamiento de desconexión emocional aterra a cualquiera. El amor es la mejor garantía de supervivencia. La conexión afectiva es nuestra prioridad absoluta incluso por delante del alimento y el sexo.

Las relaciones, los lazos, los vínculos son esenciales para la vida. No es que los conflictos o problemas hieren el vínculo y lo ponen en peligro sino a la inversa los problemas surgen cuando siento el vínculo trastabillar o amenazado. Es decir cuando experimento la amenaza de la soledad y del aislamiento.

Asegurada mi pertenencia vincular, se soporta “casi cualquier cosa” las heridas, los problemas etc. (Frankl “quien tiene un porque para vivir, es capaz de soportar casi cualquier como” nosotros diríamos quien tiene un con quien vivir, es capaz de soportar casi cualquier como”).

Saint Exupery lo expresa poéticamente en el principito: Haciéndole decir al Zorro “si me domesticas tendremos necesidad el uno del otro”, domesticar es crear lazos, la falta de ellos nos animaliza.

La vida es la existencia de lazos, de alianzas de personas que se necesitan unas a otros. Somos seres en relación, sin el otro el ser se opaca, sin el tu el yo no se revela. Decía E. Mounier “los otros me hacen ser”, soy lo que soy gracias a los otros, por los otros y con los otros.

Las ausencias duelen, inquietan. Por el contrario el alivio es gozar de una presencia. Nuestro destino final es el alivio, necesitamos poder reposar en otros que nos alivien.

Solo las presencias permiten vivir una experiencia “reveladora” y eso se consigue en un encuentro personal, aunque parezca fugaz y casual. Es importante detenernos a contar la experiencia de Pablo Neruda:

(Esta curiosa historia sugiere que al ofrecer nuestra amistad a alguien que no conocemos, fortalecemos nuestro vínculo fraterno con toda la humanidad.)

Una vez buscando los pequeños objetos y los minúsculos seres de mi mundo en el fondo de mi casa en Temuco, encontré un agujero en una tabla del cercado. Miré a través del hueco y vi un terreno igual al de mi casa, baldío y silvestre. Me retiré unos pasos, porque vagamente supe que iba a pasar algo.

De pronto apareció una mano. Era la mano pequeñita de un niño de mi misma edad. Cuando acudí no estaba la mano porque en lugar de ella había una maravillosa oveja blanca. Era una oveja de lana desteñida. Las ruedas se habían escapado. Todo esto lo hacía más verdadera. Nunca había visto yo una oveja tan linda. Miré por el agujero, pero el niño había desaparecido. Fui a mi casa y volví con un tesoro que le dejé en el mismo sitio: una piña de pino, entreabierta, olorosa y balsámica, que yo adoraba. La dejé en el mismo sitio y me fui con la oveja. Nunca más vi la mano ni el niño.

Nunca tampoco he vuelto a ver una ovejita como aquélla. La perdí en un incendio. Y aún ahora en este 1954, muy cerca de los cincuenta años, cuando paso por una juguetería, miro aun furtivamente a las ventanas. Pero es inútil. Nunca más se hizo una oveja como aquélla. Yo he sido un hombre afortunado. Conocer la fraternidad de nuestros hermanos es una maravillosa acción de la vida. Conocer el amor de los que amamos es el fuego que alimenta la vida. Pero sentir el cariño de los que no conocemos, de los desconocidos que están velando nuestro sueño y nuestra soledad, nuestros peligros o nuestros desfallecimientos, es una sensación aún más grande y más bella porque extiende nuestro ser y abarca todas las vidas. Aquella ofrenda traía por primera vez a mi vida un tesoro que me acompañó más tarde: la solidaridad humana. La vida iba a ponerla en mi camino más tarde, destacándola contra la adversidad y la persecución.

No sorprenderá entonces que yo haya tratado de pagar con algo balsámico, oloroso y terrestre la fraternidad humana. Así como dejé allí aquella piña de pino, he dejado en la puerta de muchos desconocidos, de muchos prisioneros, de muchos solitarios, de muchos perseguidos, mis palabras. Esta es la gran lección que recogí en el patio de una casa solitaria, en mi infancia. Tal vez sólo fue un juego de dos niños que no se conocen y que quisieron comunicarse los dones de la vida. Pero este pequeño intercambio misterioso se quedó tal vez depositado como un sedimento indestructible en mi corazón, encendiendo mi poesía.

Pablo Neruda, Isla Negra, 1954

Nos relata Neruda lo importante que fue para su vida aquel encuentro con el niño al que solo pude verle la mano, dejo en él huellas imborrables que formaron parte de su identidad y de su tarea.

Los encuentros como decíamos, tienen como característica propia, propiciar luz. Revelarnos algo que hasta entonces no veíamos. A través de ellos vamos descubriendo nuestra verdad o por lo menos parte de ella. De no generar encuentros reveladores, nuestra identidad queda ensombrecida, solo la luz de un encuentro disipa las tinieblas (Ej. del Fósforo).

Esos encuentros son fugaces pero son ellos los que van revelando mi ser, mi misterio. Y son fugaces porque no somos la suma presencia solo Dios es la Suma Presencia, el amor humano es un amor con ausencias. Con ausencias que duelen.

