El contenido de esta página requiere una versión más reciente de Adobe Flash Player.

Obtener Adobe Flash Player

El contenido de esta página requiere una versión más reciente de Adobe Flash Player.

Obtener Adobe Flash Player

Informe a la Comisión Episcopal para la UCA

La pastoral en la ciudad. Pistas eclesiales.

 

Para identificar algunas líneas de reflexión que nos ofrece la Iglesia en orden a pensar la pastoral urbana, podemos partir de 3 párrafos, uno tomado del magisterio universal, otro tomado de los obispos argentinos, y finalmente uno del magisterio latinoamericano:

 

“La industrialización, la urbanización y los demás agentes que promueven la vida comunitaria, crean nuevas formas de cultura, de las que nacen nuevos modos de sentir, actuar y descansar” (GS 54).

 

En la raíz misma del estado actual de la sociedad percibimos la fragmentación que cuestiona y debilita los vínculos del hombre con Dios, con la familia, con la sociedad y con la Iglesia” (NMA 23).

 

En la ciudad las personas tienen la posibilidad de conocer a más personas, interactuar y convivir con ellas. En las ciudades es posible experimentar vínculos de fraternidad, solidaridad y universalidad. En ellas el ser humano es llamado constantemente a caminar siempre más al encuentro del otro, convivir con el diferente, aceptarlo y ser aceptado por él” (A 514).

 

1. Las culturas dinámicas de la ciudad como interlocutoras de la nueva evangelización. Un nuevo lenguaje del anuncio.

 

El primer párrafo advierte que, si la evangelización supone un diálogo con la cultura, en realidad la cultura no es algo inmutable y estático, sino dinámico, cambiante, por lo cual hay que prestar una especial atención a las nuevas culturas para seguir siendo significativos.

 

El problema que tenemos las personas de mediana edad, es que podemos estar convencidos de que comprendemos la cultura y dialogamos con ella, cuando en realidad estamos dialogando con una cultura de 10 o 20 años ats.

 

Esas culturas tampoco son realidades externas a las personas, sino que en definitiva se expresan en los hábitos de las personas, en sus modos desentir, actuar y descansar”.

 

En esta línea, sobre la ciudad y la pastoral urbana decimos ciertas cosas ya muy repetidas. Por ejemplo, que hay que tener en cuenta el estilo de vida de un habitante de la ciudad, con sus horarios, sus hábitos, sus prisas, porque las estructuras parroquiales tradicionales, tan centralizadas, ya no son inclusivas. Decimos también que la matriz de la evangelización es básicamente rural, con ministerios y servicios que responden a esa realidad, pero que ya no son los adecuados para la actual cultura urbana. Decimos que hay una nueva cultura juvenil a la que no llega el anuncio del Evangelio, que supone reconocer el tema de la noche como espacio sin límites, la evangelización por lo audiovisual, la atención a las circunstancias que conforman las tribus urbanas, los eventos masivos y demás manifestaciones juveniles. Decimos que hace falta una nueva imaginación de la presencia pastoral capaz de ofrecer y suscitar espacios de encuentro contemplativo con Dios, en medio de la actividad de cada día, con una auténtica espiritualidad


secular. Decimos que hay que atender a las formas de poblamiento (de los megaedificios a las villas miseria y a los barrios cerrados), a como a las nuevas formas de comunicación (Internet, redes sociales, etc.) y que hay que buscar nuevas formas de capilaridad. Decimos que hay que suscitar comunidades pequeñas y que hay que crear nuevas formas de acogida y cercanía.

 

Estas y muchas otras cosas se vienen repitiendo constantemente en los últimos años en relación con la pastoral urbana, en algunos lugares con escasos avances y en otros con algunas buenas experiencias ya consolidadas.

 

Pero todavía falta crear ese nuevo kerygma urbano, ese modo de presentar el Evangelio que responda, de manera atractiva y movilizadora, a la nueva sensibilidad urbana. Hace falta crear esa nueva palabra, a partir de un profundo conocimiento de este ser humano que vive la ciudad, con sus sueños, sus tendencias, sus hábitos, sus símbolos.

 

Yo podría hablar sobre mi propia experiencia en la ciudad, porque soy un ser rural trasplantado a las ciudades. Viví 18 años en un pueblo de 4.000 habitantes, desde cuyo centro uno llega a ver el campo por los cuatro costados. Después viví cinco años en Córdoba, dos en Buenos Aires, dos en Roma, veinte años en Río Cuarto y ya llevo cinco años más en Buenos Aires. En encuentro con la ciudad siempre fue para mí tan apasionante como desestabilizador. Pero lejos ya de las quejas por el tránsito, el smog y el ritmo febril, he llegado a enamorarse de las posibilidades inmensas que abre la ciudad.