Herimos aunque no lo queramos, por eso cuanto más presentes podamos hacernos más asegurada esta mi identidad, mi pertenencia y mi salud. Pero solo puedo hacerme presente frente a otra presencia, no cualquier presencia que me juzgue o me reproche, porque por eso me fugo, solo lo puedo hacer frente a alguien que me ame, solo frente a un tu que me ame puedo abrirme y ser el que soy y sentirme presente y vivo. Por que estamos presentes cuando amamos. Solo el que ama se hace presente.

Amamos para no morir, si nos sentimos medios muertos es porque estamos desvinculados. Necesitamos imperiosamente sentirnos amados. Solo el amor personal me vivifica. Amar es estar vivo, solo el que ama esta vivo ( Decía M. Fernandez “No creo en la muerte de los que se aman como no creo en la vida de los que no aman”).

Estar presente es estar íntegramente, es permanecer, es continuar, asegurar, contener, comunicar, recibir, sostener. Es exponerse, ofrecerse, reconocer.

Están presentes en nuestra vida aquellas personas que aparecen inmediatamente en nuestra memoria cuando necesitamos pedir, compartir, contar….

Que seria de nosotros sin ellos!!!!!

Nosotros los cristianos somos Testigos de una presencia Amorosa. Somos testigos de Alguien que nos prometió permanecer con nosotros hasta el fin de los tiempos y es esta presencia permanente lo que nos salva, porque nos salva contar con un amor!

Somos testigos de una Presencia que transformó nuestras vidas y que tiene un potencial enorme para transformar la vida de los demás. 

La persona se haya a si misma en un encuentro vivo, topándose con una presencia que me invita a vivir una experiencia original, que me permite darme cuenta que yo tengo en mi algo que todos tienen la necesidad de amar y ser amado, me permite no sentirme extraño.

No hay posibilidad de hacer experiencia de salvación sino es desde lo humano.

Debemos reforzar la presencia y la cercanía, estar cerca de las personas para escucharlas y valorarlas. El contexto cultural actual que tiende a la fragmentación y al aislamiento no ayuda a ello, por eso necesitamos generar lugares de encuentro privados y públicos. El único modo para reconstruir nuestra ciudad disgregada es que se multipliquen “núcleos de una humanidad diferente” (A.Mc Intyre), diríamos haciendo referencia al logo del Congreso, que en la ciudad se multipliquen Belenes, casa de Pan que cobijen y alimente a los hombres.

“En la medida en que un espacio sea “colonizado” afectivamente adquiere la condición de lugar: un espacio con identidad, con historia, con biografía, un lugar humano donde el sujeto no solamente “es”, sino y sobre todo, donde “vive” porque se relaciona. La actual cultura de la globalización y masificación, de la velocidad, el movimiento y la traslación (local o virtual) ha difuminado los espacios, y su demarcación es tan flexible como anónima la identidad de quienes los ocupan. El antropólogo Frances Marc Augé ha acuñado la expresión de “no lugar” para referirse a los lugares de transito y transitoriedad, espacios intercambiables donde el ser humano es anónimo… El hombre no vive ni se apropia de estos espacios con los que tiene mas bien una relación funcional y de consumo, la “sobremodernidad es productora de no lugares”.

El “no lugar” es funcional a la individualidad solitaria, a lo previsional y a lo efímero, es decir, al pasaje y circulación de soledades. Un no lugar no se habita, se recorre o se traspasa, a él se llega para partir. En la realidad concreta del mundo de hoy los lugares y los no lugares se entrelazan, se interpenetran. La posibilidad del no lugar está presente en cualquier lugar que sea. Un lugar habitable como una casa puede funcionalizarse olvidando así sus propósitos trascendentes y simbólicos (convivir, amar, procrear, criar, educar, celebrar) reduciéndose a cumplir fines más prácticos y anónimos (servicio de comida, lavado, cama Internet, etc.) (Charla dada por el Padre

C.Avellaneda)

También la ciudad puede transformarse en un “no lugar”, en un lugar sin historia, sin identidad, sin pertenencia, fragmentado e inhóspito, en vez de ser como nos lo presenta Aparecida en el Nº 514: “…Las ciudades son lugares de libertad y oportunidad. En ellas las personas tienen la posibilidad de conocer a más personas, interactuar y convivir con ellas. En las ciudades es posible experimentar vínculos de fraternidad, solidaridad y universalidad. En ellas el ser humano es llamado constantemente a caminar siempre más al encuentro del otro, convivir con el diferente, aceptarlo y ser aceptado por él.”

Hemos abandonado muchos lugares, hemos desatendido a muchas personas. Hay un déficit de atención en la Iglesia en general, hacia las personas concretas (ad-intra y ad-extra) que no se suple con documentos o con repertorios de conductas prohibidas o permitidas, sino adecuándonos en la atención amorosa a los demás. Hay que curar muchas heridas provocadas por la desatención y la indiferencia. Hemos herido a muchas personas por falta de cercanía y comprensión. Debemos ponernos en camino para subsanar esas ausencias. A los heridos hay que asistirlos en el lugar en el que se encuentran. Debemos ir en donde esta la gente no esperar que la gente venga donde estamos nosotros.