 

Esa misma experiencia me permite advertir que hay grandes desafíos que hoy se plantean a la pastoral urbana que en realidad ya no son urbanos, sino que afectan a toda la pastoral, incluida la pastoral rural. Hoy, el tipo humano urbano es modelado por la globalización, pero las costumbres y las modas se universalizan. A la homogeneización de la globalización se me volvió patente y patética a partir de una comparación que pude hacer personalmente. Desde 1992 hasta 1999 vivía en Río Cuarto, estaba dos días por semana en Buenos Aires y los fines de semana iba a atender un pueblito de 500 habitante en las sierras de Córdoba llamado Alpa Corral. En aquella época la diferencia entre los jóvenes porteños y los jóvenes de la pequeña villa eran enormes. Pero entre 1999 y 2012, en un lapso de trece años, el estilo de los jóvenes se ha acercado notablemente, hasta el punto que en algunos casos se advierten pocas diferencias fuera del acento. De hecho, en Aparecida se dice que en la ciudad se está gestando una nueva simbología y que “esta mentalidad urbana se extiende también al mismo mundo rural” (A 510).

 

Entonces, hay ciertas características del anuncio que hoy son necesarias en todas partes: un anuncio que exprese mejor el amor salvífico de Dios previo a la obligación moral y religiosa, un estilo que no imponga y que apele a la libertad, unas notas de alega, estímulo, vitalidad, una integralidad armoniosa que no reduzca la predicación a unas pocas doctrinas a veces más filosóficas que evangélicas, etc.

 

Pero lo que es específico del habitante de la ciudad son sus hábitos, sus ritmos, sus horarios, su forma de llevar la vida, que sólo muy parcialmente se traslada a los ámbitos urbanos. Por eso pasamos al segundo texto.

 

2. Un Evangelio contracultural: denuncia profética de la fragmentación y de la huida.


Los obispos argentinos, hace pocos años, destacaron que en la raíz misma del estado actual de la sociedad percibimos la fragmentación que cuestiona y debilita los vínculos del hombre con Dios, con la familia, con la sociedad y con la Iglesia” (NMA 23).

 

Aquí se destaca una nota que ha ido caracterizando cada vez más a la cultura urbana en los últimos diez años, y más todavía en los últimos cinco años. Es algo que he ido percibiendo cada vez más desde que habito la ciudad. El ser urbano está en huida. La huida es una característica que se ha ido acentuando. Huye hacia la libertad de la privacidad. Por ejemplo, huye del trabajo hacia su casa. O huye los fines de semana. O huye en las vacaciones. Como decía Neruda: Irme Dios mío, irme”, como un gran anhelo. Irse de los límites y del caos.

 

No necesariamente es huir hacia Dios, en el sentido de la fuga mundi medieval. Ya decía Fray Luis de León: ¿Qué presta a mi contento si soy del vano dedo señalado Huyo de ese mar tempetuoso. Pero en ese caso había al menos un interlocutor trascendente que tiene que ver con el sentido último de la vida. Hoy la huida es irse hacia la autonomía, con lo cual más bien puede ser también escapar de Dios.

 

Esta huida tiñe las relaciones interpersonales, marcadas por cierta sospecha, desconfianza, temor de ser invadidos. Aun los agentes pastorales y los sacerdotes, viven el miedo de ser comidos, de quedarse  sin  tiempo  personal,  constantemente  a  la  defensiva  de  su  privacidad.  Es  difícil encontrar en estas actitudes un valor evangélico.

 

Me interesa señalar que lo que sucede aquí es que el relativismo teórico, que tanto cuestiona el Papa actual, se convierte sobre todo en un relativismo práctico, en hábitos relativistas. Por ejemplo, en un relativismo teórico alguien puede decir: Es lo mismo una religión que otra. El relativismo práctico para es más peligroso: Me da lo mismo si hay pobres o no. Me da lo mismo si el país se destruye o no. Me da lo mismo si los demás se abren a Jesucristo o no. Eso quizás nadie lo diga, nadie lo exprese así. Pero por el hecho de ser un relativismo práctico, lo que sucede es esto: Vivo como si la pobreza no me interesara. Vivo como si el bien común no me interesara”. Vivo mi vida como si la evangelización no me interesara. Distribuyo mis tiempos y actúo cada día de esa manera, y aunque no lo diga, mis hábitos, mis actividades, mis opciones gritan que no me calienta nada. Y cuando puedo, huyo, escapo hacia ese espacio de plena autonomía donde yo decido lo que hago con mi tiempo, elijo las actividades gratificantes que quiero hacer y nadie me jode.

 

3. El apasionado desao de la ciudad: reconstrucción evanlica de los vínculos.

 

Esto nos permite pasar a la perspectiva más positiva de Aparecida:

 

En la ciudad las personas tienen la posibilidad de conocer a más personas, interactuar y convivir con ellas. En las ciudades es posible experimentar vínculos de fraternidad, solidaridad y universalidad. En ellas el ser humano es llamado constantemente a caminar siempre más al encuentro del otro, convivir con el diferente, aceptarlo y ser aceptado por él” (A 514).


En semejante situación hay que advertir que no se posible suscitar una apertura a Dios si no se logra una apertura a secas, una apertura al otro, sea quien sea. Hay que romper la coraza del individualismo cómodo, sacar de la inmanencia del yo autónomo y entonces sí, a partir de esa apertura básica, es posible un crecimiento espiritual.

 

Por eso, en el contexto de la ciudad, para mí es clave despertar la mística de vivir juntos, de mezclarnos, de encontrarnos, de tomarnos de los brazos, de apoyarnos, de participar de esa marea algo caótica que puede ser una verdadera caravana, una peregrinación. No digo sólo la convicción intelectual, sino la mística, porque una mística incluye convicciones pero también opciones, reacciones, hábitos.

 

Aparecida, cuando pone el acento en la misión, supone que los agentes pastorales asuman esa mística que impulsa a estar cerca, a meterse en la multitud, a sentarse a conversar gratuitamente, a perder el tiempo con y por los demás.

 

En este sentido, me viene a la memoria un texto ya clásico de Chiara Lubich que sigue siendo significativo y estimulante para despertar esta mística:

Este es el gran atractivo del tiempo moderno: Sumergirse en la más alta contemplación y

permanecer mezclado con todos, hombre entre los hombres.

Diría más aún: perderse en la muchedumbre para informarla de lo divino, como se empapa una migaja de pan en el vino.

Diría más todavía: hacernos partícipes de los designios de Dios sobre la humanidad, trazando sobre la multitud estelas de luz. Y, al mismo tiempo, compartir con el prójimo la deshonra, el hambre, los golpes, las breves alegrías

 

No perderse en el anonimato sino apasionarse en el gusto de perderse en la multitud. Aquí hay un núcleo del servicio pastoral a la familia y a la sociedad, que debe ser pensado y realizado como una pastoral del vínculo y una pastoral de los vínculos.

 

La familia es una cierta ruptura de ese individualismo. Pero hay que hacer dos preguntas: el fin de semana es pura huida, o es una posibilidad de estar juntos, de mirarnos, de alimentar los vínculos familiares? ¿Lo que fomentamos son islas, o son familias abiertas, relacionadas y acogedoras?

 

Sabemos que, en este contexto, Internet y las redes sociales pueden crear hábitos de mayor aislamiento. No obstante, más allá de todos los defectos conocidos y ampliamente comentados de los medios virtuales, sin embargo pueden provocar a personas aisladas y abúlicas, e incluso casi analfabetas, para que entren en un proceso de comunicación, de discusión (disputatio), y consiguientemente de pensamiento y de creatividad. Además, la mediatización de las igenes permite una globalización de sentimientos, lo que abre nuevos caminos evangelizadores. Los medios llevaron a millones de personas a llorar juntas ante las mismas imágenes en un tiempo real y simultáneo.

 

Pero, por más positivos que tratemos de ser con este modo de comunicación, tenemos que decir que siempre será un nuevo dualismo: una conexión fundamentalmente etérea, mental, sin carne, sin cuerpo, sin contacto directo. Y eso, exacerbado, no puede ser sano.


En este sentido, la ciudad debe volver a ser verdadera ciudad, mantener esa posibilidad de contacto permanente, de respirarnos unos a otros. Pero eso tiene que volverse, como decíamos, una mística y una pasión.

 

Es un desafío hermoso por las inmensas posibilidades que ofrece la ciudad a la squeda de una mayor plenitud de las relaciones humanas. Pero el hecho es que la dimensión inhumana de las ciudades  grandes  producel  desarraigo  cultural,  la  atomización  social,  la  desvinculación familiar, la soledad personal. Esto, lejos de ser una mística, se ha vuelto un peso, una tensión constante, y ase produce un círculo vicioso que lleva a la desintegración entre nosotros.

 

Aquí hay mucho territorio vacío que buscan ocupar nuevas ofertas espirituales, como las de nuestros hermanos del evangelismo pentecostal, que ofrecen una vinculación fácil con Dios, pero también un modo de sanar vínculos con los otros y volver a vivir en comunidad.