Somos los encargados como Iglesia que es madre y maestra, experta en humanidad y en amor a las personas concretas. De custodiar, promover e irradiar los valores auténticos de la vida personal. Porque cuando no asumimos con la fuerza conveniente los valores humanos, las inquietudes que tiene la gente, la semillas de valor que hay en toda realidad, cuando no nos jugamos por la justicia, la solidaridad, la fraternidad, la igualdad de los hombres y el bien común, no nos hacemos creíbles. Pero cuando nos preocupamos seriamente por el crecimiento de la ciudad, en la cual vivimos entonces nos hacemos creíbles. Y podremos hacer vigentes los valores verdaderamente humanos.

Que solo se harán vigentes, si pasan por el corazón, si hablan al corazón y si la persona ha sido capaz de captarlos, descubrirlos y dejarse “arrastrar” por ellos. Los valores solo encarnados en toda el alma, adquieren sentido y vigor.

Valor al decir de Lavelle “es aquello que rompe mi indiferencia afectiva”, debemos promover el valor humano, que el hermano, el prójimo, el otro no me sea indiferente.

Decía Juan Pablo II “El hombre contemporáneo cree mas en los testigos que en los maestros, cree mas en la experiencia que en la doctrina, en la vida y los hechos que en teorías”

No necesitamos recetas para vivir ni instrucciones para tener éxito, necesitamos a los que anuncian la gozosa experiencia de una presencia viva en el propio corazón. Necesitamos ver personas que den fe públicamente de lo visto y oído, de algo que se ha experimentado que se ha vivido!...que la historia del ser humano es una historia de amor, de amistad y de familia, y que a eso estamos llamados. Somos testigos de una presencia y debemos dar Fe de ello, de una presencia que cambió mi vida (Ej.del Papa) que permitió vislumbrar un mañana., volver a creer! De una presencia que habitó en mi y constituyó una morada. 

El vacío del pasado y del futuro nunca puede llenarse con palabras sino solamente con la presencia de un hombre. No hay razones para vivir si no hay una persona por la que hacerlo. El hombre puede mantener su salud mental y seguir vivo cuando hay al menos una persona que le espera. Pero cuando nada ni nadie espera no hay posibilidad de sobrevivir a la lucha por la vida.

Nosotros tenemos una persona que siempre espera, de esto damos fe. Nuestra salvación, nuestra redención, nuestra felicidad es este hombre que vino a nosotros hace 2000 años y que esta presente aquí y ahora entre nosotros! (“En El vivimos, nos movemos y existimos” Hechos 17, 28). Una vez el Presidente del Sindicato de los Trabajadores de Calcuta le dijo a la Madre Teresa: “Madre, usted y yo estamos haciendo el mismo trabajo social, pero con una diferencia: nosotros lo hacemos por algo mientras ustedes lo hacen por Alguien” 

Debemos recuperar una mirada creyente, una mirada de fe, preñada de esperanza, colmada de cercanía, porque la mirada creyente no tolera la distancia porque quiere ver para servir y amar, no para usar y dominar.

Decía Martín Descalzo al describir la mirada de su madre, aquella persona que lo condujo a la fe:

“…Se que nunca miraba para ver sino para abrazar

Se que miraba para limpiar las cosas.

Y que salía azúcar de sus ojos.

Se que si ella hubiera estado ciega

Se habría vuelto gris el horizonte”

 

 

 

Vivimos en una época en donde pareciera se ha vuelto gris el horizonte. En donde el mensaje cristiano se ha vaciado de contenido, de significado, en donde “se ha cambiado el estupor ante la presencia de Cristo por normas y reglas”, Cristo se transformo en una idea y nadie se mueve o vive por una idea, se vive por un amor. Solo el amor es digno de Fe!.

Nos toca presentar un Dios vivo o en palabras del profeta Oseas “que hable al corazón de los hombres, para que nuestro corazón vuelva arder”.

“Porque Dios vive en la ciudad” solo si nosotros vivimos en Dios.!!!!!

o solo si Dios vive en nosotros!!!!!

y entonces vamos a poder decir:

 

“Quien diga que Dios a muerto

que salga a la luz y vea

si el mundo es o no tarea

de un Dios que sigue despierto.

Ya no es su sitio el desierto

ni en la montaña se esconde;

que Dios esta –sin mortaja-

en donde un hombre trabaja

y un corazón le responde”

Himno de Sexta en el tiempo del año

Gracias!

 

 

“La Ternura invita a abrazar, a proteger, dar cariño, es gracias a esa protección llena de cariño que el ser humano aprende a vivir… Es así que muchas de las depresiones, traumas y heridas que los seres humanos experimentan hoy en día se deben a la falta de ternura y cariño. A la privación de lo que les correspondía. Es un derecho que se les privo. Es una de las razones por la cual hoy se habla del “derecho a la ternura” (C.Restrepo, El Derecho a la Ternura), como se habla del derecho a la vida.

 

 

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