 

Junto con ellos, se multiplican otras formas de espiritualidad más propias de las clases medias acomodadas: las relacionadas con la new age y con formas de espiritualidad oriental, sobre todo budista, que se trasplantan a través de revistas, objetos, costumbres. Son propuestas más desintegradoras que las del pentecostalismo, porque tienden a ser más individualistas, intimistas, y a la vez parecen más una búsqueda de bienestar que el encuentro con un Dios personal.

 

Tenemos   que   situarno con   diversa propuestas   entre   las   dos   cosas:   entre   e vacío pseudoreligioso y la exaltación neopentecostal.

 

Pero  es  imposible  lograrlo  si  nuestras  propuestas  no  son  igualmente  atractivas,  densas, sugestivas, no ese rmino medio que no atrae ni a unos ni a otros. Para eso, no hay que ignorar que  ambas  propuestas  tienen  algo  en  común:  apelan  a  las  necesidades  intermedias,  no  las ignoran, las recogen y las interpretan. No sólo apuntan a las preguntas más hondas, a las que respondía el kerygma primitivo, sino que recogen las mediaciones de los intereses inmediatos de los que está tan pendiente el posmoderno. En un caso es un Dios personal omnipotente y disponible. En el otro es un inmanentismo vacío de un Dios personal. Pero en ambos casos son propuestas religiosas del consuelo, que no ignoran las necesidades y deseos cotidianos.

 

4. El Dios que vive entre nosotros en la ciudad: la mística del cariño comprometido.

 

La comunión con los demás es una apertura de la persona, es ya salir de la inmanencia del yo. Pero necesita ser fecundada y liberada por algo que la trasciende y a la vez la penetra y la salva. Por eso cabe que hagamos ahora alguna consideración sobre la propuesta específicamente religiosa que podemos hacerle al habitante de la ciudad.

 

Leemos en Aparecida que la fe nos enseña que Dios vive en la ciudad… La Iglesia está al servicio de la realización de esta Ciudad Santa que desarrolle una espiritualidad de la gratitud, de la misericordia, de la solidaridad fraterna, actitudes de quien ama desinteresadamente…” (Aparecida 514.516. 517b).

 

La  vuelta  de  lo  sagrado  (no  digamos  necesariamente  la  vuelta  Dioses  un  fenómeno ambiguo, pero indica el agotamiento de un proyecto secularista. Los humanos no pueden vivir sin lo sagrado y una sociedad totalmente secularizada resulta insoportable, pese a su relativa vigencia institucional. Eso lleva a revalorizar la religión a través de caminos acertados o equivocados.  La  Iglesia  tiene  que  ser  sensible  esta  búsqueda.  La  praxis  pastoral  debe acompañar las reformulaciones de la fe y de la religión popular en la civilización urbana.

 

Mis paseos en clergyman por la ciudad me indican que hay muchos caminos de pastoral popular que debeamos seguir a través de agentes pastorales bien entrenados. Cuando salgo, permanentemente alguien me pide una bendición, una oración, etc. Pero hay que meterse con tiempo por todas partes, en los bares, sentarse a conversar gratuitamente, etc. Eso es en definitiva lo que se expresa con dos rminos pastorales típicos de la pastoral urbana: descentralización” y “capilaridad.

 

El retorno a lo religioso y la muerte del secularismo ideologizado, hacen que se abran nuevos caminos de cercanía popular. Es verdad que hay sectores más reticentes a lo simbólico que expresa su obsesión por la autonomía (formas new age, neobudismo, etc.), pero que finalmente terminan asumiendo otras formas simbólicas y rituales (velas, incienso, objetos, cuencos, esencias, etc.). Hay que reconocer que las formas propias de la religiosidad popular son más encarnada y   personales.   Es   decir,   incluye una   relación   personal,   no   con   energías armonizadoras sino con Dios, Jesucristo, María, un santo. Por eso son más aptas para alimentar potencialidades relacionales y no fugas individualistas.

 

Quizás, para que respondan a sectores medios altos o acomodados requieran una cierta síntesis que adquiera formas estéticas más ligadas a la diversa captación de la belleza de estos sectores, que en la Virgen de Luján ven un triángulo sin atractivo mientras otros reconocen allí un amor y una fuerza que los sostienen. Pero no hay que renunciar a presentar rostros y figuras. El Cristo redentor en Río sigue siendo significativo. Las 60 ermitas que hicimos en mi parroquia de Río Cuarto siguen siendo significativas. Hay nuevas devociones en la ciudad de Buenos Aires, como el  Jesús  Misericordioso,  la  Virgen  Desatanudos,  que  son  cauces  de  nuevas  inquietudes espirituales y afectivas, que llevan a buscar en Dios belleza, paz y alegría. El problema es que hoy también son muy dinámicas y requieren, para mí, que haya equipos de personas atentas a encontrar los nuevos simbolismos que requieren las nuevas necesidades y sensibilidades.

 

Aparecida habla de procesos graduales de formación cristiana... que sepan responder a la afectividad de sus ciudadanos y en un lenguaje simbólico sepan transmitir el Evangelio a todas las personas que viven en la ciudad” (A 518g).

 

Contra la tentación de una nueva fuga mundi, el cristiano debe encontrar un oasis renovador en la ciudad. Debe ser un oasis que abra a los demás, que estimule en encuentro, que lance a la misión. Pero si la gente busca oasis no podemos estar siempre en contra y tenemos que ofrecerles oasis, imaginar espacios realmente acogedores, liberadores, sanadores. Porque la comunicación generacional de creencias y valores se ve cuestionada por el influjo mediático que difunde un modelo antropológico individualista que genera expectativas insatisfechas, que son fuente de frustración, resentimiento y violencia en tantos adolescentes y jóvenes.

 

La mística del cariño


Para terminar, me gustaría destacar algo que ayuda a unir algunas ideas fragmentarias que mencioné hasta ahora, particularmente la apertura a lo sagrado y el sentido fraterno. Estas son dos cosas que permiten sanar la fragmentación y el espíritu de huida. ¿Pero cómo se unen?

Creo que se unen en un modo profundamente comunitario de vivir la relación con Dios, o, la otra cara de la misma moneda: en un camino de encuentro con Dios que recorremos juntos, no solos. En definitiva, el encuentro con Dios en los otros y con los otros. Esa es la gran mística que tiene inmensas posibilidades en la ciudad. Quisiera rescatar brevemente algunos ejemplos tomados del tesoro espiritual de la Iglesia.

 

a) Teresa de Lisieux

 

Una tarde de invierno estaba yo cumpliendo, como de costumbre, mi tarea (al lado de la hermana Saint-Pierre). Hacía frío, era de noche De pronto, a lo lejos el sonido armonioso de un instrumento musical. Entonces me imaginé un salón muy bien iluminado, todo resplandeciente de ricos dorados, y en él, unas señoritas elegantemente vestidas, prodigándose mutuamente cumplidos y cortesías mundanas. Luego posé la mirada en la pobre enferma, a quien yo sostenía. En lugar de la melodía, escuchaba de vez en cuando sus gemidos lastimerosYo no puedo expresar lo que pasó por mi alma. Lo único que es que el Señor la iluminó con los rayos de la verdad, los cuales sobrepasaban de tal modo el brillo tenebroso de las fiestas de

la tierra, que no podía creer en mi felicidad” (Santa Teresa de Lisieux).1

 

Cualquier ser humano nos puede dar un pedacito de cielo. Es lo que comprobó Teresa de Lisieux en este episodio que nos acaba de narrar. Pero ella también aclaraba: No siempre he practicado la caridad en medio de estos transportes de gozo interior”. Y cuenta cómo le molestaban y la hacían sufrir algunos detalles de la vida comunitaria.2

Teresita experimen otras veces esa fuerza mística del amor, sobre todo cuando pensaba de qué maneras ella podría servir a los demás, y descubrió que la vocación más preciosa es el amor. Recordemos cómo narra ella misma esta sublime experiencia:

Comprendí que sólo el amor era quien ponía en movimiento a todos los miembros de la Iglesia, que si el amor se apagara, los apóstoles no anunciarían ya el Evangelio y los mártires se negarían a derramar su sangre ¡Jesús, mi amor! Por fin encontré mi vocación. Mi vocación es el amor. Sí, encontré mi lugar en la Iglesia. Dios mío, mismo me lo has señalado: En el corazón de la Iglesia, mi madre, yo seré el amor. Así lo seré todo y mi sueño se verá realizado.3

 

Por eso poco a poco en su vida se fue apagando su entusiasmo por ir al cielo y fue creciendo en ella un puro deseo de dar amor a los demás. En sus últimos escritos y conversaciones ella cuenta que pensar en el cielo ya no la estremecía, que la vida eterna se le presentaba en su interior como algo oscuro, y no entendía bien qué le ocura: Cuando canto la felicidad del cielo y la eterna posesión de Dios, no experimento ninguna alega, porque canto simplemente lo que quiero

creer.4 Y confesaba sin vueltas: Tenía en aquella época grandes pruebas interiores de todo tipo,

hasta llegar a preguntarme a veces si realmente existía un cielo.5 En la última parte de su vida

 

ya no le interesaba tanto ver a Dios en el cielo sino amar y hacer el bien. Por eso, poco antes de morir dijo: Yo pasa mi cielo en la tierra hasta el fin del mundo. Sí, quiero pasar mi cielo haciendo el bien en la tierra”. Y prometía: Ya verán, será como una lluvia de rosas.7

 

Esta es la mística de salir de por el amor fraterno, que se vive más allá de los pensamientos y de los estados de ánimo. Por eso, en medio de la tortura de la oscuridad interior de sus últimos meses, decía: Sólo cuenta el amor. Se trata de consumirse amando a los demás, y no tanto buscando explicaciones, sentimientos, seguridades.

 

b) Teresa de Calcuta

 

Hay una persona que vivió algo semejante: una forma muy especial de entrega amorosa a los pobres, pero con gran oscuridad interior. Es la Madre Teresa de Calcuta. Escuchémosla:

Hay  tanta contradicción en mi alma. Hay un profundo anhelo de Dios, tan profundo que hace daño, un sufrimiento continuo; y junto con ello el sentimiento de no ser querida por Dios, rechazada, vacía, sin fe, sin amor, sin entusiasmo... El cielo no significa nada para mí, me parece un lugar vacío Todo el tiempo sonriendo, dicen de las hermanas y la gente. Piensan que mi interior está lleno de fe, confianza y amor... Si sólo supieran que mi apariencia gozosa no es sino un manto con el que cubro vacío y miseria.9

 

Sella hubiera dedicado  demasiado  tiempo  para tratar de  sentirse mejor o  si  se hubiera escapado   e supuestas   búsqueda espirituales,   mucha más   persona habrían   muerto indignamente en las calles de Calcuta. Quizás ella podía sentirse mejor, pero habría sido sólo un bienestar superficial. Su opción fue más bien unir su estado interior a la oscuridad de Jesús crucificado, y de allí sacó fuerzas para amar a los demás hasta darlo todo:

He comenzado a amar mi oscuridad, porque creo que esta es una parte, una pequeñísima parte de la oscuridad y del sufrimiento que Jesús vivió en la tierra.

 

¿Qué tiene que ver este compromiso fraterno con la mística? Mucho. Mucho más de lo que se suele pensar. Para convencernos debería bastar la lectura de la Biblia cuando dice que si alguien ama a su hermano, permanece en la luz y no tropieza. Pero si no ama a su hermano, está en la oscuridad, camina en la oscuridad, no sabe adónde va (1 Jn 2, 10-11). También dice quien ama al hermano “conoce a Dios” (1 Jn 4, 7). Precisamente por eso, San Buenaventura enseñaba que las obras de amor al prójimo “no impiden la contemplación, sino que la facilitan.10

 

Entonces, el amor al prójimo es el camino más seguro para alcanzar las cumbres de la vida espiritual, mientras el aislamiento o el desinterés por los demás siempre cierran el camino a la acción del Espíritu Santo en el corazón. Cuando falta el amor al prójimo, cargado de perdón y de servicio generoso, todo se vuelve un peligroso engaño.

 

Entonces, una gran oscuridad interior puede ser una experiencia mística muy transformadora si está unida a una entrega generosa por el prójimo. Pero a veces los mismos actos de amor fraterno se convierten en pura mística, en un modo de tocar el cielo por el amor, aunque uno no vea con la inteligencia ni sienta algo a flor de piel.

 

c) Abbé Pierre

 

No puedo evitar volver a citar una narración de Abbé Pierre que ya recogí en otros libros míos, porque este relato me parece el mejor ejemplo de un encuentro fraterno elevado por Dios a la mayor altura espiritual:

A veces Loïc se sienta en mis rodillas. Pequeño, pobre, incapaz de hablar a pesar de sus cuarenta años, está ahí, silencioso. Él me mira y yo le miro. Estamos en comunión el uno con el otro… Con las personas que sufren una deficiencia mental como Loïc, vivimos esos momentos de contemplación, llenos de silencio y de paz. Él me mira y yo lo miro. Momentos de curación que unifican el cuerpo y el espíritu….11

 

Abbé Pierre no ignoraba que la vida comunitaria con personas fgiles nos expone a momentos duros, a veces llenos de tensión y violencia. Pero esos mismos momentos no se pueden separar del crecimiento místico. Porque mantenerse al lado del hermano difícil nos asegura que no estemos encerrándonos en nosotros mismos y que no estamos cerrando las puertas a la acción del Espíritu:

“Las personas débiles y vulnerables pueden despertar también en nuestros corazones lo más horrible y tenebroso que hay en ellos. Con sus provocaciones, sus gritos, sus exigencias y su repliegue en ellas mismas pueden suscitar la angustia y la agresividad. Pero a pesar de esto, para crecer humanamente, ¿no es acaso necesario descubrir nuestras violencias, nuestra capacidad de odiar, las heridas profundas que frecuentemente sentimos como vergonzosas y que

tratamos de esconder?… El repliegue sobre uno mismo conduce a una asfixia del corazón.12

 

d) San Agustín y San Benito

 

Si el amor al prójimo es tan importante para poder crecer en la experiencia mística, también es cierto que ni siquiera es necesario estar completamente solo para poder llegar a lo más alto de la vida espiritual. Recordemos, por ejemplo, que algunos santos han vivido elevaciones espirituales admirables en medio de una conversación. Es el caso de San Agustín y Santa Mónica que aparece hermosamente narrado por el mismo Agustín:

Con esos tus procedimientos secretos, hiciste que en cierta ocasión estuviéramos solos ella y yo, asomados a una ventana que daba al huerto interior de la casa… La conversación fue dulcísima… Nuestros corazones ansiaban beber en los raudales de tu fuente, de esa fuente que está en ti El pensamiento nos levantaba con increíble ardor de afectos hacia Dios mismo… Y subimos todavía más con el pensamiento interior, hablando de ti y admirando tus obras… Y mientras así hablábamos de la sabiduría y por ella suspirábamos, la alcanzábamos en alguna medida por el ímpetu del corazón… Esto se la vida eterna, o se algo parecido a ese momento de inteligencia que nos arrancó tan hondos suspiros.13

 

También podemos rescatar el ejemplo de San Benito y Santa Escolástica. Se cuenta que él fue a visitarla y que pasaron todo el día sumergidos  en conversaciones  espirituales. Al atardecer Benito, se despidió pero Escolástica le rogó que se quedara para seguir conversando durante la noche. Ante la negativa de Benito ella se puso a rezar y se desa una tormenta que impidió la partida del monje, por lo cual pasaron toda la noche orando y hablando de cosas celestiales llenos de profundo gozo. Tres días después ella murió y pocos días después murió él. Por eso San Gregorio dice que los que estuvieron tan unidos espiritualmente ahora cantan juntos las alabanzas en el cielo.14

 

Creo que hay personas con grandes dificultades para concentrarse en la oración personal, pero que alcanzan preciosas experiencias que Dios les regala en medio del diálogo y en el encuentro con los demás.

 

 

e) Chiara Lubich

 

Los cónyuges, por ejemplo, están llamados a crear entre los dos ese “espacio teologal en el cual se puede experimentar la presencia mística del Señor resucitado” (VC 42). La familia es un verdadero templo, donde reside la presencia salvífica de Dios de un modo comunitario. Si hay una presencia de la Trinidad en cada individuo, también hay una presencia en esa riqueza de relaciones que es la familia o la comunidad:

Mi celda como llamarían a Dios las almas íntimas es el nosotros... Y al igual que lo amo en mí retirándome en él cuando estoy sola, lo amo en el hermano cuando él está cerca de mí. Entonces no amaré el silencio, sino la palabra (expresada o no), la comunicación entre Dios en mí y Dios en el hermano. Y si los dos cielos se encuentran, allí hay una única Trinidad donde los dos hacen de Padre y de Hijo y entre ellos está el Espíritu Santo.

Sí, es necesario vivir siempre la vida interior también en presencia del hermano, no huyendo de

la criatura, sino recibiéndola en el propio cielo o penetrando en el suyo”.15

 

El espíritu comunitario que supo infundir Chiara Lubich a su movimiento tiene que ver con este modo comunitario de concebir el encuentro con Dios

 

Amar para vivir

 

Es una mística esencialmente comunitaria, vinculante, sanadora de las relaciones humanas. Si  al habitante  de  nuestras  ciudades  hay  que  mostrarle  también  que  el  encuentro  con  un  Dios personal hace bien, que es un oasis reparador, que ese encuentro religioso puede sanar, liberar, ayudar a vivir mejor, también hay que ayudarle a ver que ese encuentro sanador sólo se produce si es al mismo tiempo comunión con los demás.

Queda  claro  que  para  entrar  verdaderamente  en  el  fuego  sanador  de  Dios  necesitamos conectarnos con los demás, porque desconectados sólo encontramos una caricatura de Dios, un bálsamo pasajero que sólo llega a la superficie. Porque él sobre todo ha querido que los seres humanos estemos conectados entre nosotros para poder encontrarlo a él de una manera más perfecta.

 

Fuimos creados por Dios para compartir la vida con los demás, y hasta nuestras fibras más íntimas fueron hechas de tal manera que sólo en el encuentro con los demás podemos funcionar adecuadamente y llegar a abrazar a Dios. Es como si nos traspasara y nos conectara entre nosotros un hilo invisible de fuego sutil que brota de Dios y nos une a él. Si rompemos ese hilo y nos aislamos cómodos y resentidos, esa conexión se destruye y nuestra relación con Dios corre el riego de ser falsa, aparente, engañosa. Pero si nos conectamos con los demás con amor y compasión sincera, ese hilo se fortalece y tenemos más acceso al fuego de Dios.

 

Si Dios hizo la naturaleza humana de tal manera que una persona se realice con los demás y no sin ellos. Por eso mismo, la persona que se conecta profundamente con los demás tiene muchas más posibilidades de vivir saludablemente. Por el contrario, alguien que se aísla resentido y egoísta, corre más riesgos de debilitarse y de enfermarse. El hecho es que los estímulos que vienen  de  una  sana  relación  con  los  demás  son  una  gran  ayuda  para  mantenernos  vivos, dinámicos y sanos. Es muy frecuente que las personas que pretenden huir de los demás para estar más tranquilos, terminen perdiendo energía y vitalidad.

 

Por supuesto, no se trata de una fraternidad vivida por obligación, no se trata simplemente de soportar con angustia las tensiones que se producen en las relaciones humanas. Cuando estamos siempre como a la defensiva, soportando a la fuerza estas relaciones, eso termina desgastándonos y enfermándonos. Pero la solución no consiste en escapar, esconderse, quitarse de encima a los demás. El único camino consiste en aprender a encontrarse con los demás pero con una actitud adecuada, con paz interior, sin resistencia interna, valorándolos y aceptándolos. Mejor todavía, se trata de aprender a descubrir a Jesús en el rostro de los des, en su voz, en sus reclamos, de aprender a sufrir en un abrazo con Jesús crucificado.

 

Allí está la verdadera sanación, porque la única fraternidad que realmente sana en lugar de enfermar, es una fraternidad mística, contemplativa, que sabe mirar la grandeza sagrada del prójimo, que sabe descubrir a Dios en cada ser humano, que sabe tolerar las molestias de la convivencia aferrándose al amor de Dios, que sabe abrir el corazón al amor divino para buscar la felicidad de los demás como la busca su Padre bueno.

 

Este aprendizaje irá logrando, poco a poco, que la relación con los demás no sea fuente de tensiones  profundas,  y  que  nuestra  entrega  a  ellos  sea  delicadamente  gozosa.  Esa  es  la fraternidad que nos sana integralmente. Porque Dios vive en la ciudad.

 

 

 

Víctor Manuel Fernández

 

Notas

1 S. TERESA DE LISIEUX, Manuscrito C, XI, en: Obras Completas, cit, p. 315.

2 Ibid, pp. 316-317.

3 Manuscrito B, IX, p. 261.

4 Manuscrito C, X, p. 281.

5 Manuscrito A, VIII, p. 239: J´avais alors des grandes épreuves inrieures de toutes sortes, jusqu´à me demander

parfois s´il y avait un Ciel”. Esto no significa falta de fe. Santo Tomás de Aquino enseña que en la fe actúan tanto la

voluntad que asiente como la inteligencia que piensa. La adhesión de la voluntad puede ser muy firme y profunda, mientras la inteligencia puede estar llena de oscuridad (cf. De Veritate, 14, 1).

6 Últimas Conversaciones, 17 de julio, p. 846.

7 Ibid, 9 de junio, p. 979.

8 Ibid, Julio, p. 985.

9 Los textos son citados por J. NEUNER, On Mother Teresas Charism, en Review for Religious (Sept.-Oct. 2001)

60/5; y por A. HUART, Mother Teresa: Joy in the Night, en el mismo volumen.

10 S. BUENAVENTURA, IV Sent. 37, 1, 3, ad 6.

11 J. VANIER, Amar hasta el extremo, Madrid, 1997, 37.

12 Ibid, 80-81.

13 S. AGUSTÍN, Confesiones, IX, 10, 1-2.

14 S. GREGORIO MAGNO, Diálogos, II, 33-34.

15 CH. LUBICH, citado en Jesús en medio en el pensamiento de Chiara Lubich, Madrid, 1989, 79.

 

Nos Visitaron: Amigos

Esta pantalla la consideramos:

© 2012 Todos los derechos reservados
Se autoriza el uso del material citando la fuente